Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XXIV
La corrección del error (T-9.III) (conclusión)

(5:1-2) Cuando un hermano se comporta de forma demente solo lo puedes sanar percibiendo cordura en él. Si percibes sus errores y los aceptas, estás aceptando los tuyos.

Percibo la cordura en ti a través de la percepción de la cordura en mí mismo. Primero debo volver al interior de mi mente y decirle al Espíritu Santo: «He de estar percibiendo falsamente porque veo un problema como si fuera externo y estoy reaccionando a él». No solo es que veo tus errores, sino que los acepto como reales. Jesús no me pide que niegue lo que tu cuerpo o mi cuerpo están haciendo; el problema surge de convertirlo en algo real mediante mi reacción. Ese es el problema.

Si hago que tus errores sean reales, primero debo haber mirado dentro de mí y haber convertido mis errores en realidad; el problema, pues, es mío. Si realmente quiero ayudarte con tu problema, cualquiera que sea la forma que tome, primero debo quitarme de en medio. De lo contrario, será mi ego el que estará tratando de ayudar a tu ego, intervención que a veces parezca funcionar muy bien en el mundo; pero no traerá la paz, el amor o la sanación. Y no resolverá realmente el problema. Aunque lo resuelva temporalmente en el nivel de la forma, el mismo problema se volverá a presentar en otra forma.

(5:3) Si quieres entregarle tus errores al Espíritu Santo, tienes que hacer lo mismo con los suyos.

Posiblemente diga que quiero ser perdonado y experimentar el Amor de Dios, pero no lo experimentaré mientras proyecte mi pecado sobre ti y te ataque por ello.

(5:4) A menos que esta se convierta en la única manera en que lidias con todos los errores, no podrás entender cómo se deshacen.

Todos los errores se deshacen al traérselos al Espíritu Santo, reconociendo que no tuvieron ningún efecto y que no significan nada ni tienen poder alguno.

(5:5) ¿Qué diferencia hay entre esto y decirte que lo que enseñas es lo que aprendes?

Es exactamente lo mismo.

(5:6) Tu hermano tiene tanta razón como tú, y si crees que está equivocado, te estás condenando a ti mismo.

De nuevo, esto no se trata de la forma; se trata del contenido. Tienes tanta razón como yo, porque ambos somos hijos del mismo Dios y ambos somos partícipes de la misma solución. Lo que yo te haga o piense de ti refleja lo que pienso de mí mismo.

(6:1-2) no te puedes corregir a ti mismo. ¿Cómo ibas a poder entonces corregir a otro?

No puedo corregirme a mí mismo. Solo el Espíritu Santo puede hacerlo. Y si no puedo corregirme a mí mismo, ¿qué me hace creer que pueda corregirte a ti? Por supuesto, mi ego es el que quiere que yo crea que puedo hacerlo, porque eso demuestra que estamos separados: tú estás equivocado y yo tengo razón

(6:3) Puedes, no obstante, verlo verdaderamente, puesto que te es posible verte a ti mismo verdaderamente.

Y eso, por supuesto, solo es posible aceptando al Espíritu Santo como mi Maestro y mi Amigo, y escuchando lo que Él dice.

(6:4) Tu función no es cambiar a tu hermano, sino simplemente aceptarlo tal como es.

No te ataco por haber cometido un error. Y no tengo necesidad de insistir en que, dado que cometiste el error, tengas que remediarlo. Simplemente te veo como mi hermano en Cristo sin ninguna diferencia. En ese momento, el Amor del Espíritu Santo obrará a través de mí. Entonces, lo que yo diga o haga —quizá tome la forma de corregir el problema o arreglar una situación— sería amoroso. No se haría con intención de atacar o de separar.

(6:5) Sus errores no proceden de la verdad que mora en él, y solo lo que es verdad en él es verdad en ti.

Sus errores se producen porque ha tomado la misma decisión equivocada que yo. Eligió escuchar al ego. Si te ataco por elegir al ego, obviamente estoy haciendo que ese mismo error sea real para mí.

(6:6) Sus errores no pueden cambiar esto ni tener efecto alguno sobre la verdad que mora en ti.

Sus errores no pueden cambiar la verdad. El sistema de pensamiento del ego comenzó con la enseñanza fundamental de que el error del Hijo de Dios afectó a la verdad y la cambió. Por eso el Curso habla de «La realidad inmutable», el título de una hermosa sección hacia el final del texto (T-30.VIII). Otra sección del texto se llama «La morada inmutable» (T-29.V). Y en el manual antes leímos que «la realidad es inmutable» (M-18.1:5).

Ese es el principio de Expiación. La realidad no puede sufrir cambio alguno por todos mis pensamientos absurdos; mis sueños no han tenido efecto. Si tengo una pesadilla, no tiene ningún efecto sobre la realidad de que estoy durmiendo a salvo en mi cama. Del mismo modo, todos nuestros sueños tontos sobre atacar a Dios, inventar un mundo y atacarnos mutuamente no han tenido efecto alguno sobre la realidad. Pero si me molesto por tu error y quiero demostrar que estás equivocado y buscar a otros que coincidan conmigo, estoy diciendo que se ha cambiado la realidad. Si lo que haces aquí es importante para mí, en mi mente eso solo puede significar que tú y yo estamos aquí. Lo que hacemos aquí solo puede ser importante si creemos que hay un «aquí». Y si creemos que hay un «aquí», entonces estamos diciendo que no hay un «allí» —es decir, el Cielo—, pues es uno o el otro.

(6:7-8) Percibir errores en alguien, y reaccionar ante ellos como si fueran reales, es hacer que sean reales para ti. No podrás evitar pagar las consecuencias de esto, no porque se te vaya a castigar, sino porque estarás siguiendo al guía equivocado y, por lo tanto, te extraviarás.

El precio que pagamos es la experiencia de alienación, depresión, tristeza, enojo, ansiedad, tensión, culpa, etc. No es que Dios nos esté castigando por ver el error, sino que nosotros nos estamos castigando, prosiguiendo con la idea de separarnos de Dios, Quien es nuestra única fuente de paz, felicidad y amor.

(7:1) Los errores de tu hermano no proceden de ti, tal como los tuyos no proceden de ti.

Los errores proceden de una parte de mi mente que no es real. No proceden de quien realmente soy, así como los tuyos tampoco.

(7:2-3) Si consideras sus errores reales, te habrás atacado a ti mismo. Mas si quieres encontrar tu camino y seguirlo, ve solo la verdad a tu lado, pues camináis juntos.

Si considero que el error es real y me molesto por ello, he decidido apartarme del camino porque tengo miedo de adónde me lleva. Mi ego me ha dicho que, de seguir por este camino, volveré a casa y me encontraré allí con Dios, y Él me va a castigar. Entonces, si creo eso, querré salirme del camino. Y lo que me permite hacerlo es enojarme o insistir en que yo tenga la razón, así como hallar errores y equivocaciones en otras personas.

(7:4-7) El Espíritu Santo en ti os perdona todo a ti y a él. Sus errores le son perdonados junto con los tuyos. Así como el amor no puede separarse, la Expiación menos. La Expiación es inseparable porque procede del amor.

No hay excepciones. Debo ver a Cristo en todos; y debo ver a todos los errores que estoy percibiendo y haciendo realidad como un endeble velo con el que quiero ocultar o encubrir la verdad. No puedo hacer ninguna excepción en mi manera de percibir a nadie.

(7:8-9) Cualquier intento que hagas por corregir a un hermano significa que crees que puedes corregir, y eso no es otra cosa que la arrogancia del ego. La corrección le corresponde a Dios, Quien no conoce la arrogancia.

Esto refleja la arrogancia fundamental del ego: él sabe lo que conviene, él puede juzgar y, de hecho, él es Dios.

(8:1-2) El Espíritu Santo lo perdona todo porque Dios lo creó todo. No trates de asumir Su función o te olvidarás de la tuya.

No hay excepciones. El Espíritu Santo lo perdona todo. Su función es perdonar y ser la Fuente del amor que está en nuestras mentes. Su función es ser la corrección de todos los errores. Ese es el principio de Expiación, el deshacimiento o la corrección del sistema de pensamiento del ego. Nuestra función es simplemente dejar que Su función sea lo único presente en nosotros.

(8:3) Acepta únicamente la función de sanar mientras estés en el tiempo porque para eso es el tiempo.

La sanación básicamente es deshacer el pensamiento de enfermedad, la corrección del error.

(8:4-5) Dios te encomendó la función de crear en la eternidad. No necesitas aprender cómo crear, pero necesitas aprender a desearlo.

En otras palabras, debo querer volver a casa. La lección del libro de ejercicios «Deseo la paz de Dios» (L-pI.185) comienza con las palabras: «Decir estas palabras no es nada. Pero decirlas de todo corazón lo es todo» (L-pI.185.1-2). No las decimos de todo corazón porque todavía creemos que la paz de Dios nos destruirá. El poema de Helen «Amén» termina con la línea: «Dios no crucifica. Él simplemente es» (The Gifts of God [Los regalos de Dios], p. 91).

El amor no crucifica; el amor no castiga. El amor simplemente es lo que es. No sabe de castigo o pecado. No necesitamos aprender sobre el amor y la creación —nuestra función en el Cielo—, pero sí necesitamos aprender a desearlo.

(8:6) Todo aprendizaje se estableció con ese propósito.

El propósito del Curso es enseñarnos lo que realmente queremos y mostrarnos que lo que el ego dice que es valioso en este mundo no lo es. Lo que el ego dice que nos traerá placer y nos evitará dolor en este mundo no funcionará. Entonces, el Curso nos enseña, paso a paso, muy lenta y suavemente, a reconocer todos los regalos que el ego nos ofrece y a decir: «Estos no son los regalos que quiero». Más allá de la forma en que está envuelto, aprendemos a reconocerlo como un regalo de muerte, dolor, ataque y asesinato que el ego reviste en un bonito envoltorio.

(8:7) Así es como el Espíritu Santo utiliza una capacidad que tú inventaste, pero que no necesitas.

Aprender es una habilidad que fabricamos. No es necesario en el Cielo, porque en el Cielo no se aprende nada. Pero sí tuvimos que aprender el sistema de pensamiento del ego; y todos lo hemos aprendido muy bien. Una vez que hemos usado la mente como un recurso de aprendizaje para atacar, el Espíritu Santo puede usar esa misma capacidad de la mente para enseñarnos otra cosa. Y cuando finalmente hemos aprendido Sus lecciones por completo, desaparece todo aprendizaje. Ya no es necesario.

(8:8) ¡Ponla a Su disposición!

Deberíamos dejar que el Espíritu Santo sea nuestro Maestro, no el ego. Mientras estemos en este mundo, tenemos que aprender. Así que el mundo es un aula de clase. Nuestra única opción gira en torno a qué maestro nos va a enseñar.

(8:9-10) Tú no sabes cómo usarla. Él te enseñará cómo verte a ti mismo sin condenación, según aprendas a contemplar todas las cosas de esa manera.

Obviamente, no sabemos cómo usar nuestra capacidad de aprender, porque lo que hemos aprendido por nuestra cuenta no es muy feliz o amoroso. Nos hemos enseñado a condenar todo y a todos. Vemos todo como algo separado, para que no tengamos que experimentar nuestra condenación de nosotros mismos. En cambio, nuestra atención se ha centrado en la condenación de todos los que nos rodean. Así que ahí es donde debe comenzar la lección del perdón. Aprendemos a no condenar a los demás reconociendo que cuando lo hacemos, realmente nos estamos condenando en secreto a nosotros mismos.

Por lo tanto, el propósito del Curso es que nos preguntemos si esto es realmente lo que queremos hacer. Al criticarte y buscarte defectos, realmente me estoy atacando a mí mismo. ¿Es eso realmente lo que quiero hacer? El problema es que no me había dado cuenta de que hacía eso. A medida que me resulta cada vez más claro lo que estoy haciendo, se vuelve cada vez más fácil tomar la elección de no condenar y atacar.

(8:11) La condenación dejará entonces de ser real para ti y todos tus errores te serán perdonados.

Ya no veré la condena como real, sino simplemente como un tonto error. Y al hacer eso, en el fondo, estoy diciendo que mi condenación de Dios y de Cristo también son una tontería. En ese momento, reconozco que nada en mí tiene que ser perdonado porque no hay nada en mí excepto el Amor de Dios. Y ese reconocimiento llega a través del proceso de revertir la necesidad de mi ego de buscarles defectos, corregir y atacar a todos los demás.