Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XXI
¿Cómo se lleva a cabo la corrección? (M-18)

Continuamos con el comentario sobre la ira y los pensamientos mágicos. Leeremos dos secciones que abordan estos temas. La siguiente sección del manual que enseguida leeremos, «¿Cómo se realiza la corrección?» (M-18), aborda la tentación de querer corregir los errores o los pensamientos mágicos de los demás. Luego leeremos una sección paralela del texto llamada «La corrección del error» (T-9.III).

Al igual que con todo en el Curso, estas secciones hablan sobre el contenido y no sobre la forma. Jesús no está diciendo que, en el nivel de la forma, no debamos corregir los errores de otra persona. Está hablando de una actitud de juicio y condena, basada en la premisa de que la otra persona está equivocada. Y no simplemente lo está en el sentido de dar una respuesta incorrecta en un examen, por ejemplo, sino que la persona misma es un desacierto en virtud de su propia pecaminosidad. A eso se refiere. Entonces, no se trata de corregir errores en el nivel de la forma. Todo el propósito de Un curso de milagros es corregir nuestros errores. Por lo tanto, es obvio que Jesús no está diciendo que los errores no deban corregirse en ese nivel. Pero, a menos que realmente estuviéramos proyectando, ninguno de los que trabajamos con el Curso, creería que Jesús nos está atacando o condenando por cometer un error.

Si leemos las palabras de Jesús con detenimiento, abriendo la mente y el corazón, podemos sentir su apacible amor a través de todo lo que está diciendo, incluso cuando está haciendo declaraciones bastante contundentes sobre los diversos errores que ha cometido el mundo. Y aún más importante: cuando corrige dos mil años de enseñanzas cristianas y dice que los cristianos no han entendido lo que él enseñó, es evidente que está corrigiendo errores o fallas en el nivel de la forma. Pero no lo hace con intención de juzgar, atacar, condenar o separar.

Como en todas las cosas, el Curso dice que no debemos intentar corregir los errores de alguien sin que antes unifiquemos la mente con el Amor del Espíritu Santo. Si lo hacemos, independientemente de lo que digamos, al hablar solo estaremos expresando amor. Nuevamente, estas secciones no dicen que no debamos corregir los errores de las personas en el nivel de la forma.

(1:1) Hasta que el maestro de Dios haya dejado de confundir las interpretaciones con los hechos y las ilusiones con la verdad, no podrá tener lugar una corrección de naturaleza duradera, que es la única a la que se le puede llamar verdadera corrección.

La «corrección de naturaleza duradera» es corregir el único error o la única equivocación básica: es decir, que somos un ego y que la separación es real. Y este error se deshace o corrige simplemente demostrando que su premisa fundamental es falsa. Si la premisa fundamental es que estamos separados de Dios, la corrección o anulación de eso sería expresar y experimentar el Amor de Dios. Si estoy expresando el Amor de Dios, no puedo estar separado de Él. Si estoy experimentando el Amor de Dios, no puedo estar separado de Él. Esa es la corrección de naturaleza duradera, que es aquello a lo que esto se refiere.

Otra forma de decir «hasta que el maestro de Dios haya dejado de confundir las interpretaciones con los hechos y las ilusiones con la verdad» es que hayamos dejado de confundir la forma con el contenido. La forma puede ser que una persona diga algo insultante o que una persona tenga cáncer. Esos son hechos dentro de este mundo, esa es la forma. La interpretación sería que esto es algo terrible, que es una expresión de pecado y culpabilidad que se debería atacar y corregir. Esa es la interpretación. Como comentamos anteriormente, la interpretación básica por parte del ego es que todo se basa en la realidad de la victimización: lo que has hecho es un ataque personal contra mí o las personas con las que me identifico. O mi yo, como Hijo de Dios, ha sufrido un ataque o se ve mermado cuando estoy enfermo. Todas estas son interpretaciones.

(1:2) Si discute con su alumno acerca de un pensamiento mágico, ataca dicho pensamiento mágico, trata de probar que es erróneo o demostrar su falsedad, solo estará dando testimonio de su realidad.

Entonces, por ejemplo, me encuentro enseñando una clase de Un curso de milagros y acabo por discutir contigo porque no compartes mi punto de vista sobre el Curso. Estoy convirtiendo esa diferencia en algo real. Esto no quiere decir que yo tenga que estar de acuerdo con lo que estás diciendo. Pero cuando ubico en mi interior una actitud contenciosa, de querer demostrar que yo tengo razón y tú estás equivocado, entonces sé que mi ego se ha interpuesto. Todo lo que estoy haciendo en ese momento es revivir ese antiguo instante en que el ego creyó que estaba en guerra con Dios.

Estoy usurpando el papel de Dios, Quien es perfecto y conoce la verdad, y te estoy atacando a ti, a quien veo como un ego. Esto es cierto cada vez que nos metemos en una discusión o en un debate con alguien, o en una situación en la que es importante para nosotros que se demuestre que tenemos razón. Como hemos visto, esto siempre representa una preferencia de tener la razón en lugar de ser feliz. Ahora bien, no tengo que estar de acuerdo con lo que dices si creo que la forma de lo que estás diciendo es incorrecta. Pero estamos hablando de un sentimiento o una actitud subyacente en el que quiero tener razón, me interesa demostrarme a mí mismo, a ti y a cualquier otra persona que ande por ahí, que yo tengo razón y que tú estás equivocado. En ese momento, por supuesto, yo estoy equivocado porque estoy viendo la separación como algo real. Estoy confundiendo la forma con el contenido, las interpretaciones con los hechos, las ilusiones con la verdad.

Del mismo modo, si soy maestro de escuela, parte de mi trabajo obviamente es dar exámenes y corregir errores. Puedo hacerlo ya sea con espíritu de amor o espíritu de ataque. Si me encuentro tratando de demostrar que tu pensamiento mágico está mal, debo creer que lo que estás diciendo es real. De lo contrario, no estaría tratando de atacarte y callarte con mis refutaciones.

En el Curso, Jesús dice la verdad sin atacar a nada ni a nadie. Simplemente dice: «Esta es la verdad». El lector es libre de aceptarlo o no. Entonces, si estoy enseñando el Curso, quiero reflejar la misma actitud. Quiero presentar el Curso y su verdad tal como lo entiendo, pero sin ningún intento de imponer mis creencias a nadie más. Esa puede ser un aula de clase muy útil para reconocer cuándo mi ego está activado y estoy haciendo real la separación.

En otras palabras, quiero reconocer que tú y yo estamos unidos en el Amor de Dios y que esa es la única realidad. El hecho de que las formas que utilizamos sean diferentes no supone ninguna diferencia. Las formas son irrelevantes. Pero cuando discuto contigo y quiero demostrar que estás equivocado y que tengo razón, estoy otorgando realidad a las formas y estoy diciendo que estamos separados.

(1:3) Esto conduce inevitablemente a la depresión, pues habrá «probado», tanto a su alumno como a sí mismo, que la tarea de ambos es escapar de lo que es real.

Una vez que establecemos que el error es real, que el ego y el mundo y cualquier pensamiento en este mundo son reales e importantes, no hay forma de escapar. Y luego llega la depresión. Solamente podemos tener verdadera alegría y evitar el dolor y la depresión reconociendo que tenemos el poder de abandonar este mundo simplemente porque no es cierto. Pero si lo hago real, no puedo escapar de él.

(1:4-7) Y esto [es decir, escapar de lo que es real] es de todo punto imposible. La realidad es inmutable. Los pensamientos mágicos no son sino ilusiones. Pues, de no ser así, la salvación no sería más que el mismo sueño irrealizable de siempre, solo que con una nueva fachada.

Casi todos los sueños de salvación en la historia del mundo han sido el mismo intento de siempre por parte del ego de resolver un problema no resolviéndolo; es decir, primero haciendo el ego, el mundo y el pecado sean reales, y luego tratando de idear ingeniosas formas (teológicas, económicas, políticas, sociales, etc.) para escapar de él. Pero no puedo escapar de algo una vez que se ha vuelto real para mí. Solo puedo escapar dando un paso atrás y viéndome por encima del campo de batalla, o bajando del escenario y yéndome a sentar en el público con Jesús, y desde allí, voltear a ver el escenario y poder decir: «Esto es simplemente un sueño, y puedo despertar de un sueño». Eso le pone fin. Esa es la verdadera escapatoria. Pero no puedo escapar de algo una vez que he establecido que es real, porque en algún lugar dentro de mí siempre habrá un pensamiento persistente de que aquello me va a dar alcance.

(1:8-9) El sueño de la salvación, en cambio, tiene un nuevo contenido, y la diferencia entre ambos no estriba solo en la forma.

La salvación también es un sueño, pero como dice el Curso, es un sueño feliz (T-30.IV.7:1-2). Entonces no me limito a cambiar o a manipular las formas. Cambio el contenido. El contenido de los sueños de «salvación» del ego es que el pecado es real y hay formas mágicas de escapar de él. Ese es su contenido fundamental. El contenido del Espíritu Santo es que el pecado es irreal, y reconocer su irrealidad constituye la manera de escapar del pecado.

Pero cada vez que reaccionamos a algo en el mundo como si fuera real, importante, valioso o amenazante, hacemos que el error sea real; estamos haciendo realidad la magia y estamos olvidando que todo es un sueño. Entonces, luchar contra la enfermedad, por ejemplo, es una forma de hacerla realidad. Discutir contigo sobre la corrección de tu postura es otra forma de hacer que la diferencia entre nosotros sea real.

(2:1) La lección más importante que los maestros de Dios deben aprender es cómo reaccionar sin ira antes los pensamientos mágicos.

De hecho, incluso podríamos decir que es la única lección.

(2:2) Solo de esta manera pueden proclamar la verdad acerca de sí mismos.

Cuando Jesús habla de proclamar la verdad, no quiere decir que seamos oradores callejeros y la proclamemos a los cuatro vientos. Proclamar la verdad simplemente significa dejar que la verdad se extienda a través de nosotros. Nuestra voz no dice la verdad; la voz de Jesús la dice a través de nosotros. Nuestros cuerpos no demuestran ni dan la verdad; esta es dada a través de nosotros.

(2:3) El Espíritu Santo puede entonces hablar a través de ellos [los maestros de Dios] acerca de la realidad del Hijo de Dios…,

Nuevamente, nosotros no somos los que pronunciamos la verdad. La verdad no son los principios de Un curso de milagros. La verdad es el amor que fue la inspiración que dio lugar a Un curso de milagros. Ese mismo amor también ha inspirado a miles de otras espiritualidades. Ese amor es la verdad, y no se habla de eso. Una vez que hablamos de la verdad, deja de ser la verdad. Utilizo las enseñanzas de Un curso de milagros si ese es mi camino particular, pero las utilizo simplemente como un vehículo para permitir que el Amor y la verdad del Espíritu Santo se extiendan a través de mí. Entonces, cuando el Espíritu Santo habla acerca de «la realidad del Hijo de Dios», no habla con palabras; no con las palabras o las enseñanzas de Un curso de milagros.

Esto es cierto en cualquier camino espiritual. La verdad es el amor que inspiró las enseñanzas del camino espiritual. Si miramos la historia del mundo, con todos los conflictos tanto entre las religiones y espiritualidades como al interior de ellas, vemos la confusión de la forma con el contenido, uno de los más relevantes errores fundamentales del ego. La forma no cura ni salva, porque es una ilusión. Eso lo dice el Curso. También dice que el Curso opera dentro de un marco de referencia del ego (C-in.3:1). Tiene que hacerlo, de lo contrario no podríamos entenderlo. Pero las palabras no son lo que es santo. Los tres libros no son santos. El amor que los inspira es santo, y ese amor es abstracto. Ese mismo amor, esa presencia de Jesús, está dentro de todos. De modo que el mismo amor puede expresarse si estoy parado frente a un grupo leyéndoles de la guía telefónica. ¿Cuál es la diferencia? Solo es forma.

Entonces el Curso está en el mundo, pero no es del mundo. Nuevamente, viene dentro del marco de referencia del ego. Por lo tanto, entablar una discusión o un debate sobre su veracidad es no entender nada. Si es cierto para mí, eso es todo lo que tengo que saber. Si lo defiendo, estoy diciendo que el Curso es vulnerable, una forma maravillosa para que el ego restablezca su propia postura. La afirmación básica del ego es que Dios es vulnerable. Esa locura y arrogancia, que el ego tiene el poder de atacar a Dios, fue lo que echó a andar todo el asunto. Si creo que el Curso es la Palabra de Dios y que Su Amor lo inspiró, y también creo que puede ser atacado y tengo que defenderlo, estoy volviendo a hacer exactamente lo mismo. La verdad no necesita defensa. El amor no se opone a nada. «Decimos, "Dios es" y luego guardamos silencio» (L-pI.169.5:4) porque no hay nada más que decir.

(2:4) … y recordarle al mundo lo que es la impecabilidad: la única condición —inalterada e inalterable— de todo cuanto Dios creó.

Esto, por supuesto, es la creación del espíritu, que está en el Cielo. El recordatorio es simplemente mi demostración —mediante mi propia actitud de indefensión y paz— de que no soy pecaminoso. Si me pongo contencioso, a la defensiva, ansioso o me siento culpable, obviamente he de creer que soy pecaminoso. Todas estas otras características provienen de la creencia de que soy pecador y me he separado. Si soy pecaminoso, he de sentirme culpable. Entonces debo proyectar esa culpa sobre los demás y atacarlos. También he de creer que otros me van atacar a su vez, ya que la culpa exige castigo. Entonces me da miedo lo que me pueda pasar y, como resultado de ello, creo que tengo necesidad de protegerme. Todos los atributos del ego provienen de ese pensamiento básico o de esa premisa que soy pecaminoso.

El Espíritu Santo, a través mío, le recuerda al mundo la impecabilidad, no por mis acciones o mis palabras o mi comportamiento, sino simplemente por el amor expresado a través de mí cuando mi vida demuestra las características de un maestro de Dios. Mi papel es simplemente permitir que se despejen las interferencias de mi ego y elegir otra opción. Entonces el brillo del amor y la luz que ya está dentro de mí y de todos los demás simplemente resplandece. Es lo único que tenemos que hacer.

(2:5) El Espíritu Santo puede ahora proclamar la Palabra de Dios a oídos atentos y llevar la visión de Cristo a ojos que ven.

La «Palabra de Dios» nuevamente es en esencia la expresión del principio de Expiación: la separación nunca ha ocurrido. Aquellos que están abiertos y listos para aceptar tal verdad en esas palabras la escucharán. Si no la escuchan a través de mí, la escucharán a través de otra persona. No importa quién sea el maestro de Dios ni cuál sea el camino espiritual. Como dice anteriormente en el manual, cuando el maestro está listo para aprender, aparecen los alumnos (M-2.1).

La forma en que se entrega el mensaje no es importante. Estoy listo para asumir mi papel de maestro cuando, al menos por un instante, dejé que el brillo del amor y la luz resplandeciera desde mi interior. Y aquellos que han estado esperando esa expresión particular del amor y la luz vendrán. Pero para repetir, la forma no es lo que sana o salva; es el contenido.

(2:6) Ahora [el Espíritu Santo] es libre de enseñarles a todas las mentes lo que ellas en verdad son para que gustosamente le sean devueltas a Él.

El Amor del Espíritu Santo no es libre de extenderse a través de nosotros mientras creamos que somos pecaminosos y culpables, mientras estemos enojados y escuchemos al ego en lugar del Espíritu Santo. No es que el Espíritu Santo esté aprisionado, sino que la extensión de Su Amor se ve obstruida por la barrera de nuestra ira y culpabilidad. Nuestra labor consiste simplemente en poner fin al aprisionamiento de este Amor despejando los obstáculos que le impiden extenderse y fluir libremente a través de nosotros. Menciono esto repetidas veces, tal como lo hace el Curso mismo, porque es absolutamente esencial que comprendamos que no tenemos que hacer nada. Simplemente participamos en el proceso de deshacer las barreras que hemos colocado entre nosotros y el Espíritu Santo.

(2:7) Y ahora en Su visión y en la Palabra de Dios, la culpa se perdona y se pasa por alto completamente.

La culpabilidad fue perdonada en el instante en que surgió, porque en ese mismo instante el recuerdo de Dios lo deshizo en la mente del Hijo. Su luz disolvió totalmente los sombríos pensamientos de pecado y culpabilidad. El problema es que borramos la Voz del Espíritu Santo. Entonces, la culpabilidad o el pecado se perdonan simplemente despejando los obstáculos que interfieren con el perdón que ya ha ocurrido en nuestras mentes. El Curso enfatiza continuamente que el perdón no hace nada; deshace. El perdón ya es perfecto en nosotros; ya se llevó a cabo. El único problema es que lo hemos borrado de la conciencia. Así pues, la culpabilidad se perdona cuando simplemente quitamos las interferencias o los velos que nos han mantenido separados de ese perdón.