Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XXII
¿Cómo se lleva a cabo la corrección? (M-18) (conclusión)

(3:1) La ira no hace más que proferir a gritos: «¡La culpa es real!».

Cuando estoy enojado contigo, digo: «Tú eres el culpable, yo no». Pero no podría acusarte si, en otro nivel, no me hubiera acusado primero a mí mismo. Entonces, cuando te ataco y me enojo contigo, no solo digo que tu culpa es real, sino que también la mía, aunque de eso no tengo conciencia. Esto se vuelve más claro si puedo entender que cuando me enojo contigo, debo creer que tú y yo estamos separados. De lo contrario, no podría enojarme contigo. Y si creo que estamos separados, estoy diciendo que la separación es real, el pecado es real y, por lo tanto, debo sentirme culpable por lo que he hecho.

(3:2) La realidad queda obliterada cuando esta creencia demente reemplaza a la Palabra de Dios.

La «Palabra de Dios» aquí representa el principio de que la separación nunca ocurrió. Esa es la realidad y la verdad. Queda obliterada cuando te ataco porque, de nuevo, estoy diciendo que tú y yo estamos separados.

(3:3-4) Ahora son los ojos del cuerpo los que «ven» y sus oídos los únicos que pueden «oír». El limitado espacio que ocupa y su exiguo aliento se convierten en el criterio con el que medir la realidad.

Una vez que hago realidad el pecado y la culpa, y digo que tú y yo estamos separados, estoy haciendo que el cuerpo sea real. He olvidado por completo que el problema es la culpabilidad dentro de mi propia mente, y que no tiene nada que ver contigo. En ese momento, mi mente identificada con el ego le da a mi cuerpo la instrucción: «Busca el pecado, hazlo real y luego ataca». Entonces mis ojos ven que has hecho algo terrible, y mis oídos oyen las cosas terribles que has dicho. Mi interpretación es que eres pecaminoso y culpable y mereces ser castigado. La implicación es que yo estoy libre y soy inocente.

Pero lo veo así porque primero tomé la decisión en mi mente de que eso es lo que quiero ver. Entonces eso es exactamente lo que mis ojos ven. Pero si cambio de decisión en la mente para tener de Maestro al Espíritu Santo en lugar del ego, mis ojos ven y mis oídos oyen algo totalmente diferente. Veo lo que has hecho como una expresión de amor o una petición de amor. Y sé que la realidad es que tú y yo somos uno en Cristo.

(3:5) Y la verdad se vuelve diminuta e insignificante.

Cuando escuchamos al ego, la verdad del Amor de Dios no significa nada. El ego tapa totalmente el Amor de Dios, y este se convierte en una amenaza. La inmensidad y la eternidad del Cielo se intercambian por este «limitado espacio que ocupa y su exiguo aliento», es decir, el cuerpo y el mundo, que decimos que es la realidad. Y se convierte en realidad porque he elegido negar la verdadera realidad, que ahora temo. Así, he desechado la grandeza del Cielo, como diría el Curso, por la grandiosidad del ego (T-9.VIII), o la magnitud de Cristo por la pequeñez del ego (T-15.III). Aunque no soy consciente de ello, he elegido deliberadamente no valorar quién soy realmente o Quién es Dios. En su lugar, he elegido los míseros regalos del ego.

(3:6) La corrección tiene una sola respuesta para todo esto y para el mundo en el que se basa:

Lo que sigue es la corrección, la única corrección que funciona. Básicamente es el mensaje que el Espíritu Santo nos da cuando nos vemos tentados de hacer que el error o la magia sean reales.

(3:7-8) Confundes tus interpretaciones con la verdad, y te equivocas.

Jesús no nos está criticando aquí. Simplemente nos dice que lo que creemos no es la verdad. Luego deja a nuestro criterio aceptar o no aceptar su corrección.

(3:9) Mas un error no es un pecado ni tus errores han derrocado a la realidad de su trono.

El ego nos dice que hemos robado el trono del Cielo, nos hemos establecido en él y que lo que hicimos fue pecaminoso. Jesús dice que no es pecaminoso; solamente fue un error, un pensamiento tonto; y nunca sucedió.

(3:10) Dios reina para siempre, y solo Sus leyes imperan sobre ti y sobre el mundo.

Sus leyes de Amor prevalecen sobre el mundo a través del Espíritu Santo y Su plan de perdón.

(3:11-12) Su Amor sigue siendo lo único que existe. El miedo es ilusión, pues tú eres como Dios.

Esto, por supuesto, es exactamente lo contrario de lo que dice el sistema de pensamiento del ego. El ego nos dice que Dios ya no reina; el ego reina y sus leyes son las que se aplican, y que el Amor de Dios se ha convertido en una venganza, a la que ahora debemos temer. Estamos eligiendo negar Su Amor cada vez que hacemos que el error sea real, cada vez que nos molestamos por algo, ya sea una mínima punzada de irritación o un enfurecimiento intenso. El único problema en todo el mundo, sea cual sea su aspecto o su forma, es que hemos optado por negar la verdad. Por lo tanto, nuestro papel, como maestro de Dios, es simplemente recordar la verdad. Eso es todo. Si realmente la recordamos, nada en el mundo nos puede molestar, absolutamente nada. La verdad se expresará automáticamente a través de nosotros.

Entonces, si estoy molesto por algo en el mundo, como los pensamientos mágicos de alguien, significa que he elegido, en otro nivel, negar la verdad porque ya no la valoro. Y estoy diciendo que mi ansiedad, mi disgusto y mi culpa son mucho más valiosos para mí que el Amor de Dios.

(4:1) Para que el maestro de Dios pueda curar, es esencial, pues, que permita que sus propios errores le sean corregidos.

Para ser un sanador, para ser un maestro de Dios avanzado, simplemente debo dejar que se corrija mi propio sistema de pensamiento del ego, eso es todo lo que tengo que hacer. No corrijo tus errores.

Permítanme leer algo relevante del folleto de «Psicoterapia». La pregunta que aborda esta sección es cómo logramos el objetivo final de la psicoterapia, que es el perdón. Y la plantea así: «¿Cómo se alcanza?» (P-2.VI.6:2); es decir, ¿cómo alcanza el terapeuta este objetivo final?, ¿cómo puede resultar exitosa la terapia? Y la respuesta es: «El terapeuta ve en el paciente todo aquello que él no se ha perdonado a sí mismo, y de esta manera se le da otra oportunidad de verlo, reevaluarlo y perdonarlo» (P-2.VI.6:3). Esta es una respuesta increíble si nos detenemos a pensar en ella. La respuesta a la pregunta ¿cómo logra la psicoterapia su objetivo? no dice nada en absoluto sobre el paciente. Dice: «El terapeuta ve en el paciente todo aquello que él no se ha perdonado a sí mismo, y de esta manera se le da otra oportunidad de mirarlo, reevaluarlo y perdonarlo». Esto no tiene nada que ver con la técnica, la genialidad o la sabiduría del terapeuta. Simplemente tiene que ver con la sanación de la mente del terapeuta. Así funciona la terapia y esa es la sanación. Solo es necesario que el terapeuta entregue cualquier inquietud, ansiedad, miedo, culpa, etc. al Espíritu Santo. A medida que se despejan estos pensamientos, el Amor del Espíritu Santo puede fluir de forma automática, y el terapeuta hará lo que sea más útil y amoroso. Pero la curación no proviene de lo que dice o hace el terapeuta. La sanación se produce cuando la mente del terapeuta se une con la del paciente. Y esto no puede suceder mientras el terapeuta se aferre a pensamientos de miedo, culpa, juicio, etc.

La línea de esta sección en el manual, que acabamos de leer dice exactamente lo mismo: «Para que el maestro de Dios pueda curar, es esencial, pues, que permita que sus propios errores le sean corregidos». La curación no es una técnica; y la psicoterapia, menos. No importa lo que yo diga o haga. Puedo sentarme con un paciente o alguien que está en un apuro y leer la guía telefónica. La forma específica es irrelevante.

Hay una historia maravillosa sobre Beethoven. El esposo de una buena amiga suya había muerto. Y entonces fue a visitarla para ofrecerle sus condolencias. Cuando entró en su casa, le dijo: «Esta noche conversaremos con tonadas». Y se sentó al piano, tocó durante dos horas y media, y luego se marchó, sin haber pronunciado otra palabra. Y la mujer se sintió muy consolada por eso. Él se unió a ella de la manera en que podía unirse, a través de su música: la forma fue irrelevante.

Se podría haber sentado a tocar el piano como lo hizo, o a leerle la Biblia, o a realizar una imposición de manos. Hubiera dado igual. En ese momento, quería ser de ayuda y unirse a su amiga. Y así, en cierto sentido, entregó su cuerpo al amor de Jesús o del Espíritu Santo, para que el amor pudiera filtrarse a través de su cuerpo que, obviamente, era el cuerpo de un compositor y pianista. El amor se expresó, pues, de esa manera. La forma no es importante; lo único importante es el contenido.

Para ser un sanador, para ser un maestro de Dios avanzado, simplemente le entregamos a Jesús todas las interferencias que hemos colocado entre nosotros y su amor, para que llegue a filtrarse el amor de él, en lugar de nuestro amor especial. El enfoque no tiene absolutamente nada que ver con algo fuera de nosotros porque no hay nada fuera de nosotros. Así que, si me inquieta qué debo hacer para solucionar un problema en el mundo, he caído en mi propia trampa.

El problema, en ese momento, no es qué debería hacer para ayudar a alguien más, sino qué debo hacer para permitir que se sane mi propia mente. Debo reconocer que, si estoy viendo el error fuera de mí mismo y he hecho realidad la magia, es porque me interesa reforzar y perpetuar el sistema de pensamiento del ego en lugar de aceptar el del Espíritu Santo. Ese es el problema. Elegí desechar el amor de Jesús y sustituirlo con el «amor» de mi ego, que siempre implica ayudar a otras personas para que me sienta mejor.

Entonces, me uno a otra mente simplemente trayendo mi mente al Amor del Espíritu Santo o de Jesús en mi interior. Eso es todo lo que hago. Y lo hago al tomar conciencia de cualquiera de mis pensamientos que me mantendrían separado de esa Mente y de ese Amor. En otras palabras, eso es lo único que hago; básicamente de eso se trata todo el Curso: me vuelvo cada vez más sensible a las interferencias de mi propio sistema de pensamiento, de mi propia mente, que siempre son pensamientos de que la magia es real, de que el mundo es real, de que el dolor o el sufrimiento son reales y de que se justifica el enojo. Todos estos pensamientos no son más que formas distintas de separación. Es crucial para el proceso tomar conciencia de que cualquier pensamiento de enojo, preocupación, ansiedad, culpa o depresión que yo tenga, cualquier pensamiento de que alguien sufre dolor a nivel del cuerpo y del mundo, proviene de una elección previa que he hecho para mantener alejados de mí la verdad y el Amor de Dios. Si me altero por lo que te está sucediendo, no estoy en un espacio amoroso. Estoy en un espacio de «amor» del ego, pero no estoy en un espacio de amor genuino porque he hecho que la separación y el pecado sean reales.

Jesús nos dice, una y otra vez, que nos percatemos de la importancia que damos a procurar que el error sea real y a mantener separado de nosotros el Amor de Dios. Quiero aprender a reconocer que, si me preocupas, si siento lástima por ti, si quiero poner fin a tu dolor, eso no es amor. Parece ser amor, pero no lo es, porque proviene de mí, de mi interpretación y no de la del Espíritu Santo. Así que quiero apartarme de lo que estoy viendo en el mundo y decir: «Realmente quiero unirme al amor que está dentro de mí, pero que no es de mí». A partir de ese momento, el amor se expresará a través de mí y luego haré o diré lo que sea más útil, trátese de tocar música de piano durante dos horas y media, de realizar una imposición de manos, de ponerme a rezar o de lo que sea.

De nuevo:

(4:1) Para que el maestro de Dios pueda curar, es esencial, pues, que permita que sus propios errores le sean corregidos.

El enfoque nunca está en lo que está afuera; siempre está en lo que está dentro de mí.

(4:2) Si siente la más leve irritación al responder a otro, que se dé cuenta de inmediato que ha hecho una interpretación falsa.

Se nos está pidiendo que vigilemos nuestras mentes con mucho cuidado, que estemos atentos a los pensamientos de nuestro ego. La responsabilidad siempre recae en nuestras mentes. Nunca puedo culpar a nadie. La tercera lección del Espíritu Santo es: «Mantente alerta solo en favor de Dios y de Su Reino» (T-6.V-C). Obviamente no tenemos que mantenernos alerta por Dios. Mantente alerta en favor de Dios significa estar atentos a las defensas de nuestro propio ego contra Él.

El desafío es tomar cada vez más conciencia incluso de la más leve irritación sin sentirnos culpables. A nuestro ego le gustaría que practicáramos el Curso y lo utilizáramos para un propósito invertido: para tomar cada vez más conciencia de la fealdad del ego y luego fustigarnos. Obviamente, eso se contrapone al propósito del Curso, que es deshacer la culpabilidad mediante el perdón.

Queremos poder hacer esto gradualmente y volvernos cada vez más conscientes de los pensamientos asesinos que yacen dentro de todos nosotros, a medida que aprendemos a sonreírles y decir: «Bueno, por supuesto, ¿eso qué tiene de nuevo? ¿Por qué estaría en este mundo si no fuera yo un asesino? Este mundo representa el asesinato de Dios. Entonces, por supuesto, no es ninguna novedad». Esto nos permite ser cada vez más objetivos en cuanto al ego en nosotros mismos.

Una imagen que puede resultar útil es la de estar sentado con Jesús en un público, mientras miro a mi ego en acción, y sonreír. Significa que una parte de mi mente está con Jesús, observando a mi ego expresar lo suyo, y juntos estamos diciendo: «Qué tonto, ¿verdad?». Eso es lo que significa recordar reírnos del ego; no nos lo tomamos en serio. Todo en este mundo es el resultado de tomar al ego en serio, y todo en el mundo se vuelve de gravedad para nosotros. Cada vez que tomo algo en serio en el mundo, tan pronto como pueda, quiero dirigirme a mi mente y darme cuenta de que he hecho una interpretación que no es verdad. La interpretación es que estás haciendo algo que tiene efectos terribles en mí, en mis seres queridos, en el planeta, en Dios, etc. Por lo tanto, quiero darme cuenta de que no tiene ningún efecto en absoluto. La realidad del Hijo de Dios no se ve obstaculizada y no cambia por ningún pensamiento del ego.

(4:3) Que se dirija entonces a su eterno Guía interno y deje que sea Él Quien juzgue cuál debe ser su respuesta.

Un pasaje al final del capítulo 27 en el texto habla de que somos nosotros quienes juzgamos los efectos (T-27.VIII.8:4). Juzgamos todas las cosas que suceden en el mundo. Juzgamos que son horrorosas y terribles, que necesitan cambiarse, deshacerse o castigarse, o bien juzgamos que son cosas maravillosas que ojalá sucedan. Nosotros somos los que juzgamos los efectos. El Espíritu Santo en contraste juzga su causa. Y la causa de todos los efectos en el mundo es la «diminuta idea loca» de separarnos de Dios. El juicio que el Espíritu Santo emite en relación con esa causa es que es una tontería. Es una tontería creer que el ego tiene el poder de atacar a Dios y dejar el Cielo hecho añicos. Cuando juzgamos la causa —el ego— como pecaminoso, culpable y merecedor de que lo tomemos muy en serio, eso lleva a la necesidad de una defensa contra él.

Eso es el mundo. Todos los terribles efectos en el mundo vienen porque hemos olvidado su causa. Entonces, como explica este pasaje, el Espíritu Santo no juzga los efectos. Él no mira hacia los efectos, no les presta atención. Ni siquiera los ve. El Espíritu Santo no está involucrado en nada del mundo. Él mira la causa, que está en nuestras mentes y dice: «Esto es una tontería». Y a medida que podamos identificarnos con su interpretación de la causa, también nosotros contemplaremos todo en el mundo y no lo tomaremos en serio. Eso nos permite ser verdaderos instrumentos de amor y compasión hacia los demás en el mundo, porque nuestro ego no está involucrado. Ahora está involucrado el Amor de Dios. En ese momento no soy yo el que elige cuál es la respuesta amorosa o sanadora. La elección se hace a través mío.

(4:4) De este modo, el maestro de Dios se cura y en su curación su alumno se cura con él. 

Se refiere a que el maestro de Dios ha tomado conciencia incluso del más leve indicio de irritación, enojo, rabia, lástima, miedo, etc. Como explica el Curso, se necesitan dos para dar lugar a una enfermedad, pero uno solo para sanar (T-28.III.2). Se necesitan dos para fabricar una enfermedad porque ambos deben estar de acuerdo en que están separados. Solo se necesita uno para sanar, porque si no estoy de acuerdo en que tú y yo estamos separados, no lo estamos. Del mismo modo, se necesitan dos para librar una guerra. Si una de las dos partes no pelea, no hay guerra. La enfermedad también es una guerra, una guerra fabricada por el ego contra Dios. Si nos unimos en cuanto a eso, tú que crees estar enfermo, y yo que me siento responsable o reacciono al respecto, la enfermedad se vuelve real. El campo de batalla se vuelve real. Si uno de nosotros cambia de mentalidad —en eso consiste la sanación—, no hay campo de batalla ni enfermedad. El Curso no define la enfermedad por los síntomas físicos. La enfermedad se define en la mente por el pensamiento de estar separado.

Esta es una expresión micro cósmica de la sanación suprema del Espíritu Santo. El pensamiento de separación es que el ego y Dios ahora están separados. El Hijo de Dios ahora está separado de su Padre. Pero la presencia del Espíritu Santo en la mente del Hijo es testigo del hecho de que el Hijo no está separado del Padre. Si el Espíritu Santo es el recuerdo del Amor de Dios que se encuentra dentro de la mente, entonces la mente del Hijo no se ha separado de ese recuerdo y, por lo tanto, no se ha separado del Amor de Dios.

Por eso el Curso dice que la separación se sanó en el instante en que pareció ocurrir (T-26.V.3-5; T-28.III.5:2-4). La presencia del amor en la mente del Hijo significa que él no está separado del amor. Todavía es libre de elegir creer que está separado y enfermo. Pero la realidad es que ya está curado. Y todo lo que ha sucedido desde entonces (el pensamiento de separación, la evolución del sistema de pensamiento del ego y la fabricación del mundo) se ha convertido en un recurso para ocultar o mantener velada la sanación que ya ha ocurrido.

Cada vez que elegimos ser sanados y no hacer que el error sea real, estamos reflejando y convirtiéndonos en una manifestación del principio de Expiación del Espíritu Santo en nuestras mentes. Así es como funciona la sanación. Entonces, si la decisión en mi mente cambia con respecto a ti, no otorgo realidad a tu pensamiento mágico. No me enojo contigo, no te ataco ni siento lástima por ti. Reconozco que nuestras mentes están verdaderamente unidas en el Amor de Dios. Sé que no solo yo estoy sanado, sino que tú también lo estás, aunque es posible que aún no elijas aceptar la sanación.

(4:5) La única responsabilidad del maestro de Dios es aceptar la Expiación para sí mismo.

Esa es una forma maravillosa de resumir la intención de todo el Curso. Nuestra responsabilidad no es curar a ningún otro. No es alimentar a los hambrientos ni vestir a los desnudos, ni visitar a los encarcelados, ni curar a los enfermos, ni resucitar a los muertos, ni traer como secuela la paz mundial, ni salvar a las ballenas, a los árboles o al planeta. No es ninguna de esas cosas. Nuestra única responsabilidad es aceptar la verdad del Espíritu Santo dentro de nosotros mismos. Eso es la aceptación de la Expiación. Nada más. Ese es el contenido.

(4:6) La Expiación es sencillamente la corrección o anulación de los errores.

Esa es una definición muy clara de la Expiación, los deshace o los corrige. No es nada positivo. Simplemente deshace o niega la negación de la verdad por parte del ego.

(4:7) Cuando se haya alcanzado, el maestro de Dios se habrá convertido, por definición, en un obrador de milagros.

Cuando se han sanado los errores en mi mente, ya no creo en el sistema de pensamiento del ego. Y debido a que el obrador de milagros se define como alguien que acepta la Expiación para sí mismo, si yo acepto la Expiación para mí mismo, soy un obrador de milagros. Ese silogismo es un ejemplo de la lógica del Curso.

(4:8) Sus pecados le habrán sido perdonados y él ya no se condenará a sí mismo.

He aceptado el perdón de mis pecados, que siempre ha estado allí esperándome. No es algo que sucede como resultado de lo que estoy haciendo. El perdón de mis pecados siempre está ahí y yo deshago los obstáculos que me impiden aceptar o tener conciencia del perdón. Así que ya no me estoy juzgando como si hubiera hecho algo pecaminoso. Y si no me juzgo ni me condeno, tampoco puedo condenar a nadie más, como dice la siguiente línea:

(4:9-10) ¿Cómo podría entonces condenar a persona alguna? ¿Y habría alguien al que su perdón no pudiese curar?

La curación no tiene nada que ver con nada externo. Una vez que he aceptado dentro de mi mente el perdón del Espíritu Santo, solo están ahí el amor y la luz. Y como todas nuestras mentes están unidas, ese amor y esa luz se extienden a todas las mentes. Nadie puede dejar de ser afectado por el amor dentro de mí.

Como mencioné anteriormente, Jesús nos dice en el Curso que resucitamos con él (C-6.5:5). Cuando despertó del sueño de la muerte, todos estábamos con él porque las mentes están unidas. Entonces, así como él se convirtió en la manifestación del Espíritu Santo, podemos convertirnos en su manifestación, ejemplificando su vida y su amor en nosotros, y eso es la sanación. No tiene nada que ver con lo que se percibe fuera.

Siempre existe el peligro de que, al estar en presencia de alguien que se ha convertido en una manifestación de Jesús o del Espíritu Santo, nos sintamos bien por las razones equivocadas. Puede convertirse en algo mágico si percibo que tienes una santidad que yo no tengo. Sin embargo, si me siento en tu presencia, recibiré de ti esa santidad, que cubrirá mágicamente todos mis pecados. La verdadera sanación en presencia de una persona santa llega cuando acepto que el amor que siento en esta persona también está dentro de mí. Siendo así, sé que mis pecados han sido perdonados. Esa es la verdadera sanación y la verdadera dicha. Por lo tanto, la persona santa no puede mirar dentro de mi mente y despejar las barreras que me impiden tener conciencia de la presencia del amor. Para usar el ejemplo que hemos estado comentando, digamos que estoy enfermo en el hospital y que vienes a verme. No tienes ego y no haces realidad mi enfermedad. Has aceptado tu santidad. Pero solo puedo experimentar esa sanación cuando acepto, no que hayas hecho algo por mí, sino que la luz en ambas mentes ha iluminado el amor dentro de la mía y ha dispersado todas las tinieblas. En ese momento, mi dicha es real y he aceptado esa sanación.