Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XIX
¿Cómo lidian los maestros de Dios con los pensamientos mágicos? (M-17)(cont.)

Esta sección ahora va a describir, en esencia, todo el sistema de pensamiento del ego, desde su origen. Es brillante por la manera en que, a partir de la experiencia individual de enojarnos por los pensamientos mágicos de los demás, llega hasta el origen de ese enojo en nuestra relación con Dios. Y después de explorar su origen, volveremos a examinar nuestras reacciones a los pensamientos mágicos de los demás. Este cambio es posible básicamente porque todo el sistema de pensamiento del ego es de una sola pieza. Lo que creo que le hice a Dios en ese instante original y mi miedo a lo que Dios me hará en represalia siempre están presentes en mi mente, justo en el fondo de mi conciencia. Y todo lo que hago como yo corporal e individual del ego es simplemente la radiación de ese pensamiento original subyacente; se irradia a través de mi mente y se expresa en mis relaciones específicas.

Piensen en un embudo que tiene un cuello estrecho en la parte inferior y luego se abre y se expande. El cuello del embudo es la idea básica del ego de lo que hemos hecho con Dios. Todo lo demás que parece haber sucedido desde entonces es simplemente la fragmentación de ese pensamiento original. Es similar a lo que sucede cuando colocamos una gota de tinte rojo en un vaso lleno de agua: toda el agua en el vaso se vuelve roja. Toda nuestra mente se infecta, por así decirlo, con el pensamiento original de atacar a Dios y el miedo al contraataque consecuente. Todo en el mundo es meramente una expresión de ese pensamiento básico. Ahora el Curso se centrará primero en la parte inferior, es decir, el cuello del embudo y describirá lo que ocurre allí.

(5:3) Un pensamiento mágico, por su mera presencia, da por sentado que existe una separación entre Dios y nosotros.

El hecho mismo de estar involucrado en cualquier tipo de magia en el mundo debe significar que creo que el mundo es real. Entonces esa creencia debe proceder de la premisa original de que estoy separado de Dios, porque el mundo es un lugar de separación. Mi participación en la magia es un intento de sustituir a Dios. Estoy diciendo que no es Dios Quien me hará feliz. No es Dios Quien me librará de este terrible dolor. Esta magia aquí afuera lo hará. Mi utilización de la magia se convierte en un símbolo de mi ataque contra Dios, de haberme separado de Dios.

(5:4) Afirma [el pensamiento mágico], de la forma más clara posible, que la mente que cree tener una voluntad separada y capaz de oponerse a la Voluntad de Dios, cree también que puede triunfar en su empeño.

El hecho es que hay un mundo y creo en él. El mundo que estoy utilizando como un sustituto de Dios es el testigo del hecho de que muy en el fondo de mi mente creo que no solo tengo una voluntad separada que puede oponerse a la Voluntad de Dios, sino que realmente me he opuesto a Su Voluntad. He usurpado el lugar de Dios y estoy sentado en Su trono diciendo que yo soy Dios, y que el verdadero Dios ahora es impotente. Él no puede ayudarme, pero yo me puedo ayudar. Mi propio dios puede; mi propia mente puede. Eso es magia. Por supuesto, eso son las relaciones especiales; son la forma en que nos burlamos de Dios y le decimos: «Lo que Tú no pudiste hacer por mí, esta maravillosa persona o esta maravillosa droga lo puede hacer. No puedes traerme paz o liberarme de mi ansiedad, pero esta botella de alcohol o este medicamento sí pueden. No tienes poder en esta situación, pero estas cosas maravillosas del mundo sí lo tienen».

(5:5-6) Que esto no es un hecho es obvio. Sin embargo, es igualmente obvio que se puede creer que lo es.

En otras palabras, ¿cómo puede haber un mundo separado de Dios? Pero el hecho de que todos estamos aquí dice que efectivamente creemos que es un hecho que podemos separarnos de Dios.

(5:7) Y ahí es donde la culpabilidad tiene su origen.

La creencia de que estamos separados de Dios es pecado. Y ese es el punto de origen de la culpabilidad. Me siento culpable porque creo que he usurpado el lugar de Dios. Lo derroqué del trono y ahora soy yo quien está a cargo. Y, como hemos comentado, la culpabilidad por haber hecho eso es enorme. En realidad, no hay palabras que puedan expresar la enormidad del odio a sí mismo, la culpabilidad y el miedo implicados en esa creencia. Y aquí es donde entra el miedo:

(5:8) Aquel que usurpa el lugar de Dios y se lo queda para sí mismo tiene ahora un «enemigo» mortal.

«Enemigo» está entre comillas porque obviamente Dios no es un enemigo; el ego nos pinta esa imagen de Él. Dios es mi enemigo porque creo que lo he atacado. Debo creer que ahora Dios tiene la justificación de corresponderme con un ataque. Y aquí se trata de Dios; Él me va a destruir.

(5:9) Y ahora él mismo tiene que encargarse de su propia protección y construir un escudo con que mantenerse a salvo de una furia que nunca ha de aplacarse y de una venganza insaciable.

Ese es el ego, la creencia de que estoy por mi cuenta. Y el «escudo» es la fortaleza de la que hemos estado hablando: el mundo. Este «escudo», según el ego, me mantendrá a salvo de la furia de Dios que «nunca ha de aplacarse»; nunca desaparecerá. Es una venganza que jamás podrá saciarse. La sed que Dios tiene de mi sangre es insaciable. Siempre querrá más. Esa es la imagen que todos tenemos de Dios. Por lo tanto, cuando las personas religiosas hablan del Amor de Dios y cuán maravillosamente bondadoso, apacible y amoroso es, están encubriendo este pensamiento. Esto explica por qué la mayoría de las religiones del mundo acaban por ser asesinas y por justificar el asesinato. Aflora el odio subyacente, pero nunca sabemos de dónde salió. Entonces las personas participan en guerras «santas» y escriben libros «santos» y se adhieren a enseñanzas que dicen que la Voluntad de Dios es que castiguemos a los infieles, a los paganos, a los herejes, etc.

Estas acciones no tienen sentido a menos que comprendamos la dinámica subyacente, que soterrada en la mente de todos está la creencia de que Dios es un asesino sanguinario. Este pensamiento es tan horrible y tan absolutamente doloroso que lo encubrimos y rápidamente creamos religiones que dicen que Dios es todo amoroso y que Dios es maravilloso. Pero el odio llega a colarse; lo vemos en la Biblia. También se cuela cuando las personas comienzan a practicar las religiones de Dios. Desplazamos sobre otros el terror que nos infunde la ira de Dios por nuestra pecaminosidad y culpabilidad. Decimos que otras personas son las pecaminosas y las culpables, y que ahora procederemos en nombre de Dios y las mataremos.

(6:1-2) ¿Cómo se puede resolver esta injusta batalla? Su final es inevitable, pues su desenlace no puede ser otro que la muerte.

La «injusta batalla» está en la mente del Hijo separado, la mente escindida que se ha convertido en un campo de batalla en el que el ego cree que está en guerra con Dios. Obviamente las probabilidades están fuertemente a favor de Dios; el ego no está a Su altura, por lo que el final es inevitable. Entonces el ego pregunta: «Bueno, ¿qué hacemos al respecto?».

(6:3) ¿Cómo, entonces, puede uno confiar en sus propias defensas?

En otras palabras, inventé un mundo, inventé un escudo detrás del cual me voy a esconder de Dios. Pero en cualquier momento sé que Dios me caerá encima, como el cielo en la fábula de Pollito Pito. En ese cuento infantil, Pollito Pito teme que en cualquier momento el cielo le va a caer en la cabeza. Esa es una expresión de este miedo, que en algún momento Dios arremeterá contra el escudo que inventamos y nos destruirá a todos.

Entonces la pregunta es, ¿cómo puedo creer en mis defensas? Mi ego me ha dicho que me defienda de Dios haciendo este escudo que me protegerá. Sin embargo, obviamente no va a funcionar, porque la culpabilidad que me asegura que merezco ser castigado sigue en mi mente. Todo esto no tiene absolutamente nada que ver con la realidad o con Dios. Solo tiene que ver con el pensamiento distorsionado del ego. Así que creo que he creado un mundo como escudo, pero no me servirá. ¿Y ahora qué hago?

(6:4-6) Una vez más, pues, hay que recurrir a la magia. Olvídate de la batalla. Acéptala como un hecho y luego olvídate de ella.

Este es el mecanismo de defensa psicológico de la represión o la negación. La batalla que se libra en mi mente es abrumadora y el terror es absolutamente intolerable, así que lo encubro todo. Eso es magia. Es un intento de resolver un problema no resolviéndolo. La forma correcta de solucionar un problema, si escuchamos al Espíritu Santo, es mirarlo con Su Amor a nuestro lado y decir: «Todo esto es inventado. Dios no lo hace. Esto es absurdo». Pero no lo miramos. En lugar de mirarlo, cerramos los ojos y tapamos el campo de batalla para que permanezca ahí, pero no lo vemos; hacemos como el avestruz que mete la cabeza en la arena.

Lo acepto como un hecho; he convertido el error en realidad. Acepto que mi mente es un campo de batalla y que Dios está furioso conmigo porque he usurpado Su rol. Ahora va a tratar de recuperarlo y me va a destruir. Luego digo: «Pero no lo veo», salvo que hay una parte de mi mente que todavía lo está experimentando. Y esa es la fuente de todo el terror, toda la tensión, todo el conflicto, todo el dolor que sentimos.

(6:7-8) No recuerdes las ínfimas probabilidades que tienes de ganar. No recuerdes la magnitud del «enemigo» ni pienses cuán débil eres en comparación con Él.

En otras palabras, me olvido de toda la batalla; excepto que realmente no la olvido. Todavía está acechando en lo profundo de mi mente.

(6:9) Acepta tu estado de separación, pero no recuerdes cómo se originó.

Entonces el ego me hace aceptar como un hecho que él tiene razón; en efecto, nos hemos separado de Dios. Dios sigue siendo un mentiroso, y el Espíritu Santo sigue sin decirme la verdad. Todo esto es muy real. Acepto la separación como real porque es algo que es obra mía. Pero voy a olvidar cómo sucedió.

Así que vivo en este mundo, que obviamente es un mundo de separación, pero sin recordar cómo surgió.

Hablamos antes sobre los científicos que observan el Big Bang e investigan los orígenes del universo físico. No han podido remontarse a ese antiguo momento inmemorial cuando todo comenzó. Dio comienzo con nuestro pensamiento de culpabilidad y con nuestra necesidad de defendernos contra la ira de Dios fabricando un mundo. Eso es lo que hemos olvidado, y nunca llegamos hasta ese punto. Los científicos se remontan al punto en que se fabricó el mundo, pero nunca al pensamiento subyacente: la necesidad de defendernos contra la ira de Dios.

Así de exitosa es la negación como defensa. Es la más primitiva de todas las defensas, pero es, con mucho, la más poderosa porque mantiene al mundo en marcha. Si pudiéramos recordar alguna vez cómo y por qué surgió el mundo, diríamos: «Todo esto es pura invención. Solo existe en mi mente. Es como un mal sueño». Pero olvidamos cómo se produjo, y por lo tanto ahora parece ser un problema muy real, muy presente y muy insoluble. Es obvio que resolver los problemas del mundo se vuelve cada vez más complicado.

(6:10) Cree que te la has ganado [la separación], pero no conserves el más mínimo recuerdo de Quién es realmente tu formidable «contrincante».

Creo que mi contrincante está allá fuera en el mundo: todas las personas horrorosas y terribles en mi vida que me hacen cosas terribles. O mi cuerpo es mi gran contrincante. O el mundo es mi gran contrincante. Algo ahí fuera lo es. Y olvido Quién es el verdadero gran contrincante en mi mente identificada con el ego: es decir, Dios.

(6:11) Al proyectar tu «olvido» sobre Él, te parecerá que Él se ha olvidado también.

Ese es el colmo de la magia. No solo yo quiero olvidarme de esto, sino que espero y ruego —aunque mis oraciones, claro, no van dirigidos a nadie— que también Dios se haya olvidado. Porque si Dios puede recordar, es mi acabose.

Ahora la sección retoma nuestras experiencias cotidianas: cuando veo que me he molestado por el pensamiento mágico de otra persona. Por ejemplo, nos molestamos porque un estudiante del Curso de milagros estornuda. Se supone que los estudiantes del Curso de milagros no deben estornudar porque se supone que ¡no se deben enfermar! O vemos que nos hemos molestado por algo que hemos leído en los periódicos. O vemos que nos hemos molestado por un político que roba: se supone que ¡no deben hacer eso! Ese es un pensamiento mágico: cualquier cosa que nos moleste.

(7:1-2) Mas, ¿cuál va a ser ahora tu reacción ante todos los pensamientos mágicos? No pueden sino volver a despertar tu culpabilidad durmiente, que has ocultado, pero no abandonado.

Cuando haces algo que es mágico y eso me molesta, es porque tu pensamiento mágico es un recordatorio de mis pensamientos mágicos. Pero no solo de mis pensamientos mágicos cotidianos; también son un recordatorio simbólico del pensamiento mágico original de que solo puedo escapar de la ira de Dios olvidándome de ella y utilizando el mecanismo de defensa de la negación. Entonces, si me enojo porque utilices defensas, que es lo que es la magia, se debe a que me recuerdan que yo mismo utilizo la magia. ¿Y por qué recurro a la magia? Para no tomar conciencia de mi culpabilidad ni tener que contemplar el horror que le hice a Dios y la inevitable consecuencia catastrófica que me espera: el castigo de Dios por haber pecado contra Él, un castigo que me exige mi culpabilidad.

Mi pensamiento mágico fue un intento de mantener todo esto profundamente sepultado en mi mente para que nunca tuviera que mirarlo. Tu utilización de la magia, entonces, se convierte en un recordatorio de mi utilización de la magia. Y mi utilización de la magia, cuando me doy cuenta de ello, incluso vagamente, es el recordatorio de mi «culpabilidad dormida», de la que se supone que mi defensa debía protegerme. Tal como leemos, pues, no hace más que volver a despertar la culpabilidad durmiente, que yo había ocultado, pero por lo visto nunca abandoné. El milagro me permite abandonarla. Si miro mi culpabilidad con el Amor del Espíritu Santo a mi lado, desaparece. La magia la hace real, pero la reprime y la encubre.

(7:3-4) Cada uno [de los pensamientos mágicos] le dice claramente a tu mente atemorizada: «Has usurpado el lugar de Dios. No creas que Él se ha olvidado».

Ese es mi verdadero miedo. Cada pensamiento mágico me recuerda que le he robado a Dios. He usurpado Su lugar. He pecado contra Él y obviamente Él nunca podrá olvidarlo. Forzosamente siempre tratará de castigarme por lo que he hecho. Pensé que había logrado bloquear todo eso de la conciencia, pero tu pensamiento mágico me recuerda el mío, que me recuerda mi culpabilidad, que me recuerda que Dios me va a destruir.

(7:5-6) Aquí es donde más vívidamente se ve reflejado el temor a Dios. Pues en ese pensamiento la culpabilidad ha elevado la locura al trono de Dios Mismo.

Mi culpabilidad, que exige el castigo y la venganza de Dios, ha hecho que Dios se vuelva tan demente como yo; ha consagrado la locura en el trono de Dios. Dios está demente y furioso por mi pecado contra Él, que obviamente en realidad nunca sucedió. Entonces Dios debe destruirme por lo que realmente nunca hice. El ego ha tomado el Amor, la verdad y la cordura de Dios y lo ha volteado todo de cabeza.
Ahora Dios está demente, Dios está furioso y Dios es todo menos amoroso.

(7:7-11) Y ahora ya no queda ninguna esperanza, excepto la de matar. En eso estriba ahora la salvación. Un padre iracundo persigue a su hijo culpable. Mata o te matarán, pues estas son las únicas alternativas que tienes.

El campo de batalla está al descubierto ahora y esta es la única opción que existe en este mundo: o tú o yo. Todo el mundo físico se basa en ello. Piensen un momento en esto: lo que nos mantiene físicamente vivos es comer algo más, lo cual es una forma de matar. La única forma de que nuestros cuerpos físicos sobrevivan es matar algo y consumirlo, ya sea un animal, un vegetal o cualquier otra cosa. Incluso en el acto de respirar estamos destruyendo cientos de miles de microorganismos. La única forma en que un organismo físico puede sobrevivir en este mundo es alimentándose de otra cosa o matando algo. Entonces, los mismos hechos crasos de nuestra existencia física en este mundo son expresiones de mata o te matarán. Y esto ni siquiera se refiere a nada del ámbito psicológico.

El enojo que sentimos es una expresión de «mata o te matarán». O me matará este Dios iracundo Quien me va a castigar por mi culpabilidad, o voy a proyectar mi culpabilidad sobre ti y creer que Dios te va a matar por tu pecado. El pecado que no quiero mirar en mí mismo lo veré en ti. Estoy intentando hallar la manera de quitarme de encima la presión de Dios y pasártela a ti. Esa es la única alternativa en este mundo: o tú o yo.

(7:12) Más allá de ellas [las dos alternativas] no hay ninguna otra, pues lo que pasó es irreversible.

El pecado ahora es real; no hay forma de cambiarlo. Eso es un hecho en el mundo del ego. Y uno no puede simplemente fingir que no está allí. La única pregunta ahora es: ¿quién es el pecador? Por supuesto que, en el fondo de mi mente, sé que soy yo, pero no puedo mirar eso. Entonces digo: «Yo no soy el pecador. Tú eres el pecador. Y tú mereces que te maten, en lugar de que me maten a mí». No hay duda de que Dios va a matar a alguien. Mi esperanza es que no sea a mí, sino a ti. Vemos eso en la historia del cristianismo. Los cristianos se salvarán y se matará a los paganos, a los infieles y a los no creyentes. Mágicamente, espero librarme del castigo porque he logrado que el peso de Dios recaiga sobre ellos. Por supuesto, todo el asunto es completamente inventado.

(7:13) La mancha de sangre no se puede quitar [una alusión, por supuesto, a Lady Macbeth] y todo el que lleva esta mancha sobre sí está condenado a morir.

En mis manos está la mancha de sangre de cuando maté a Dios y usurpé Su lugar. Y quiero transferirlo rápidamente a tus manos. Entonces, con la mancha en ti, serás tú al que maten en mi lugar, ya que, por supuesto, no hay forma de que pueda yo matar a Dios. Esa es la situación del mundo. Y la única forma de que pueda lidiar con ella es mediante la magia, la magia de negar todo este campo de batalla terrible, todo este guion que es terrible. Luego lo expulso de mi mente proyectándolo sobre el mundo, al decir: «Todas las personas malvadas, todos los victimarios, están ahí afuera. Todos los violadores, todos los asesinos, todos los delincuentes están ahí fuera y no en mí». «Entonces quiero hacer un trato rápidamente con Dios y sumarme de Su bando, para poder sentir que estoy justificado, que soy bueno y que soy santo; y así Él odiará a todas las otras personas ahí fuera. La magia hace que todo esto suceda psicológicamente a mi favor. Lo niego en mí mismo y lo proyecto sobre ti para que tú seas la persona pecadora a la que se castigue.

Por lo tanto, me enojo por tus pensamientos mágicos porque me recuerdan mi propio pecado y mi culpabilidad. Como maestro de Dios, mi lección es ser consciente continuamente de que incluso una leve punzada de irritación representa mi deseo de ver el pecado, no en mí, sino en ti porque utilizaste la magia. El siguiente paso es reconocer que realmente creo que el pecado está en mí y por eso me he enojado. Me recuerda que creo que el pecado dentro de mí debe ser castigado. Y dentro de este sistema no hay salida.