Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XVII
¿Cómo lidian los maestros de Dios con los pensamientos mágicos? (M-17)

Esta es una sección sumamente importante y le dedicaremos mucho tiempo. Un pensamiento mágico, como hemos visto, es cualquier cosa que hagamos para resolver un problema de tal manera que nunca se pueda resolver. En otras palabras, es un intento de resolver un problema interno —como lo es todo problema: el problema de la culpabilidad en la mente— haciendo algo fuera de la mente con el cuerpo. Entonces, lo único que todos hacemos casi siempre es una forma de pensamiento mágico.

Esta sección aborda la manera en que yo, como maestro de Dios, debería reaccionar ante los pensamientos mágicos de otra persona. La primera parte explica cómo la tentación siempre es hacer realidad el pensamiento mágico y enojarnos con él. La segunda parte aborda de manera muy gráfica y evocadora por qué nos enojamos con los pensamientos mágicos de los demás. Es uno de los pasajes más brillantes del Curso, dado que integra la metafísica subyacente de lo que sucede en nuestras mentes, entre nosotros y Dios, con lo que sucede en un nivel muy práctico, aquí en nuestra experiencia diaria.

(1:1-3) Esta es una pregunta crucial tanto para el maestro como para el alumno. Si este asunto no se trata bien, el maestro de Dios se habrá hecho daño a sí mismo y habrá también atacado a su alumno. Esto refuerza el miedo y hace que la magia les parezca real a ambos.

El problema no se tratará bien si yo, como maestro de Dios —todos somos maestros y alumnos— veo tu pensamiento mágico y me enojo al respecto. Eso significa que lo estoy haciendo realidad, que es exactamente lo que hizo mi ego al principio. Este es todo el objetivo de esta sección. La parte de mi mente identificada con el ego miró la diminuta idea loca y dijo: «Esta es una idea muy perturbadora». En otras palabras, se la tomó en serio.

Entonces, desde el principio, mi mente no ha sabido cómo tratar la idea de la separación. Si me hubiera identificado con el Espíritu Santo, yo simplemente le habría sonreído, al darme cuenta de que solo era un absurdo pensamiento mágico que no ha surtido efecto alguno, y se habría vuelto a esfumar en su propia vacuidad. Pero lo manejé mal haciéndolo real, dejándome perturbar al respecto. A partir de ese momento, mi ego y yo arrancamos y no había quién nos parara. Eso fortalece el miedo, porque el pensamiento mágico se basa ultimadamente en la creencia de que he pecado contra Dios, y que Dios está enojado. Por lo tanto, me debería dar miedo. Si hago realidad mi pensamiento mágico, que siempre se reduce a la idea de estar separado de Dios, he de tener miedo porque desde el punto de vista del ego los pensamientos mágicos se equiparan con el pecado.

(1:4-8) La manera de lidiar con la magia es, por lo tanto, una de las lecciones fundamentales que el maestro de Dios tiene que aprender cabalmente. Su responsabilidad principal al respecto es no atacarla. Si un pensamiento mágico despierta hostilidad —de la clase que sea— el maestro de Dios puede estar seguro de que está reforzando su propia creencia en el pecado y de que se ha condenado a sí mismo. Puede estar seguro además de que les ha abierto la puerta a la depresión, al dolor, al miedo y al desastre. Que recuerde entonces que no es esto lo que quiere enseñar porque no es esto lo que quiere aprender.

Una vez más, un pensamiento mágico es cualquier cosa en este mundo, que me parezca la salvación. Entonces, si algo en el mundo me perturba, he otorgado realidad al pensamiento mágico. Por ejemplo, soy estudiante del Curso de milagros: como tal, soy devoto, sincero, dedicado, santo, etc., y tú, que asistes a mi grupo del Curso de milagros, tienes un dolor de cabeza y te tomas una aspirina; obviamente, un pensamiento mágico. Descubro que me estoy alterando y digo: «¿Qué no eres un buen estudiante del Curso de milagros? ¿No sabes que la enfermedad es una defensa contra la verdad? ¿No sabes que está en tu mente? ¿No sabes que la aspirina no te va a ayudar?». Y estoy dale y dale con toda esta «amorosa» atención. Bueno, ahora estoy tan enfermo como tú, mi pobre compañero estudiante del Curso de milagros. De hecho, puede que yo esté aún más enfermo porque probablemente lo estoy haciendo más real que tú. He atacado tu pensamiento mágico.  

Claro que tomar una aspirina es un pensamiento mágico. Pero ¿por qué habría de molestarme eso? Como veremos en breve, me está molestando porque me recuerda mis endebles intentos de obrar magia para protegerme de mi propio pensamiento de pecado. Esa es la única razón por la que podría molestarme. No es más que otra expresión de la dinámica básica de la proyección. No soporto mirar mi propia idea de haber pecado, la culpabilidad que me generan mis propios pensamientos mágicos. Por lo tanto, lo proyecto sobre ti y te ataco por ello.

Pero esto es cierto con cualquier cosa en el mundo. Alguien que viola y mata a quince mujeres cree que violando y matando a quince mujeres se sentirá mejor. Eso es magia. El que Adolfo Hitler haya asesinado a trece millones de personas es un pensamiento mágico. Él creía que librar al mundo de trece millones de personas, a quienes veía llenas de impurezas, conservaría su propia inocencia y la del pueblo alemán. Bueno, eso es una tontería. Ahora bien, si miramos sus acciones desde el punto de vista del mundo, son graves, no tontas. Pero si nos elevamos por encima del campo de batalla y miramos hacia abajo, el pensamiento es de no creerse. Y ese es un pensamiento mágico. Pero en cuanto a su contenido no es diferente del pensamiento mágico de que alguien se tome una aspirina. Parecen diferentes porque el mundo lo ordena todo por grados, y cuanto hay en el mundo es cuantificable. Desde el punto de vista del mundo, existe una jerarquía de ilusiones. Algunas ilusiones son peores que otras. A muy pocas personas les parecería que asesinar a trece millones de personas es lo mismo que tomarse una aspirina. Pero recuerden la declaración que ya he citado: «Lo que no es amor es asesinato» (T-23.IV.1:10). Pocas personas creerían que asesinar a trece millones de personas fuera amoroso. Sin embargo, la mayoría de la gente no pensaría que tomarse una aspirina no fuera amoroso; aunque por supuesto que no lo es. Es hacer que la culpabilidad y el miedo sean reales en la mente, no prestándole atención y diciendo en cambio: «El problema está en mi cuerpo y tomaré una píldora y me sentiré mejor». Eso es negar la presencia y el poder del amor en mi mente. En ese sentido no es amoroso. Y lo que no es amor debe ser asesinato (T-23.IV.1:10). Por lo tanto, las formas son diferentes, pero el contenido es el mismo.

Esto significa que, como maestro de Dios, con el paso del tiempo, me volveré extremamente sensible a cualquier cosa en el mundo que me moleste levemente o me provoque un estado de furia intensa. Reconoceré que son exactamente lo mismo. Y realmente no importa si estamos hablando de las acciones de una persona supuestamente cuerda o de alguien que se clasifique como enfermo mental. Son todos iguales. Lo que llamamos enfermedad mental es una forma extrema de miedo; nada más. Todo forma parte del mismo sistema de pensamiento. No hay diferencia entre el sistema de pensamiento de alguien a quien mantenemos recluido en un hospital psiquiátrico y las personas que viven fuera de tales instituciones. No es más que una cuestión de grado. El sistema de pensamiento que el Curso describe dentro de cada uno de nosotros es básicamente el de un esquizofrénico paranoico. Todos padecemos esa condición. Todos creemos que somos víctimas del mundo. Todos creemos que la realidad es ilusoria y que la ilusión es realidad. ¿No es esa una definición de psicosis? Entonces es solo una cuestión de grado. En este mundo distinguimos entre las personas que padecen de una demencia clínica y personas que padecen de una demencia espiritual. Pero no hay diferencia. Cualquiera que haya trabajado en un hospital psiquiátrico se ha percatado en algún momento de que la única diferencia entre los «de adentro» y los «de afuera» es que los de afuera traen las llaves. Eso es lo que establece la cordura. Soy miembro del personal y traigo las llaves. Únicamente es cuestión de grado, pero todos compartimos la misma demencia.

Entonces, estas líneas dicen que mi única lección como estudiante del Curso, —si mi deseo es ser un maestro de Dios avanzado que crezca en el proceso del perdón— es aprender a diferenciar entre la magia y un milagro. Por eso quiero sensibilizarme a todos mis pensamientos de ataque, a todas mis preocupaciones y disgustos en relación con todas las formas de magia en el mundo, para poder aprender a reconocer cuándo me he engañado a mí mismo. Quiero reconocerlo lo más rápido que pueda para poder acudir a mi Maestro interior y decirle: «Por favor, ayuda. Me he enojado, molestado o irritado por algo. Ha de ser porque me he olvidado de ti». Ese es el problema, porque si me identifico con el Espíritu Santo, veré todo en el mundo como un aula de clase y sin ningún otro valor. Si excluyo el Amor del Espíritu Santo, veré todo en este mundo como una forma de magia que de una u otra forma creo que puede resolverme los problemas.

Pasemos al tercer párrafo.

(3:1-2) Lo más fácil es permitir que el error se corrija allí donde es más evidente, y los errores se reconocen por sus resultados. Una lección que verdaderamente se ha enseñado no puede conducir sino a la liberación del maestro y del alumno que han compartido un mismo propósito.

Ahora, compartir «un mismo propósito» no significa necesariamente que tú te des cuenta a nivel de la conciencia de lo que yo he elegido. A veces sucede de esa manera; a veces no. Significa que, en mi mente, me he unido a ti para que ahora ambos estemos unidos. Si aceptas o no la unión es decisión tuya. Pero en mi mente ya no te veo separado de mí. Y donde deberá corregirse el error es donde está el error, que es en la mente y en ningún otro lugar.

(3:3-4) El ataque puede producirse únicamente si han percibido objetivos separados. Y este debe ser el caso si el resultado es cualquier otra cosa que no sea dicha.

Si creo que mi salvación puede comprarse a costa tuya, tenemos objetivos separados. Eso ha de ser un ataque porque no estoy viendo que tú ni yo seamos como Cristo. Cristo es la unidad total. Si siento cualquier otra cosa que no sea paz o dicha —y aquí no se refiere a la dicha del mundo—, debo haber elegido al maestro equivocado.

(3:5) El hecho de que el maestro de Dios tenga una sola meta hace que el objetivo dividido del alumno se enfoque en una sola dirección y que la llamada de ayuda se convierta en su única petición.

Esto no tiene nada que ver con lo que está o no está sucediendo contigo, sino solo con lo que está sucediendo dentro de mi propia mente. Elegí un solo objetivo para mí y, por lo tanto, también lo elegí para ti. Puede que aún tengas una meta dividida: Dios y el ego. Una parte de ti quiere librarse del dolor, pero otra parte se aferra a él. No obstante, si tomo la decisión de que todo lo que quiero es liberarme del dolor, y eso proviene de identificarme con el Amor del Espíritu Santo ya que nuestras mentes están unidas, también he tomado la misma decisión por ti.

Una vez más, puedes elegir aceptarlo o no en este momento, pero una parte de tu mente debe haberlo aceptado porque las mentes están unidas. La misma barrera que has colocado entre tú y el Espíritu Santo también la has colocado entre tú y yo. Pero, así como el Amor del Espíritu Santo siempre está presente en tu mente, ahora también lo está el mío.

(3:6-7) Esta se contesta fácilmente con una sola respuesta, y esta respuesta llegará sin lugar a dudas a la mente del maestro. Desde ahí irradiará a la mente del alumno, haciéndola así una con la suya.

Las mentes están unidas. Y la única respuesta es el perdón: el reconocimiento de que lo que está sucediendo es simplemente una forma de magia. Y la magia no puede sanar.