Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XX
¿Cómo lidian los maestros de Dios con los pensamientos mágicos? (M-17) (conclusión)

(8:1) A esta situación sin esperanza, Dios envía a Sus maestros…,

Esto se refiere a todos nosotros. Somos la esperanza del mundo.

(8:2-4) … quienes traen consigo la luz de la esperanza directamente desde Él. Hay una manera de escapar que se puede aprender y enseñar, pero requiere paciencia y estar muy dispuesto.

Este es uno de los pocos lugares en el Curso, que no habla de «estar levemente dispuesto» sino de «estar muy dispuesto». Nos convertimos en instrumentos de esperanza y maestros de Dios al permanecer completamente atentos a la oscuridad del mundo que nos rodea, toda la magia que corre incontrolable y desenfrenada en el mundo, pero no nos la tomamos en serio. Si no me tomo en serio la magia que cunde ahí fuera, ha de ser porque, en otro nivel, ya no me la estoy tomando muy en serio en mi interior. Este es el comienzo del proceso de mirar la «diminuta idea loca» y ver un destello de luz en ella. Y el destello de luz es que esto es una tontería. Es una luz de risa en lugar de la oscuridad de decir: «Este es un pecado grave». Entonces, aprendiendo a no tomar tan en serio tus «pecados», realmente estoy aprendiendo la misma lección dentro de mí. Puedo decir: «Este no es un pecado terrible. Es solo un tonto error. Escuché la voz equivocada. Y así como escuché la voz equivocada, el poder de mi mente ahora puede elegir escuchar la Voz correcta».

Pero es una lección que no aprendo de la noche a la mañana. Y no quiero aprenderla solo porque la leí en esta sección. Es una lección que requiere mucha paciencia —debo aprender a tener paciencia con mi miedo— y requiere que esté muy dispuesto a aprender continuamente y a practicar repetidas veces.

(8:5) Una vez que esto se ha alcanzado, la obvia simplicidad de la lección resalta como una luz blanca y brillante contrapuesta a un horizonte negro, pues eso es lo que es.

Cuando esté pasando por alguna forma de oscuridad, ya sea la enfermedad de un ser querido, una aparente catástrofe en el trabajo o dentro de mi familia, o alguna crisis o desastre en el mundo en general, ese es el «horizonte negro» del sistema de pensamiento del ego. Si no me lo tomo en serio, o al menos comienzo el proceso de cuestionar la validez de mi justificación para tomármelo en serio, la luz comienza a brillar. Y a medida que hago esto de forma más continua, la luz se vuelve cada vez más intensa y más nítida.

No tengo que hacer nada. No estamos hablando de comportamiento, estamos hablando de una elección que ocurre dentro de la mente. Mi puño cerrado, esa bóveda cerrada en mi mente, comienza a abrirse y empieza a filtrarse la luz. Lo que me parecía oscuridad ahora se torna cada vez más luminoso. Y a medida que se torna más luminoso dentro de mi mente, esa luminosidad se extiende hacia el exterior, y al asomarme veo luz. Incluso si lo que veo fuera es cómo asesinan a trece millones de personas en campos de concentración, todavía veré luz. La luz no está ahí fuera en el mundo o en la situación específica. Está dentro de mi mente.

(8:6) Dado que la ira procede de una interpretación y no de un hecho, nunca está justificada.

No estoy realmente enojado por el hecho de que se asesinó a trece millones de personas. Estoy enojado por la interpretación que le he dado a este hecho; a saber, que es malo y pecaminoso, y que me identifico con las víctimas. Entonces no se justifica mi enojo porque yo fui quien le dio esa interpretación. No me enojo a causa de lo que has hecho. El motivo de mi enojo es mi percepción de lo que has hecho. En realidad, no estoy enojado contigo, sino por la forma en que te estoy mirando.

(8:7-9) Una vez que esto se entiende, aunque solo sea en parte, el camino queda despejado. Ahora es posible dar el siguiente paso. Por fin se puede hacer otra interpretación.

Jesús dice: «Una vez que esto se entiende, aunque solo sea en parte», o sea que no tenemos que hacerlo al cien por ciento. No tenemos que hacerlo a la perfección. Vamos creciendo hasta que se vuelve natural hacerlo. Pero una vez que al menos comenzamos a abrir la puerta diciendo: «Bueno, es posible que mi ego tal vez esté equivocado», eso pone en marcha el proceso. Y todo el propósito del Curso es convencernos de que nuestro ego está equivocado.

Una línea maravillosa del texto dice: «¿Preferirías tener razón a ser feliz?» (T-29.VII.1:9). Todos en este mundo quieren tener razón. Y todos tenemos miles y miles, incluso millones, de testigos que prueban que nuestra percepción del mundo es correcta. Pero no somos conscientes de que cuando queremos tener la razón estamos eligiendo ser infelices. Contraponernos al Espíritu Santo nunca nos hará felices, aunque ese es el propósito. Entonces, una vez que podemos comenzar el proceso de cuestionar la validez de nuestras interpretaciones, estamos permitiendo que se nos conduzca a casa. No hay absolutamente ningún hecho en el mundo que justifique la ira, ninguno en absoluto. El Curso dice en un pasaje: «Dios no es algo simbólico; Dios es un Hecho» (T-3.I.8:2). Todo lo demás es fabricado.

Entonces «por fin se puede hacer otra interpretación». Por fin una luz se ha infiltrado en el túnel. No puedo cambiar los hechos del mundo. No puedo cambiar el hecho de que mataron a toda mi familia. No puedo cambiar el hecho de que están sucediendo cosas terribles. No puedo cambiar el hecho de que mataron a trece millones de personas en el Holocausto. No puedo cambiar ninguno de estos hechos, pero puedo cambiar la forma de mirarlos. El Curso dice: «No trates… de cambiar el mundo, sino elige más bien cambiar de mentalidad acerca de él» (T-21.in.1:7). La libertad y la alegría provienen de elegir eso.

(8:10) Los pensamientos mágicos no tienen que conducir necesariamente a la condenación, pues no tienen realmente el poder de suscitar culpa.

Los pensamientos mágicos no son pecaminosos. El pecado da lugar a la culpabilidad y se condena el pecado. Estoy enojado porque he pecado y me he condenado a mí mismo. Por eso me siento culpable. O te acuso a ti de pecar y te condeno por ello. Pero los pensamientos mágicos son simplemente un intento endeble y tonto por parte del ego, de sostenerse manteniendo alejados de mí el Amor, el poder, el poderío y la dicha de Dios. No son más que eso. Entonces, ¿cómo podría un pensamiento mágico ejercer algún efecto sobre Dios? Cuando realmente empiezo a mirarlo, ya no es pecaminoso. Es tonto. Y si es simplemente una tontería, sin duda no es condenable, y no justifica ninguna culpabilidad.

(8:11) De modo que pueden pasarse por alto, y así olvidarse en el verdadero sentido de la palabra.

No olvidarse como el ego olvida, que es negar, primero hacer real y luego olvidar. Los pensamientos mágicos más bien pueden «olvidarse en el verdadero sentido de la palabra» porque no existen. Este no es el olvido del ego enterrándolo en mi memoria. El pensamiento mágico simplemente se disuelve, desapareciendo en su propia vacuidad.

(9:1) La locura tan solo aparenta ser algo terrible.

La «locura» sería toda la demencia del sistema de pensamiento del ego. Y sí que parece terrible. Parece terrible creer que podríamos destruir la unión del Cielo y el Amor de Dios y Cristo. Y lo que sucede en este mundo parece terrible.

(9:2) En realidad no tiene poder para fabricar nada.

La locura del sistema de pensamiento del ego no tiene el poder de inventar un yo que se oponga a Dios, y mucho menos el de inventar un mundo que se oponga a Dios.

(9:3) Al igual que la magia, que se convierte en su sierva, la locura ni ataca ni protege.

El ego nos ha dicho que hemos atacado a Dios. Y luego el ego nos dice que nos protegerá. Y, como hemos visto, el mundo se convierte en una gran fortaleza. Pero en realidad no puede protegernos porque no existe. Todo esto es pura fantasía.

(9:4) Verla y reconocer su sistema de pensamiento es ver lo que no es nada.

Recuerden, el ego nos dice: «No debes mirar este sistema de pensamiento porque te destruirá». Así que lo encerramos en una tumba sombría o una bóveda oculta en nuestras mentes. Pero si alguna vez de veras lo miráramos, nos daríamos cuenta de que literalmente no hay nada allí. Es pura invención. El emperador no trae ropa.

(9:5-6) ¿Puede acaso lo que no es nada suscitar ira? Difícilmente.

Del mismo modo, podemos preguntar: «¿Puede acaso lo que no es nada suscitar culpabilidad? ¿Puede acaso lo que no es nada suscitar un mundo? ¿Puede lo que no es nada suscitar la muerte? ¿Puede lo que no es nada suscitar sufrimiento?». Por lo visto creemos que sí puede porque ese es el mundo que hemos hecho realidad. Si realmente pensamos en lo que se dice aquí, en lo que dice todo el Curso, es evidente que se trata de una reinterpretación muy radical de absolutamente todo lo que creemos, sin excepción.

Una línea en el Curso dice: «Aprender este curso requiere que estés dispuesto a cuestionar cada uno de los valores que abrigas» (T-24.in.2:1). Cada uno de tus valores, de tus pensamientos, ¡sin omitir ninguno! No lo hacemos de la noche a la mañana, claro. Pero solo pensar en esta enseñanza —en que no hay excepción— nos da una idea de la inmensidad y la gran profundidad del sistema de pensamiento de Un curso de milagros. Si el ego no es realmente nada, absolutamente cada cosa que ha surgido desde entonces tampoco es nada. Y eso significa que no tiene sentido que nos molestemos por algo que no existe.

Pero es un proceso de ir paso a paso —lenta, gradual y apaciblemente—, que nos lleva a una creciente comprensión y aceptación de esa verdad. Entonces, ser un maestro de Dios equivale a decir: «Sí, esto es lo que realmente quiero aprender y que se enseñe a través de mí». Y luego es preciso confiar en el proceso, mientras el Amor del Espíritu Santo o Jesús caminan con nosotros, paso a paso, hasta que esta verdad se convierta en un simple hecho para nosotros.

(9:7) Recuerda, maestro de Dios, que la ira reconoce una realidad que no existe. No obstante, es un testigo fidedigno de que tú crees en ella como si se tratase de un hecho.

Hemos dicho que un hecho no puede generar enojo en nosotros, pero ahora podemos llevarlo un paso más allá. El hecho es que no hay nada allí. Nos enojamos por una interpretación que dice que hay algo allí que es pecaminoso, que genera culpabilidad y merece castigo. Si estoy enojado, obviamente estoy enojado por algo, lo que significa que he negado que algo que tengo en frente no es nada. Creo que ese algo es un hecho. Y el hecho es ultimadamente pecado. Me he separado de Dios, lo he atacado y Él me va a corresponder atacándome. Ese es un hecho. Entonces, como se dijo anteriormente en esta sección, lo acepto como un hecho y luego lo olvido.

(9:8) Y ahora no podrás escapar…

Una vez que he hecho realidad la separación y el pecado, ¿a dónde voy? Ahora soy un producto de ese pecado. La única forma de hacer frente a ese hecho es usar la magia de alguna manera para negar este hecho horrible y sacar el máximo provecho de lo que ya es una situación netamente espantosa. Dentro de este sistema no hay esperanza. La única esperanza proviene de fuera del sistema, de la luz del Espíritu Santo. De nuevo:

(9:8) Y ahora no podrás escapar hasta que te des cuenta de que has estado reaccionando a tus propias interpretaciones, las cuales habías proyectado sobe el mundo externo.

He ahí la esperanza: lo he inventado todo. Por eso es esencial que, mientras trabajamos con el Curso, no desoigamos la enseñanza metafísica sobre el carácter ilusorio del mundo que realmente no está aquí. Sin esa comprensión, nuestro aprendizaje será realmente limitado; se limitará a nuestra creencia de que aquí hay un mundo descompuesto que requiere repararse.

No hace falta reparar el mundo porque no hay mundo. No nos esforzamos por hacer que lo imperfecto sea perfecto. Nos esforzamos por mirar lo imperfecto y darnos cuenta de que no existe. Y luego decimos: «Sí, el mundo imperfecto, la situación imperfecta, provino de un pensamiento imperfecto, pero el pensamiento imperfecto es simplemente tonto. No es pecaminoso. Es solo un pensamiento equivocado. Cometí el error de dejarme guiar por la voz equivocada. Es todo lo que hice. Con la misma facilidad puedo girar hacia el otro lado y escuchar la Voz del Espíritu Santo. Y luego todo lo demás desaparecerá».

(9:9-11) Permite que se te despoje de esa siniestra espada. La muerte no existe. La espada tampoco.

Esta espada, el arma del ego, es el sistema de pensamiento del ego, esa es la locura.

(9:12) El temor a Dios carece de causa.

La causa del «temor a Dios» es el pecado, pero no hay pecado. Si no hay pecado, no hay causa que pueda tener efectos. El efecto del pecado es el temor a Dios y a la muerte. Pero si no hay pecado, si todo es inventado, no es una causa. Y así, el pecado no puede tener efectos, lo que significa que no hay muerte ni temor.

(9:13) Su Amor, en cambio, es la Causa de todo lo que está más allá de todo temor [la creación y el Cielo] y es, por lo tanto, por siempre real y eternamente verdad.