Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XXIII
La corrección del error (T-9.III)

Pasemos ahora al texto y veamos la sección «La corrección del error» (T-9.III), que básicamente aborda el mismo asunto que hemos estado viendo en el manual.

(1:1) La vigilancia que el ego ejerce en relación con los errores de otros egos no es la clase de vigilancia que el Espíritu Santo quiere que mantengas.

Obviamente, esto no es lo que solemos creer. Permítanme comentar sobre este tipo de vigilancia. Mi miedo básico es que yo soy quien cometió el error, soy el que se ha equivocado. Mi ego me dice que yo soy el pecador porque me separé de Dios. Luego me dice que ese pensamiento de responsabilidad es abrumador, y si realmente me conecto con ese pensamiento, me conectaré con el horror de mi culpabilidad y mi terror al castigo de Dios. Por lo tanto, quiero negar que soy responsable. Y me aseguro de nunca conectar con esa parte de mi mente que es responsable de la separación, proyectándola y diciendo que el responsable es algún otro. Mi ego siempre debe estar muy atento para sacar partido de los errores de otra persona, para que pueda decir: «¡Ah, he aquí al culpable!».

Básicamente, este pasaje habla de lo intensamente atentos que estamos todos para buscar errores o defectos en otros, para encontrar en qué se equivocan los demás. Y en el momento en que encontramos a alguien que ha hecho algo mal, lo aprovechamos y volvemos corriendo al Espíritu Santo en nuestras mentes y decimos: «Ves, te dije que soy inocente. Este es el culpable».

Es útil vigilar a nuestras propias mentes para reconocer lo atentos que estamos para detectar los errores de otros, las faltas de otros. Y es muy fácil encontrar defectos. En un mundo de miles de millones de personas, generalmente no tenemos que alejarnos mucho de donde vivimos o trabajamos para encontrar personas que se han equivocado. Todos cometemos errores. Queremos tomar conciencia de la parte de nuestras mentes que quiere que otros cometan errores, para que podamos arrebatarles el pecado, sostenerlo frente al Espíritu Santo y decir: «Ves, yo no soy pecaminoso; esta persona es el pecador».

Esto no quiere decir que las personas no cometan errores. Obviamente, todo el mundo comete errores. Pero tenemos que estar atentos a la parte de nosotros que quiere que las personas cometan errores y está pendiente de encontrarlos, para que podamos atacarlos. No es que encontremos un error, reconozcamos que es una petición de amor y luego permitamos que el amor se extienda a través nuestro. Más bien queremos encontrar un error, pescarlo al vuelo y calificarlo de pecado. De eso es de lo que está hablando.

(1:2-3) Los egos critican basándose en el tipo de «lógica» de que son partidarios. Entienden este tipo de lógica, porque para ellos tiene sentido.

Este es uno de los insufribles juegos de palabras [en inglés] que encontrarán a lo largo del libro. Entonces Jesús lo empeora.

(1:4) Para el Espíritu Santo, no obstante, no tiene ninguno.

El sentido del ego, en cuanto a lo que percibe, es ser híper sensible a los errores o pecados de los demás. Tiene buen sentido para el ego que haya errores o pecados a mi alrededor, pero no dentro de mí. Para el Espíritu Santo, sin embargo, «no tiene ningún sentido» porque el Espíritu Santo no ve los pecados. Él ve errores, pero para Él todos los errores son el mismo error. Y su punto de vista es simplemente que cada error es una petición de amor y de Su corrección. Entonces el ego intuye que los errores lo rodean por todos lados. Y para el ego tiene buen sentido porque todo el sistema de pensamiento del ego es un error, excepto que trata de trasladarle la responsabilidad del error a alguna otra persona.

(2:1) Para el ego lo caritativo, lo correcto y lo apropiado es señalarles a otros los errores y «corregirlos». 

Por supuesto, el ego intenta hacer esto en nombre del amor, la honestidad y el deseo de ayudar. Pero en realidad, solo trata de decir: «Estoy en lo cierto y tú estás equivocado». Por supuesto, siempre nos gusta encontrar aliados que coinciden con nosotros. Así que no solo vuelvo corriendo al Espíritu Santo y digo: «¡Mira la estupidez que hizo esta persona!», sino que digo: «Hay cien, mil o un millón de personas que están de acuerdo conmigo». Recuerden, el ego siempre mide las cosas en términos cuantitativos.

(2:2) Esto tiene perfecto sentido para él porque no tiene idea de lo que son los errores ni de lo que es la corrección.

El ego no ve errores; ve pecados. Y los pecados no son para corregirse ni perdonarse ni deshacerse, sino para castigarse.

(2:3) Los errores pertenecen al ámbito del ego, y la corrección de los mismos estriba en el rechazo del ego.

El ego es un error, una equivocación básica. La verdadera forma de corregir los errores es renunciar al ego y no establecerlo como real. En otras palabras, cuando nosotros corregimos los errores, son nuestros egos los que lo están haciendo. El ego establece el error como real y pecaminoso; luego dice: «Vamos a corregir el problema así: castigaremos a la gente malvada».

(2:4) Cuando corriges a un hermano le estás diciendo que está equivocado.

Esto implica que estamos corrigiendo a un hermano por nuestra cuenta.

(2:5-7) Puede que en ese momento lo que esté diciendo no tenga sentido, y es indudable que si está hablando desde su ego no lo tiene. Tu tarea, sin embargo, sigue siendo decirle que tiene razón. No tienes que decírselo verbalmente si está diciendo tonterías.

Si tú dices que dos y dos son cinco, no digo: «Sí, dos y dos son cinco». Esto está hablando del contenido, no de la forma. Jesús no dice que la gente no comete errores. Y no está diciendo que yo deba decirte que tienes razón cuando te has equivocado. Podrá haber ocasiones en que lo hagamos, pero Jesús no está diciendo que yo deba coincidir forzosamente contigo en el nivel de la forma. Por eso nos indica que no se lo dices verbalmente si está diciendo tonterías.

(2:8) Necesita corrección en otro nivel porque su error se encuentra en otro nivel.

El otro nivel del que habla Jesús es el nivel del contenido, no de la forma. El nivel en el que estás equivocado es el mismo nivel en el que todos estamos equivocados: el nivel de creer en el ego en lugar del Espíritu Santo, al creer que la separación de Dios es real.

(2:9-10) Sigue teniendo razón porque es un Hijo de Dios. Su ego, por otra parte, está siempre equivocado, no importa lo que diga o lo que haga.

Queremos corregir el error en el nivel del contenido. Quiero decirte que tienes razón porque eres un Hijo de Dios. El ego dice que estás equivocado porque cometiste traición contra el hecho de que eres un Hijo de Dios, y ahora eres un hijo del ego. Ese es el error que queremos sanar. Como decíamos, el error básico que todos compartimos es la creencia de que la separación es real. Entonces corrijo el error en el nivel del contenido uniéndome a ti. Y en esa unión, en ese amor, en esa indefensión, te enseño que tienes razón.

Cometiste un error al elegir la voz del ego, pero tienes razón porque el Amor de Dios está presente dentro de ti. Y así, el amor con el que corrijo tu error, en el nivel de la forma, te está diciendo que el amor dentro de mí se está extendiendo por mi mente. Y como nuestras mentes están unidas, el amor también está dentro de ti. Y así me convierto en un recordatorio de la verdad, la corrección y el amor que está también dentro de ti.

Y esto no tiene absolutamente nada que ver con la forma. Entonces te digo: «No, dos y dos no son cinco; dos y dos son cuatro». Y puedo decirlo sin odio ni condena, puedo hacerlo con amor. Incluso puedo hacerlo con firmeza. Las palabras no tienen importancia. La falta de ataque es lo importante.

Esto también significa que, si te digo: «No, dos y dos son cuatro», y dices: «No, dos y dos son cinco», no siento que tenga que volver a corregirte. No tengo que meterte la idea a porrazos. Si digo: «No, dos y dos son cuatro», e insistes en que dos y dos sean cinco, para ti dos y dos son cinco. ¿Qué más da? No tiene ningún efecto sobre la Filiación o el Reino. Si me resulta importante convencerte de que dos y dos son cuatro, como hemos visto, ese es mi problema. Creo que la forma es lo que importa.

(3:1) Si le señalas a tu hermano los errores de su ego, tienes forzosamente que estar viendo a través del tuyo porque el Espíritu Santo no percibe sus errores.

Nuevamente, esto no está hablando de la forma. Se refiere a la parte de mí que quiere señalar tus errores, que quiere que estés equivocado para que yo pueda estar en lo cierto. Muy a menudo nos encontramos en situaciones, ya sea en el trabajo o con la familia o con amigos, en las que nos parece muy importante que se acepte lo que decimos, porque sabemos cómo debería hacerse algo. Independientemente de lo que sea, creemos que sabemos lo que conviene. Pero luego insisto en que hagas lo que te digo, y me molesto si no lo haces. Entonces hablo de ti a tus espaldas o conspiro contra ti. Hago todo lo posible para asegurarme de que la situación se maneje correctamente. Y todo esto está en el nivel de la forma, lo que, por supuesto, indica que estoy tan demente como todos los que están involucrados en la situación. Y puede que yo tenga razón según las reglas del mundo, pero estoy equivocado si me importa.

Si me afecta que algo se haga bien o a la perfección, estoy tan loco y equivocado como el que, en mi opinión, se ha equivocado, porque estoy juzgando basándome en la forma. Y he olvidado lo que es realmente importante. Lo que es verdaderamente importante no es la tarea que se ha de hacer: la casa que se ha de construir, la receta de cocina que se ha de seguir, los planes para viajar; sea lo que sea, si creo tener razón al respecto. Aquello no es lo importante. No afecta a la eternidad.

Lo importante es que yo no considere que la separación es algo real. Eso significa que siempre tengo que prestar atención al contenido y no a la forma, aunque yo tenga razón en el nivel de la forma. Nuevamente, esto no significa que yo no diga lo que me parezca correcto, pero lo digo sin importarme el resultado, sin importarme que otras personas estén de acuerdo conmigo. Simplemente digo lo que siento y lo que es coherente con el papel que desempeño, pero sin importarme tener la razón y demostrar que tú no la tienes. Entonces, en contraste, señalando los errores del ego de mi hermano, no solo me importa que el proyecto se complete de forma apropiada, sino más bien probar que estoy en lo cierto y que tú estás equivocado. Ultimadamente quiero demostrar que estoy en lo cierto y que Dios no lo está. Solo estoy usando la situación específica como un medio para demostrarlo. Por eso estoy equivocado.

Entonces he de estar viendo tus errores a través de los míos porque el Espíritu Santo no percibe tus errores. Él ve los errores o las equivocaciones como un frágil velo que es un intento de ocultar la luz, pero Él todavía la ve. Como antes dijimos, el Espíritu Santo no mira hacia los efectos ni los juzga. Mira hacia la causa y eso es lo que Él juzga. Y la causa es la idea de estar separados, lo cual Él califica de una simple tontería.

Por lo tanto, quiero aliarme con ese juicio apacible y no intentar demostrar que estoy en lo correcto y que tú estás equivocado. Es muy fácil encontrar los errores de las personas. Eso no es difícil. Es más difícil darse cuenta de que todos tienen razón como Hijo de Dios y que los errores y las equivocaciones son inconsecuentes. Eso solo puede suceder si reconozco lo que es realmente importante y no lo desecho. Si algo me molesta en el mundo e insisto en que yo esté en lo cierto y eso se vuelve importante para mí, es porque no valoro la verdad. La verdad es que todos están equivocados en este mundo. Pero no valoro eso, y en cambio valoro el pensamiento de que algunas personas tienen razón y, entre ellas, estoy yo. Lo que es cierto es el hecho de que el Espíritu Santo y el ego ven las cosas de manera enteramente distinta. El ego ve los errores y el Espíritu Santo no.

(3:2) Esto tiene que ser verdad, toda vez que no existe comunicación entre el ego y el Espíritu Santo.

Son estados mutuamente excluyentes; son pensamientos mutuamente excluyentes.

(3:3) Lo que el ego está diciendo no tiene sentido, y el Espíritu Santo no intenta comprender nada que proceda de él.

El ego siempre está tratando de entender lo que procede de sí mismo. Como dice el Curso más adelante: «Todavía estás convencido de que tu entendimiento constituye una poderosa aportación a la verdad y de que hace que esta sea lo que es» (T-18.IV.7:5). Todos pensamos eso. Todos sentimos que es importante entender lo que sucede. Lo único que es importante entender es que no pasa nada y, por lo tanto, no hay nada que deba entenderse.

Unas páginas más adelante hay una línea maravillosa en la que Jesús les propina un golpe nada sutil a los psicoterapeutas. Una de las preocupaciones de los psicoterapeutas ha sido tratar de explicar lo que sucede en la psicoterapia. Y Jesús dice: «Tales obvias incongruencias [que reducen el poder de la mente, pero intentan fortalecer al ego] explican por qué nadie ha sido capaz todavía de explicar lo que realmente ocurre en la psicoterapia. En realidad no ocurre nada» (T-9.V.5:2-3).

Lo mismo puede decirse del mundo: no ocurre nada en el mundo. Todo lo que tenemos que entender es que nada aquí es comprensible porque no hay nada aquí. El ego ha inventado un mundo muy complejo e intrincado. Y pasamos eones tratando de explicar y comprender algo que para empezar no existe. Así que el Espíritu Santo no intenta entender nada que surja del ego.

(3:4) Puesto que no lo entiende, tampoco lo juzga, pues sabe que nada que el ego haga tiene sentido.

Eso quiere decir el Curso cuando afirma que el Espíritu Santo no juzga los efectos. Él juzga la causa. Y la causa es el pensamiento original de la separación. Y Su juicio es que este pensamiento es simplemente una tontería; no es malvado, pecaminoso o grave, sino tonto.

(4:1) Reaccionar ante cualquier error, por muy levemente que sea, significa que no se está escuchando al Espíritu Santo.

Esto no significa que en el nivel del mundo no percibamos errores o equivocaciones. Dos y dos en el mundo no son cinco; son cuatro. Esta afirmación se refiere a mi reacción de enojo ante tu creencia mágica y tu insistencia en que la salvación para ti sea el hecho de que dos y dos son cinco. Cuando lo que dices me provoca una reacción y hago realidad tu error, significa que obviamente no estoy escuchando al Espíritu Santo. De hecho, estoy reaccionando a lo que dices porque no quiero escuchar al Espíritu Santo. Así que uso la magia del ego para opacar la Voz del Espíritu Santo, porque me da miedo escucharla.

(4:2) Él [el Espíritu Santo] simplemente pasa por alto todos los errores, y si tú les das importancia, es que no lo estás oyendo a Él.

Estoy prestando atención a lo que está ahí fuera. Entonces, si estás enfermo, puedo entender en un nivel por qué lo estás, desde la perspectiva de las leyes de salud y enfermedad que rigen en el mundo. Pero eso no es realmente por qué estás enfermo, así que no entiendo nada. Solo tengo que entender que has elegido la enfermedad porque le tienes miedo al Amor de Dios, eso es todo. Si estoy haciendo que tu enfermedad sea real para mí, he elegido verte enfermo porque le temo al Amor de Dios. Eso es todo lo que tengo que entender. No hace falta que entienda por qué te enfermaste según los términos del mundo, o la probable progresión de la enfermedad, o cuál será el remedio.

Si estoy escuchando al Espíritu Santo, se retirará mi atención de tu cuerpo enfermo o de cualquiera que sea el problema externo. Y volveré adonde está realmente el problema, en mi mente, donde también está el Espíritu Santo. Y si me encuentro atrapado en la aparente realidad de tu problema, le pediré ayuda al Espíritu Santo.

(4:3-4) Si no Lo oyes [al Espíritu Santo], es que estás escuchando al ego [tiene que ser uno o el otro], y mostrándote tan insensato como el hermano cuyos errores percibes. Esto no puede ser corrección.

Obviamente, ahora estoy tan equivocado como te estoy acusando a ti de estarlo. Siempre vuelve al mismo punto básico: cada problema es simplemente mi decisión de ignorar al Espíritu Santo y escuchar al ego. Y la solución a ese problema no está fuera de mí. La solución es regresar a mi mente, a ese punto de elección y hacer una elección diferente.

(4:5-6) Y como resultado, no solo se quedan sus errores sin corregir, sino que renuncias a la posibilidad de poder corregir los tuyos.

No solo ya no puedo corregir tus errores dándote el mensaje de que Dios es solo Amor, sino que también me estoy atacando y privando de esa misma corrección. Lo que hago para ti es lo que hago para mí mismo.