Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XVIII
¿Cómo lidian los maestros de Dios con los pensamientos mágicos? (M-17)(cont.)

(4:1-2) Tal vez sea útil recordar que nadie puede enfadarse con un hecho. Son siempre las interpretaciones las que dan lugar a emociones negativas, aunque estas parezcan estar justificadas por lo que aparentemente son los hechos…

Esta es otra idea de esas ideas que son sumamente importantes tener presentes. Nunca estamos enojados por un hecho, siempre estamos enojados por una interpretación. La diminuta idea loca de estar separado de Dios es un hecho, al menos dentro del sueño. Tuvimos el pensamiento. La interpretación es: «¡Esto es horrible! ¡Esto es pecaminoso! ¡Esto es terrible!». El motivo de nuestro enojo es ese pensamiento. O el hecho es que has sacado una pistola y me vas a disparar. Eso es un hecho. La interpretación es que vas a atacarme y victimizarme. Pero eso solo puede ser cierto si la identidad que asigno a ambos es la de cuerpos.

En el mundo bíblico, es un hecho que Jesús fue crucificado. La gente le hincó clavos en el cuerpo para sujetarlo a una cruz. La interpretación es que lo estaban atacando. La lección, por supuesto, es que no se puede atacar a un Hijo de Dios porque Dios no puede ser atacado. El cuerpo de Jesús fue atacado, pero él sabía que no se le estaba atacando porque sabía que él no era su cuerpo.

El enojo siempre nace de una interpretación; nunca procede simplemente de un hecho. Las interpretaciones siempre personalizan de una u otra forma lo que ha sucedido, para que me considere víctima. Por ejemplo, voy conduciendo por la autopista y otro conductor se mete en mi carril. Eso es un hecho. Pero la interpretación es que me agredió a : soy víctima de su insensibilidad, su pésima forma de manejar, de su indiferencia, etc. Si te acercas a mí y comienzas a insultarme y a golpearme, ese es un hecho. Estás diciendo ciertas palabras y llevando a cabo ciertas acciones. Eso es un hecho. La interpretación es que me lo estás haciendo a mí, y que soy víctima de lo que estás diciendo y haciendo.

No puedo cambiar un hecho. No puedo cambiar el hecho de que estás diciendo cosas insultantes a mi respecto o directamente a mí. Pero ciertamente puedo cambiar la forma en que percibo lo que estás diciendo y haciendo. Esa es la interpretación. La interpretación del ego siempre es que «me lo estás haciendo a mí», dado que la victimización es el principio y el propósito del mundo. Si me siento tratado injustamente o atacado, es porque he elegido al maestro equivocado. No estoy molesto por lo que estás diciendo. Estoy molesto por el significado que le estoy dando.

El problema es que elegí de maestro al ego, en lugar de Jesús. Ese es el problema. Una vez que eso me queda bien claro, puedo cambiar fácilmente mi interpretación diciendo: «No quiero excluir el amor o la paz de Jesús. Con ese amor y con esa paz deseo percibirte a ti». Entonces veré que lo que estás diciendo o haciendo es una expresión de amor o una petición de amor. Y como hemos visto, bien sea una expresión de amor o una petición de amor, mi respuesta será la misma. Eso hace que sea muy simple ser un maestro de Dios. El proceso de aprender a serlo no siempre es fácil, pero el principio es muy simple.

(4:3) … o por la intensidad del enfado suscitado.

Aquí vemos lo mismo de lo que se habla en el libro de ejercicios (L-pI.21.2:5).

(4:4-6) Este puede adoptar la forma de una ligera irritación, tal vez demasiado leve como para ser reconocida claramente. O puede también manifestarse en forma de una ira desbordada acompañada de pensamientos de violencia, imaginarios o aparentemente perpetrados. Esto no importa.

La razón por la que Jesús dice «aparentemente perpetrados» es que realmente no podemos perpetrar nada porque un cuerpo no hace nada. Los psicólogos exploran si las personas debieran o no debieran perpetrar sus fantasías. A menudo dirán que es mucho mejor guardarnos las fantasías. Pero desde el punto de vista del Curso da lo mismo, porque los pensamientos siempre están ahí. Y mi cuerpo no es el que está perpetrando las fantasías. Mi mente simplemente le da órdenes a mi cuerpo.

(4:7-11) Estas reacciones son todas lo mismo. Ponen un velo sobre la verdad, y esto no puede ser nunca una cuestión de grados. O bien la verdad es evidente o bien no lo es. No puede ser reconocida solo a medias. El que no es consciente de la verdad no puede sino estar contemplando ilusiones.

O estás con el Espíritu Santo o estás en contra de Él, pero no hay nada intermedio. Es lo uno o lo otro. Tengo de maestro al ego o al Espíritu Santo. Ahora bien, en este mundo, a menudo experimentamos un punto intermedio al oscilar entre ellos. En realidad, elegimos cien por ciento al Espíritu Santo o cien por ciento al ego. Y la oscilación entre los dos se lleva a cabo con tanta rapidez que no se siente como todo o nada. Pero en realidad, es todo o nada: uno o el otro.

Incluso si solo estoy levemente molesto, aun así me considero víctima. Estoy levemente molesto porque hiciste algo. Y si tengo un arrebato de ira desbordada, me considero víctima. En ambos casos el contenido es el mismo. Entonces, en ese nivel, no hay ninguna diferencia. Da lo mismo si perpetro mi fantasía de asesinarte o si tan solo abrigo la fantasía en mi mente. Todavía me estoy percibiendo como separado de ti. Todavía me estoy percibiendo como tu víctima. Así que, en cierto nivel, sigo creyendo que la magia me va a ayudar.

Puede que la magia se manifieste en forma de negar el problema. Como veremos un poco más adelante, los mecanismos de defensa son formas de magia. Tal vez la perpetre a nivel del comportamiento disparándote o excluyéndote de mi vida o tratándote bien para que dejes de atacarme. O puedo usar el sueño como una forma de negar o evitar el problema. Dormir es una defensa, obviamente. Quizás esté escuchando algo que quiero dejar de oír. Entonces de repente me aburro y me siento cansado. Pero creo que tengo sueño porque anoche no dormí lo suficiente o porque hace demasiado calor en el salón, o porque me aburre lo que estoy oyendo. Sin embargo, en realidad no es por ninguna de esas razones.

Cuando Helen y yo estábamos editando el manuscrito del Curso, generalmente nos sentábamos en el sofá de su sala. Mientras trabajábamos, a veces volteaba a mirarla y estaba bostezando y comenzaba a hundirse en el sofá. Sin embargo, bajo otras circunstancias, ella siempre estaba híper alerta. Tenía mucha energía y nunca se cansaba, excepto a altas horas de la noche. Pero en esas ocasiones apenas eran las tres de la tarde y Helen se desplomaba en su asiento. Bostezaba, se ponía a toser y se reía de sí misma, todo al mismo tiempo, ¡hacer eso es una verdadera hazaña! De modo que amodorrarnos es una defensa muy poderosa. Pero todo lo que yo haga sin mirar el verdadero problema (es decir, considerarme víctima y a ti victimario porque he elegido escuchar a la voz equivocada) es una forma de magia.

El milagro me dice que el problema no es lo que tú o yo hemos hecho. El problema es que he elegido ocultar la luz de mi mente y he elegido la oscuridad en su lugar. Así, el milagro trae la atención de mi mente de vuelta a ese punto de elección y dice, como dice el Curso una y otra vez, especialmente al final: «Hermano mío, elige de nuevo» (T-31.VIII.3:2). Ese es el mensaje fundamental que recibimos a lo largo del Curso. Jesús o el Espíritu Santo siempre nos dicen: «Hermano mío, elige de nuevo». Entonces, la idea es que, si estoy molesto, es porque he elegido mal. No tiene nada que ver con ninguna otra cosa. Un maestro de Dios siempre es consciente de eso.

(5:1-2) Reaccionar con ira ante cualquier pensamiento mágico que se haya percibido es una de las causas básicas del temor. Examina lo que esta reacción significa, y se hará evidente el lugar central que ocupa en el sistema de pensamiento del mundo.

La ira conduce al miedo porque, si percibo tus pensamientos mágicos como pecaminosos o malos, al justificar mi enojo contigo, te estoy atacando. Estoy viendo mi pecado en ti y lo estoy negando en mí mismo. Te estoy atacando injustificada y falsamente porque, desde mi punto de vista, soy realmente yo —y no tú— quien es pecador. Entonces te estoy atacando, a sabiendas de que lo estoy haciendo basado en una falsedad, lo que solo me hace sentir culpable. Y cuando me siento culpable, debo creer que merezco que se me castigue porque la culpabilidad exige un castigo.

Y creo que no solo merezco que Dios me castigue, sino que tú también me castigues porque sé que te estoy atacando falsamente. Así que temeré que me ataques en respuesta a mi ataque contra ti. Y luego necesitaré una defensa contra ese ataque, que es donde entra el miedo. Ahora bien, mi razonamiento puede no tener absolutamente nada que ver con lo que está sucediendo en tu mente, porque es posible que no te percates de que yo te he atacado. Ese ataque está en mi mente. Si te he atacado falsamente, y obviamente todo ataque lo es, en mi propia mente me sentiré culpable. Creeré que merezco ser atacado por lo que te he hecho, y tendré miedo de que me ataques. Eso es de lo que se está hablando aquí.