Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XVI
¿Cómo debe pasar el día el maestro de Dios? (M-16) (conclusión)

(10:1-2) No hay nada que pueda sustituir a la Voluntad de Dios. Dicho llanamente, a este hecho es al que el maestro de Dios dedica su día.

El ego, por supuesto, dice que hay un sustituto, y la magia es un testigo importante de su aseveración. Entonces, como maestro de Dios, como alguien cuyo camino espiritual es Un curso de milagros, paso mi día teniendo una especie de doble visión, independientemente de lo que suceda. Una parte de mi mente está prestando atención al mundo exterior y a los diversos roles y aulas de clase que he elegido para mí. Pero otra parte de mi mente permanece unida al Espíritu Santo. Así, en cierto sentido, estoy mirando hacia fuera, pero también estoy mirando hacia dentro. La mirada hacia fuera es una extensión de lo que he visto cuando he mirado hacia dentro. Eso significa que presto atención a todo en el mundo, al igual que todos los demás, pero reconozco que nada está realmente ahí fuera. Y lo que parece estar ahí fuera es simplemente mi aula de clase. Entonces, mi función como maestro de Dios, que es otro término para obrador de milagros o sanador, es simplemente ser un recordatorio para todos, incluyéndome a mí, de que lo que está ahí fuera no es el problema. El único problema es lo que está dentro de mi mente. Eso es lo único que hace un maestro de Dios.

A medida que mi mente se sana, el Amor del Espíritu Santo obra a través de mí y me guía en todo lo que hago. Una vez que captamos la idea general, es muy sencillo practicar este curso. Nos volvemos cada vez más sensibles a aquellos momentos en que empezamos a sentirnos disgustados, ansiosos, culpables, enojados, molestos, temerosos, etc., y reconocemos con la mayor rapidez posible que es nuestro ego. La rapidez con que podamos reconocerlo es una medida de nuestro avance en el plan de estudios. Casi tan pronto como comienza el malestar, quiero recordar que estoy molesto porque he olvidado quién es mi verdadero maestro, ya que he elegido al ego en lugar del Espíritu Santo. Entonces, el problema nunca es aquello a lo que le atribuyo mi disgusto. El problema es que yo he olvidado. Si recuerdo regresar a mi mente e identificarme con ese lugar de amor y paz en mi interior, cuando mi atención vuelva a centrarse en el exterior, estaré en paz. Luego, cualquier cosa en mi mundo que necesite atención será atendida sin esfuerzo, ansiedad o tensión, y con amor total.

(10:3-4) Cualquier otro sustituto que acepte como real, tan solo puede engañarle. Mas está a salvo de cualquier engaño si así lo decide.

Todo lo que el mundo nos ofrece como algo importante, santo, placentero, etc., nos engañará. Nada en este mundo dura. Todo en este mundo se hizo literalmente para ser un sustituto de Dios. Entonces, invertir energía en cualquier cosa del mundo, ya sea para adquirirla porque la considero deseable o para evitarla porque la considero dolorosa, realmente me aleja de Dios y, de hecho, me pone en contra de Dios. Por lo tanto, cada sustituto se convertirá en un símbolo de pecado y culpabilidad.

(10:5-6) Quizá necesite recordar: «Dios está conmigo. No puedo ser engañado».

En otras palabras, la razón por la que me dejo engañar por algo del mundo (dejarme engañar significa creer que adquirirlo me traerá placer o el Cielo, o que evitarlo me traerá paz) es que he olvidado a Dios. Y así, cuando recuerdo quién soy como un Hijo de Dios, nada en este mundo puede engañarme, porque no buscaré en el mundo un sustituto de Dios. Cuando mi mente está enfocada en el Amor del Espíritu Santo, todo en el mundo se ve exactamente igual: no como un objeto que desee o se me antoje o quiera evitar, sino como una oportunidad de aprendizaje y un aula de clase.

(10:7) Quizá prefiera usar otras palabras o una sola o ninguna.

No importa lo que yo diga en mi mente o cuál sea mi proceso individual, siempre y cuando el contenido siga siendo el mismo: es decir, no me tomo nada en este mundo como real o que tenga alguna importancia para mí, aparte de servir como vehículo para ayudarme a despertar del sueño.

(10:8) En cualquier caso, debe abandonar toda tentación de aceptar la magia como algo verdadero, y reconocer que no solo no es aterradora ni pecaminosa ni peligrosa, sino que simplemente no significa nada.

Vimos la misma idea en el párrafo anterior. Cada vez que algo en este mundo capta nuestra atención, lo hemos hecho significativo. De lo contrario, no le prestaríamos atención. Si algo en este mundo nos molesta o nos preocupa, es una trampa. Hemos olvidado que todo en este mundo, sin excepción, está igualmente desprovisto de significado. El propósito de las primeras lecciones del libro de ejercicios, que parecen muy simples, pero son todo lo contrario, es comenzar el proceso de alertarnos sobre el hecho de que todo en este mundo carece de significado. Nosotros le hemos atribuido significado a todo, y ese significado es que sea un arma contra Dios.

Todo en este mundo puede tener significado cuando el Espíritu Santo se lo asigna. El significado que todo tendría entonces es servirnos como un aula de clase. Pero de por sí, nada en este mundo tiene significado alguno. De por sí, todo en este mundo no es nada, pues se hizo para ser un velo tras el cual pudiéramos ocultar la culpabilidad y el pecado en nuestras mentes, que a su vez sirve para tapar y ocultarnos de la conciencia el Amor de Dios. Este tema ha surgido una y otra vez en este taller, así como surge en el Curso.

La magia es, por lo tanto, cualquier cosa en este mundo que creamos que nos proporcionará placer, felicidad, paz, libertad del dolor, etc. Cualquier cosa en el mundo que valoremos se convierte en una forma de magia. Sin embargo, en el sentido más amplio, todo en este mundo es una forma de magia porque es parte de la defensa mágica del ego contra Dios. Desde un punto de vista metafísico, todo el mundo físico es una solución mágica a un problema inexistente. Es la solución del ego al problema inventado de la venganza de Dios. El ego nos dice que el mundo nos va a proteger de esa venganza. En cambio, el milagro, la solución del Espíritu Santo al problema de la venganza de Dios, implica mirar el problema. Cuando lo miramos, nos damos cuenta de que todo el asunto es absurdo y, por lo tanto, desaparece. El ego, como hemos visto, hace que el problema sea real, lo mete en una bóveda en la mente, la mantiene bien cerrada y dice: «Nunca debemos acercarnos allí. Y para asegurarnos de que no lo hagamos, construiremos una fortaleza a su alrededor. Y eso resolverá el problema de la venganza de Dios». Entonces la fortaleza, el mundo, es magia.

En otras palabras, la magia es un intento de resolver un problema sin resolverlo realmente. A nivel metafísico o a nivel cósmico, para eso se hizo el mundo entero. A nivel individual, el mundo es neutro; no tiene valor alguno. El ego luego proyecta valor en el mundo, y eso es magia. Recurro pues al mundo para que me brinde felicidad. Dios no puede hacerme feliz, pero ¡el mundo sí puede! Dios no puede quitarme el dolor, pero ¡este analgésico sí puede! Eso es magia. El Espíritu Santo extiende Su propósito en el mundo, el cual es que sirva para cumplir el propósito del milagro. El mundo se convierte en un aula de clase en la que aprendo que mi culpabilidad no está ahí fuera, mi problema no está ahí fuera. Es un problema previo dentro de mi mente.

(10:9-10) Al estar arraigada en el sacrificio y la separación —que no son más que dos aspectos de un mismo error— el maestro de Dios elige simplemente renunciar a todo lo que realmente nunca tuvo. Y a cambio de ese «sacrificio», se le restaura el Cielo en su conciencia.

En otras palabras, tanto el sacrificio como la separación son formas del mismo error. El gran problema, nos dice el ego, es que, si soltamos nuestra inversión en las cosas de este mundo, si dejamos de lado nuestro sistema de pensamiento de ataque y sacrificio, no tendremos nada. Simplemente desapareceremos en el olvido. Parte del proceso del Curso es disipar sistemáticamente nuestro miedo a mirar realmente el sistema de pensamiento del ego, para que con el tiempo podamos darnos cuenta de que el sufrimiento, el sacrificio y el apego a las cosas del mundo no nos traerán paz. Entonces dejamos de lado la ilusión de que estas cosas son significativas, que nos traerán el Cielo. Básicamente, terminamos sin soltar nada.

Una línea maravillosa en el texto, en la sección «El puente que conduce al mundo real» (T-16.VI), dice que cuando crucemos el puente y estemos en el mundo real, «pensarás, con feliz asombro, que a cambio de todo esto ¡no renunciaste a nada!» (T-16.VI.11:4). Pero, cuando todavía estamos de este lado del puente, parece que se nos pide que renunciemos a todo. Así que todavía nos aferramos al sistema de pensamiento del ego. Una parte de nuestra mente todavía cree lo que el ego nos dijo desde el mismo comienzo: necesitamos el mundo como una defensa contra la ira de Dios. Mientras una parte de nosotros todavía crea que Dios nos castigará, seguiremos creyendo que necesitamos este mundo y todo lo que trae consigo: dolor, sufrimiento, sacrificio, ataque, etc. Así que nos aferramos a todo nuestro absurdo sufrimiento, porque creemos que el dolor que estamos experimentando es mejor que el dolor que experimentaremos más adelante cuando Dios nos destruya.

(11:1-2) ¿No te gustaría hacer un intercambio así? El mundo lo haría gustosamente si supiera que se puede.

Nos aferramos a nuestra demencia de creer que el sacrificio y el sufrimiento nos traerán felicidad, porque no creemos que haya otra opción. Así que uno de los propósitos principales del Curso es ayudarnos a darnos cuenta de que hay otra opción. Minuciosamente y con gran esmero se nos describe el sistema de pensamiento del ego, para que realmente podamos entender lo demente que es. Luego se pone al lado del sistema de pensamiento del Espíritu Santo, y Jesús básicamente dice: «Ahora mira a estos dos, con los ojos bien abiertos, con honestidad, conmigo a tu lado. ¿Es difícil esta elección?». Pero la elección no solo es difícil, es imposible si no somos conscientes de que tenemos una opción.

(11:3-4) Los maestros de Dios son los que deben enseñarle que sí se puede. Por lo tanto, su función es asegurarse de que ellos mismos lo han aprendido.

Entonces, como maestros de Dios, queremos enseñarle al mundo que hay una opción. Y no lo enseñamos con nuestras palabras o acciones. Lo enseñamos soltando las interferencias que impiden que el Espíritu Santo lo enseñe. Él es el Maestro. Nosotros somos el instrumento y Él es el Maestro. Nosotros somos la forma. Él es el contenido. Nuestra única función es quitar de en medio a nuestros egos, que es otra forma de decir que nuestra única función es aceptar la Expiación para nosotros mismos. No hay nada más.

(11:5) No hay otro riesgo durante el día, excepto el de poner tu confianza en la magia, pues solo eso conduce al dolor.

El día transcurre sin peligro, amenaza o riesgo, si me centro en Dios, si Jesús es mi maestro y si me identifico con su amor. Nunca puedo tener miedo. El riesgo, el peligro, la amenaza, el dolor se presentan cuando me olvido de él. Elijo ponerlo a un lado y depositar mi fe en algún tipo de magia. Esa es la causa del dolor. Todo dolor, sin excepción, se produce porque en mi mente he elegido guardar a Jesús donde no lo vea (como si lo hubiera metido en un armario) y he dicho: «Voy a hacerlo a mi manera». Esa es la causa del dolor, y será instantáneo.

Puede que no experimente el dolor de inmediato, pero no cabe duda de que esa decisión vendrá acompañada de dolor y yo lo experimentaré, excepto que no recordaré de dónde ha salido. Creeré que el dolor se ha de deber a algo en mi cuerpo, o a lo que otra persona me ha hecho, o a cualquier otra cosa en el mundo. Olvidaré que el dolor se ha presentado porque, en otro nivel que ahora he logrado negar, he elegido distanciarme del Espíritu Santo o Jesús. Ese es el dolor; lo que el Curso llama la «diminuta brecha», un símbolo o un reflejo de la brecha original, la brecha que coloqué entre mí y Dios. Como dice el Curso, las semillas de la enfermedad se mantienen y germinan en esa brecha (T-28.III.4:2-5; 5:5). La brecha es la separación de mi yo ego de mi verdadero Yo. La mente es donde se experimenta, y ese es el único lugar donde se puede sanar.

Pero el sistema defensivo del ego es tan astuto que nos distanciamos lo más posible de nuestras mentes; se niega y se proyecta toda la dinámica que acaba proyectándose, al ser desplazada sobre todo lo demás. Así que creo que estoy molesto por todas las cosas del mundo. Y, por supuesto, todas las fuentes de dolor se ven como relacionadas de una u otra forma con el cuerpo, ya sea el mío o el de otra persona. Pero el problema no tiene nada en absoluto que ver con el cuerpo, como hemos comentado una y otra vez. Se encuentra en esa diminuta brecha en mi mente, donde les he dicho a Jesús y al Espíritu Santo: «Vete al cuerno. Yo mismo lo haré». Ese es el dolor.

El milagro toma ese dolor que se sitúa en el mundo y se lo trae a esa diminuta brecha interior. Ahora puedo hacer algo con respecto al dolor porque he vuelto al punto en el que hice la elección. La magia dice: «El problema no está en tu mente. Está ahí fuera en el mundo. Vamos a ponerle remedio, y aquí tienes esta vendita adhesiva. Utilizaremos esto y aquello, y con eso se solucionará». Por supuesto, nada llega a curarse realmente de esa manera.

Mi función como maestro de Dios es señalar esa diminuta brecha; no por nada que yo diga o haga, sino simplemente por medio del amor que llega por mi conducto, y que actúa como un recordatorio que arroja luz sobre la oscuridad en tu mente y dice: «Aquí es donde está el problema». Pero yo no lo hago,
yo no tengo que decir ni hacer nada. Podré hacer lo mismo que hacen todos los demás, cualquiera que sea la situación; pero lo que enseña es el amor, la paz y la indefensión dentro de mí.

Jesús enseñó, no por lo que dijo o hizo. La enseñanza provenía del puro amor que llegaba a través de él. La gente se sintió atraída, no por sus palabras, no por su persona, y no por sus aparentes curaciones, no por lo que hacía o no hacía. La gente se sintió atraída por la pureza del amor que les llegaba por conducto de él. Eso también es lo que la gente atacó. Lo que realmente nos atrae o nos molesta de una persona nunca es su aspecto ni lo que la persona dice o hace. Es otra cosa, pero ninguno de nosotros sabe qué es esa otra cosa porque elegimos descartarla. No solo queremos descartarla en los demás, queremos descartarla en nosotros mismos. Y esa otra cosa es el lugar del amor en nuestras mentes.

(11:6) «No hay más voluntad que la de Dios».

Esta es otra forma de enunciar el principio de Expiación. El ego dice que hay más voluntad que la de Dios: ¡la mía! Y mi voluntad está vivita y coleando, y es muy poderosa. El principio de Expiación dice: «Eso es una tontería. ¿Cómo puede haber otra cosa que no sea Dios? Cualquier otro pensamiento es simplemente un sueño».

(11:7) Sus maestros [los maestros de Dios] saben que esto es así y han aprendido que todo lo demás es magia.

Todo lo demás en el mundo se inventó como un intento de mantener esta única y simple verdad fuera de nuestra conciencia.

(11:8) Lo que mantiene viva la creencia en la magia es la ilusión simplista de que la magia funciona.

Todos creemos eso. De lo contrario, no hubiéramos invertido tanto en el mundo y el cuerpo. Creemos que la magia funciona porque mantiene alejado el Amor de Dios, así de sencillo. Y dentro del mundo del ego, obviamente, lo mantiene alejado.

(11:9) Los maestros de Dios deben aprender a detectar las diversas formas de magia a lo largo de todo su entrenamiento, cada día y cada hora, e incluso cada minuto y cada segundo, y a percibir su falta de significado. 

Al enfrentarme a las diversas formas de magia en mi vida, ya sea una persona en particular o una situación personal o algo que sucede en el mundo en general, debo reconocer que todos ellos son magia. Si descubro que me estoy enojando, poniendo ansioso, que me brotan sentimientos de culpa o lástima por alguien, etc., es porque he olvidado que aquí todo es magia. Esto hace que todo sea muy simple.

Si bien no debe tomarse como una regla estricta, varios pasajes del Curso sugieren que tan pronto como podamos, al despertar por la mañana, recordemos nuestra meta para el día (por ejemplo, T-30.I.1:5; M-16.4). Cuando hacemos el libro de ejercicios, eso es fácil porque el libro de ejercicios nos lo recuerda.
Pero la idea es generalizar para que no necesitemos un libro que nos recuerde ese objetivo. Y nuestro objetivo es aprender a reconocer todas las formas de magia y no dejarnos engañar por ellas. Al despertar, pues, queremos recordar tan pronto como podamos ese objetivo, para que aprendamos a reconocer todas las ilusiones, todas las formas de magia en el mundo, y nos demos cuenta de que no son lo que queremos elegir. Tener eso presente significa que, si establecemos esa meta por la mañana, veremos todo lo que nos sucede durante el día como una forma de ayudarnos a reconocer eso.

Digamos que cuando me despierto por la mañana, recuerdo que más tarde tengo una reunión importante que, por algún motivo, me tiene muy ansioso. O bien hoy se va a presentar una situación que me produce mucho temor o culpa. Si recuerdo mi objetivo, puedo dar un paso atrás, ver la situación de manera diferente y decir: «Bueno, esta es una manera de aprender que sentir ansiedad no es mi única opción. No necesito tener miedo ni tener todo bajo control». Y luego puedo ver que esta misma reunión o circunstancia por la que me siento muy ansioso y molesto no es más que un aula de clase que he elegido. Y si sigo sintiendo angustia, culpa o miedo, es porque he elegido de maestro al ego, que es el único que enseña por medio de la angustia, la culpa y el miedo.

Pero, si elijo el Espíritu Santo, estaré tranquilo y en paz, y aprenderé la lección, independientemente del resultado. Si sigo sintiéndome ansioso durante el día a medida que se acerca la reunión, es porque he elegido al maestro equivocado. En ese momento no quiero luchar contra mi ansiedad o mi culpa. Solo quiero recordar que estoy ansioso porque elegí al maestro equivocado, lo que significa que todavía me asusta estar en paz. Y quiero tener muy claro en mi mente lo que estoy haciendo. Eso es todo lo que tengo que hacer. De modo que puedo entrar en la reunión y sentirme culpable, estar ansioso y enojarme, patalear y hacer un berrinche. Puedo hacer lo que yo quiera, siempre y cuando tenga presente esa parte de mi mente que sabe que lo estoy haciendo para defenderme del Amor de Dios, y que en ese momento en particular estoy eligiendo en contra del Amor y la paz de Dios. Eso no es pecaminoso. Es un poco tonto, pero no es pecaminoso.

Eso es todo lo que hago. No lucho contra eso. Puedo dejar que mi ego se salga de sus cabales, pero una pequeña parte de mi mente estará, en una butaca de teatro con Jesús a mi lado y mirando a mi ego hacer su berrinche, o sentirse terriblemente atemorizado o culpable. Quiero tomar conciencia de lo que estoy haciendo real y por qué lo estoy haciendo real. Jesús me susurra: «Esto es una comedia. Vamos a reírnos juntos». Pero digo: «No, no es una comedia. Es muy grave y elijo oponerme a lo que me dices, porque me da demasiado miedo». Solo queremos ser conscientes de ello. Y cuando podemos hacer eso:

(11:10) Cuando se las deja de temer, [las formas de magia] desaparecen.

Esto dice que lo que mantiene que las formas de magia son reales para nosotros es nuestro miedo. Si podemos ver lo que hemos hecho real, con Jesús a nuestro lado, entonces no hay miedo y las formas desaparecen. En el texto, Jesús dice: «Examina detenidamente qué es lo que realmente estás pidiendo. Sé muy honesto contigo mismo al respecto, pues no debemos ocultarnos nada el uno al otro» (T-4.III.8:1-2). Nos está pidiendo que seamos muy honestos al mirar nuestros pensamientos sobre el ego, y que miremos con él: «Sé muy honesto contigo mismo al respecto, pues no debemos ocultarnos nada uno al otro». Esto significa que, si tengo miedo, ansiedad, enojo o lo que sea, estoy excluyendo a Jesús. Pero si puedo unirme a él y mirar con él mis pensamientos dictados por el ego, eso le cortará las alas al ego. Jesús continúa: «Si realmente tratas de hacer esto, habrás dado el primer paso en el proceso de preparar a tu mente a fin de que el Santísimo [Dios] pueda entrar en ella. Nos prepararemos para ello juntos, pues una vez que Él haya llegado, estarás listo para ayudarme a preparar a otras mentes para que estén listas para Él. [Y eso es lo que hace un maestro de Dios.] ¿Hasta cuándo vas a seguir negándole Su Reino?» (T-4.III.8:3-5). Dios no nos niega Su Reino. Nosotros nos estamos negando Su Reino porque nuestro ego nos ha enseñado a no valorarlo. Así, hemos desechado el Reino de Dios y, a cambio, hemos adoptado como nuestro hogar el reino del ego.

(11:11) Y así se vuelven a abrir las puertas del Cielo y su luz puede volver a irradiar sobre la mente que se encuentra en paz.

Una vez que abrimos la bóveda cerrada de la mente, la luz del Cielo simplemente irradia sobre ella. Por lo tanto, todo lo que se nos pide que hagamos como maestros de Dios es unir nuestras mentes con Jesús o el Espíritu Santo. Eso es todo lo que hacemos. El amor de Ellos fluirá a través nuestro. Muy a menudo puede tomar la forma de palabras o acciones o comportamientos. Pero en ese momento nuestro ego no está involucrado en absoluto y no somos nosotros quienes lo estamos haciendo. En el texto, Jesús habla de cómo veremos los milagros que ha hecho a través de nosotros y nos daremos cuenta de que no los hemos hecho nosotros, sino que Algo en nosotros los ha hecho (T-11.V.I.9:3; T-16.II.2:4-8).