Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XV
¿Cómo debe pasar el día el maestro de Dios? (M-16) (conclusión) 

Pasemos ahora a «¿Cómo debe pasar el día el maestro de Dios?», que abordará el tema de la magia. Comenzaremos con el párrafo ocho.

(8:1) Con todo, habrá tentaciones a lo largo del camino que al maestro de Dios aún le queda por recorrer, y tendrá necesidad de recordarse a sí mismo durante el transcurso del día que está protegido.

«Está protegido», por supuesto, por la presencia del Espíritu Santo. No hay nada en el mundo que sea necesario para nuestra protección y nada en el mundo de lo que se nos tenga que proteger. La protección proviene de la paz dentro de nuestras propias mentes. Lo que creemos que nos protege en el mundo es lo que el Curso llama magia. Primero creemos que fuera de nuestras mentes hay un problema que requiere ser resuelto; trátese de un problema en el propio cuerpo, en el de otra persona o en alguna parte del mundo. Creemos tener la solución, y procedemos a utilizarla para poner remedio al problema que nosotros hemos definido. Esa solución es lo que el Curso llama magia.

Por ejemplo, si tengo un dolor de cabeza, que es un problema que experimento en el cuerpo, y digo que la aspirina me quitará el dolor de cabeza, la aspirina es una forma de magia. Llamarlo magia no significa que la aspirina o cualquier otra forma de medicamento o intervención no funcionen. Funcionan en el nivel del sueño. Pero no deshacen la causa del dolor de cabeza, que es la falta de perdón o la culpabilidad en mi mente. La única forma de «curar» la falta de perdón en mi mente es que yo perdone.

El Curso frecuentemente contrasta la magia con el milagro. El milagro implica reconocer que el problema —la culpabilidad— está en mi mente y es allí donde el perdón me permite soltarlo. Esa es la verdadera solución de los problemas. Ese es el milagro. Y todo lo que no sea eso es magia. La magia mantiene mi atención arraigada en mi cuerpo y en el mundo, y alejada de mi mente, donde se encuentran tanto el problema de la culpabilidad como su solución. La magia dice que mi problema está fuera de mi mente, en mi cuerpo o en el mundo, y que yo sé cómo resolverlo. Entonces, la magia intenta resolver un problema sin nunca resolverlo realmente. Por eso el Curso dice que la regla o máxima del ego es: «Busca, pero no halles» (por ejemplo, T-12.IV.1:4; T-16.V.6:5; L-pI.71.4:2). Siempre estamos buscando soluciones a problemas que no existen. Por supuesto, nunca encontramos las soluciones porque los problemas no están fuera de nosotros. El único problema es que creemos que nos hemos separado y que somos culpables, y esa creencia está en nuestras mentes. Por lo tanto, la única forma de resolver el problema es traérnoslo de vuelta a la mente y soltárselo al Espíritu Santo.

La magia dice que tanto el problema como su solución están afuera. El problema es algo en el mundo que representa una amenaza para mí. Por lo tanto, lo que me protegerá es alguna expresión de magia.

(8:2) ¿Cómo puede hacer esto, especialmente en aquellos momentos en que su mente esté ocupada con cosas externas?

En otras palabras, ¿cómo me puedo recordar a mí mismo a lo largo del día lo que realmente me protege? ¿Cómo me puedo recordar que la solución a lo que me preocupa está dentro de mi mente si mi atención está dirigida continuamente hacia fuera?

(8:3-4) Lo único que puede hacer es intentarlo y su éxito dependerá de la convicción que tenga de que va a triunfar. Deberá tener absoluta certeza de que su éxito no procede de él, pero que se le dará en cualquier momento, lugar o circunstancia que lo pida.

Independientemente de lo que me esté preocupando, sé que en cualquier momento puedo encontrar la ayuda de Dios. Solo tengo que pedirla y aceptarla. La magia dice: «No necesito a Dios. Puedo valerme por mí mismo, y yo sé cuál es el problema». Ese pensamiento es lo que, para empezar, dio origen al ego: «No necesito a Dios. Puedo valerme por mí mismo». Entonces, la magia es una forma de defendernos contra el problema de la culpabilidad en la mente: traslado el problema fuera de mi mente y trato de resolverlo allí. Entonces podríamos decir, en un sentido más amplio, que la invención del mundo fue el intento mágico por parte del ego de resolver el problema que es ¡el ego mismo!

Como vimos antes, el ego dice que la culpabilidad es real y que está en nuestras mentes. La encerramos bajo llave dentro de nuestras mentes, y luego proyectamos el problema y decimos que el problema está fuera de nuestras mentes. El problema nos rodea por todos lados, en el mundo. Esa es la forma en que el ego resuelve mágicamente el problema de la culpabilidad. Luego pasamos el resto de la vida tratando de resolver todos los problemas del mundo y olvidamos que no hay problemas en el mundo porque no hay mundo. El único problema es la creencia de que hay un mundo y que existe la necesidad de un mundo porque eso es lo que nos protege de mirar dentro de la mente. El milagro nos devuelve el problema a la mente y la magia continuamente lo vuelve a arrojar al exterior.

(8:5) Habrá ocasiones en que su certeza flaqueará y, en el momento en que esto ocurra, el maestro de Dios volverá a tratar, como antes, de depender únicamente de sí mismo.

Únicamente de mí mismo, independiente del Espíritu Santo, no significa que mi ego no quiera que me «una» a ti —en su propia versión de unirse— y que te diga: «Dime tú qué debo hacer». Pero sigo yo siendo el que está urdiendo todo el asunto.

(8:6-7) No olvides que eso es magia, y la magia es un pobre sustituto de la verdadera ayuda. No es lo suficientemente buena para el maestro de Dios porque no es lo suficiente buena para el Hijo de Dios.

La «verdadera ayuda» solo puede ser del Espíritu Santo. Nada en este mundo puede tomar el lugar de Dios. Todo el sistema de pensamiento del ego comenzó con la creencia de que el ego puede ocupar el lugar de Dios.

(9:1-2) Evitar la magia es evitar la tentación. Pues toda tentación no es más que el intento de sustituir a la Voluntad de Dios por otra.

La tentación original ocurrió cuando el Hijo de Dios eligió escuchar al ego en lugar del Espíritu Santo. En el contexto del mito, Adán y Eva se dejaron tentar por la serpiente de creer que en nuestras mentes habla una voz que no es la de Dios; además, que esa otra voz de hecho es nuestra amiga y Dios no lo es.

(9:3) Estos intentos pueden parecer ciertamente aterradores, pero son simplemente patéticos.

Las cosas en el mundo parecen atemorizarnos, pero todo en el mundo no es más que una forma de magia. Incluso una amenaza de que se avecina una guerra nuclear no es más que pura magia. Es un intento del ego de decirle al Hijo qué es lo que lo salvará: «No mires el campo de batalla dentro de tu propia mente porque eso te destruirá. Más bien, mira el campo de batalla aquí en el mundo. Y vamos a procurar que sea una batalla bien buena para que te enfrasques en ella». Eso es magia, porque de esa manera el ego le dice al Hijo: «Mira hacia fuera y eso te protegerá porque no tendrás que hacer conciencia del horror y el terror que encierra tu campo de batalla interior».

Dejarse absorber por cualquier cosa del mundo es magia: la preocupación por salvar el planeta, por salvar el mundo, por purificar la tierra, por librar al mundo del cáncer, del SIDA, de la poliomielitis, del hambre, de la hambruna, etc. Todos estos son intentos mágicos de resolver un problema que nunca se resolverá. Toda la historia del mundo tal como la conocemos es solo una progresión de una guerra tras de otra, de una enfermedad tras de otra, y otra y otra. Y nunca cambiará.

Todas estas preocupaciones son cortinas de humo del ego para que nunca miremos donde está realmente el problema. Eso es magia. El ego nos está diciendo: «No hay forma de que puedas lidiar con este horrible terror y culpabilidad dentro de tu mente. Así que no lo abordaremos. Simplemente la encerraremos bajo llave y nunca nos le acercaremos. Resolveremos el problema por arte de magia viéndolo afuera y luego resolviéndolo allí». Eso es lo que es la tentación.

(9:4) No pueden tener efectos, ya sean buenos o malos, sanadores o destructivos, tranquilizadores o terroríficos, gratificantes o que exijan sacrificio.

Estas son todas las cosas que hacemos en el mundo, todos nuestros intentos mágicos. Aquí Jesús dice de nuevo que no hay absolutamente nada en el mundo. No hay nada bueno, no hay nada malo. Nadie se enferma; nadie se cura. Nadie nace; nadie muere. Todo es inventado. Y simplemente estamos eligiendo entre diferentes títeres, diciendo: «Este es un títere agradable. Este no es un títere agradable».

Y todo esto solo es una continuación del intento del ego de reproducir el poder de Dios. En contraste, en el mundo real miramos todo y simplemente decimos: «Todo es igual». No hay varias manifestaciones de enfermedad o padecimiento en el mundo real, porque el mundo real no es el mundo. Es una actitud, un estado de la mente. Y cuando todos comparten ese estado de la mente, el mundo tan solo desaparece. El objetivo del Curso no es librar al mundo de la hambruna, la peste, la enfermedad y la guerra; eso equivaldría a no liberar a nada de nada.

Desde hace siglos, la gente ha estado intentando tener un mundo perfecto, una utopía. Pero el mundo no puede hacerse perfecto porque fue hecho a partir de un pensamiento imperfecto. El Curso dice en la sección «Tu función especial» que, en este mundo que no es perfecto todavía podemos hacer una cosa perfecta, que es perdonar (T-25.VI.5:1-3). La idea no es concebir un mundo perfecto; ese no es el objetivo. El enfoque del Curso es mirar la imperfección en el mundo y sonreírle. Y luego desaparece.

(9:5) Cuando el maestro de Dios reconozca que la magia simplemente no es nada, habrá alcanzado el estado más avanzado.

Toda la magia, que son todas las soluciones a todos los problemas del mundo, no es ni buena ni mala. No es nada. Una vez que le adjudicamos un valor a cualquiera de las soluciones, obviamente les estamos dando una realidad que no tiene. No son ni buenas ni malas. No son nada. Lo único «malo» y lo único «bueno» son los sistemas de pensamiento del ego y del Espíritu Santo en nuestras mentes. Y no tienen nada que ver con el mundo.

(9:6-9) Todas las lecciones intermedias no hacen sino conducirle ahí y facilitar que este objetivo esté más cerca de reconocerse. Pues cualquier tipo de magia —sea cual sea su forma— es simplemente impotente. Su impotencia explica por qué es tan fácil escaparse de ella. Es imposible que lo que no tiene efectos pueda aterrorizar.

Uno de los símbolos recurrentes en el Curso, que mencioné anteriormente, es el de los juguetes para niños. Jesús habla de que los juguetes asustan a un niño porque un niño no reconoce que son simplemente juguetes. Y cuando el niño se da cuenta de que son juguetes, ya no le asustan (T-30.IV.2-3). Del mismo modo, el Curso está tratando de ayudarnos a darnos cuenta de que todas las cosas de este mundo son simplemente juguetes y no son atemorizantes. ¿Cómo podríamos tener miedo de algo que no está vivo? Tenemos que darnos cuenta de que todo es simplemente parte de un espectáculo de títeres: los títeres carecen de vida propia. La acción ocurre en el nivel de la mente.

Nuestra mente identificada con el ego es la que nos dice que debemos tener miedo y que el miedo es real. Cuando nos damos cuenta de eso, nada en este mundo, sin excepción, nos causará ansiedad o dolor. El objetivo es darnos cuenta de que nada en este mundo tiene poder sobre nosotros. Puede tener poder sobre el cuerpo. Como dice el Curso: «¿Son, entonces, peligrosos los pensamientos? ¡Para los cuerpos sí!» (T-21.VIII.1:1-2). Pero si reconocemos que no somos cuerpos, entonces no pueden tener ningún efecto sobre nosotros. Ahora bien, no saltamos directamente del sistema de pensamiento del ego a esta comprensión. Es un proceso de ir paso a paso: las «lecciones intermedias» a las que Jesús se refiere aquí. De ahí el marcado énfasis en que sea un proceso.

Lo que nos ayuda a avanzar con mayor rapidez en el proceso, al menos a nivel intelectual, incluso si aún no estamos listos para experimentarlo, es comprender que literalmente no hay nada aquí. Estoy molesto por el propósito que le he dado a este títere sin vida que llamo mi persona, o que llamo este planeta o esta nación de personas. Mi reacción no tiene absolutamente nada que ver con nada de lo que está aquí. No es más que una proyección de un pensamiento en mi mente; mi ego me dice que dicha proyección me protegerá mágicamente de mi verdadero problema, que es la venganza de Dios. Cuando empiezo a ver que, desde el punto de vista de mi ego, aquí todo es una expresión de la venganza de Dios, me doy cuenta de que es demente. Mi comprensión puede comenzar como un proceso intelectual, pero puede convertirse muy pronto en una experiencia, cuando empiezo a aplicar estos principios a las cosas en mi vida que me provocan ansiedad, molestia, enojo, culpa o miedo. Comienzo a ver que realmente puedo ver las cosas de manera diferente. No estoy molesto por lo que está ahí fuera.

Simplemente estoy molesto por lo que creo que es real dentro de mi mente. No puedo cambiar lo que está ahí fuera, pero ciertamente puedo cambiar lo que está dentro de mí. Suceda lo que suceda a mi alrededor, puedo estar en paz. Eso, de nuevo, es lo que significa ser un maestro de Dios.