Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XXV
La función del maestro de Dios (M-5.III)

Volvamos ahora al manual. Comenzaremos con la sección llamada «La función del maestro de Dios», que es la tercera subsección de «¿Cómo se logra la curación?» (M-5). Leeremos solo el segundo párrafo. Esta es probablemente la declaración más clara de lo que hemos estado hablando. Lo abordaremos específicamente en términos del tema de la curación en el contexto de ser un maestro de Dios.

Como hemos visto repetidamente, un maestro de Dios no hace nada. Si hago algo, si creo que hay un problema que debe resolverse, una enfermedad que debe curarse, me convierto en parte del problema.  Todo lo que debo hacer es sanar mi mente y luego confiar en que el Amor de Dios funcionará a través de mí. Y será ese Amor el que dará instrucciones a esta marioneta: mi cuerpo. Es como si ahora yo dejara que el Espíritu Santo fuera el titiritero y le permitiera tirar de los hilos de mi cuerpo, para que el único mensaje que se le dé a mi cuerpo sea un mensaje de amor. Entonces, cualquier cosa que mi cuerpo haga, diga o piense, procederá del amor.

No me centro, pues, en lo que hace mi cuerpo. Mi atención es meramente que, en lugar de que mi mente elija al ego de titiritero, elija al Espíritu Santo. La siguiente lectura, «¿Cuántos maestros de Dios se necesitan para salvar al mundo?» (M-12), aborda este tema. Entonces, cuando estoy en presencia de alguien que sufre, mi única función es permitir que mi mente sea sanada, para que el mensaje que dé sea que el ego está equivocado y que el Espíritu Santo está en lo cierto, y que la presencia de Amor del Espíritu Santo está sana y continúa funcionando como siempre. En esencia, le estaré diciendo a la otra persona: «Recordarás ese amor en ti mismo porque lo verás y lo experimentarás en mí». Ese es mi único propósito.

(M-5.III.2:1) Los maestros de Dios acuden a estos pacientes representando una alternativa que ellos habían olvidado.

«Ellos» serían los que creen estar enfermos; y esto se refiere no solo a la enfermedad física. Cualquier persona que tenga una inquietud o problema está enferma. Cualquier creencia de que el ego es real es enfermedad. Todos hemos olvidado esa alternativa. Creemos que la elección original que hicimos al optar por el ego es irrevocable, y que no hay esperanza ni tiene salida. Esto significa que hemos olvidado que existe otra opción, otra presencia, otro maestro en nuestras mentes. Entonces, como uno de los maestros de Dios, queremos ser el recordatorio de que realmente hay otra presencia que podemos elegir.

(2:2) La simple presencia del maestro de Dios les sirve de recordatorio.

No tengo que decir ni hacer nada. Solo tengo que estar allí.

(2:3) Su manera de pensar reclama el derecho de cuestionar lo que el paciente ha aceptado como verdadero.

En otras palabras, has aceptado que el sistema de pensamiento del ego es el único sistema que es verdad. La paz y el amor que he elegido dentro de mí, que estoy experimentando y que ahora tú estás experimentando dentro de mí, básicamente te está diciendo: «Quizás haya algo más aquí. Quizás haya otra forma de ver esto». En esencia, es una invitación para que abras tu mente a la posibilidad de que haya otra forma de percibirte a ti mismo y de percibir la situación.

(2:4-6) En cuanto que mensajeros de Dios, los maestros de Dios son los símbolos de la salvación. Le piden al paciente que perdone al Hijo de Dios en su propio Nombre. Representan la Alternativa.

Nuevamente, esto no tiene nada que ver con lo que digo o lo que hago. Pero el amor que fluye a través de mí te está pidiendo que te perdones, no tomando tu sistema de pensamiento del ego tan en serio como lo has hecho, y dejando de otorgar realidad al error. Entonces, simplemente represento la presencia del Espíritu Santo o de Jesús.

(2:7) Con la Palabra de Dios en sus mentes, vienen como una bendición, no para curar a los enfermos sino para recordarles que hay un remedio que Dios les ha dado ya.

La Palabra de Dios es el principio de Expiación. Y lo que aporto es mi aceptación de lo que el Espíritu Santo está diciendo: a saber, que la separación de Dios nunca ha sucedido, que solo el amor es verdad, solo el amor es real y nada más lo ha afectado. Eso es muy importante. Mi labor no es curarte la enfermedad, sea cual sea su forma, no es llevarme el problema o hacerlo desaparecer, no es hacer que todo sea agradable. Esa no es mi función. Mi función es simplemente recordarte que en tu mente está presente una solución a tu problema. Yo no tengo que resolverte el problema porque eso lo hará el Amor de Dios dentro de tu mente. Y si trato de hacerlo por ti, si trato de quitarte el dolor, me pongo en el lugar del Espíritu Santo, usurpando Su función. Y realmente estoy enseñando exactamente lo contrario de lo que quieres aprender. En ese momento te estoy enseñando que hay un sustituto de Dios: ¡yo!

Permítanme comentar un poco más sobre esto, porque es realmente una idea central. La tentación siempre es tratar de mejorar la situación, siempre. Si tan solo pudiéramos tener el siguiente pensamiento en mente: todo lo que necesito hacer es experimentar el remedio dentro de mí mismo, y luego saber y confiar en que ese remedio también está en tu mente. El Amor de Dios es el remedio que resolverá el problema. Yo no tengo que resolverlo. Si yo trato de resolverlo, realmente estoy enseñando exactamente lo contrario. Estoy enseñando que hay un sustituto de Dios y que ahora yo voy a representar a Dios para ti. Mágicamente sanaré tu problema y te quitaré el dolor. Yo no puedo quitarte el dolor, Jesús no te lo puede quitar, porque tú eres quien puso allí el dolor. Jesús simplemente ilumina tu mente con su amor y por medio de esa luz dice: «Hermano mío, hermana mía, elige de nuevo». Eso es lo único que hace su amor. Su amor no nos quita el dolor, a menos y hasta que nosotros le traigamos el dolor a él. Entonces es cuando el dolor se quita.

La fuente del dolor es la culpabilidad y el miedo que creo tener encerrados bajo llave en mi mente. Jesús no derriba mis defensas y disipa la oscuridad con su luz. Me convence apacible y amorosamente de que seré más feliz si abro el puño: si suelto mi resistencia, si suelto la necesidad de una defensa. Su amor es el recordatorio de que puedo soltarla, y su apacibilidad me permite que con el tiempo lo haga. Su amor y su luz despejan lo que nunca estuvo allí. Pero Jesús no lo hace por mí. Yo soy quien tiene que aflojar o abrir el puño. Yo soy quien tiene que tomar la llave: el perdón, el cambio de mentalidad que abre la bóveda cerrada. Lo hago sosteniendo su mano, que por supuesto es la única forma en que puedo hacerlo. Jesús no puede hacerlo por mí. Yo debo hacerlo. El dolor y el sufrimiento son mi responsabilidad pues yo los elegí, pero Jesús representa la otra respuesta. Él representa la alternativa que dice: «No tengas miedo. Abre tu mente y deja que mi amor sane lo que se encuentra en ella porque ahí no hay nada». Básicamente, Jesús sana lo que no existe.

Es esencial en todo esto que yo recuerde mi propósito. Mi propósito no es hacer que desaparezcan los problemas. Mi propósito es aceptar que mis problemas han desaparecido porque he elegido el Amor de Dios en lugar del odio del ego. Y eso es todo lo que hago. En ese momento, el perdón y el amor en mi mente son el faro de luz que te recuerda que tú tienes la misma opción. Yo no tomo la decisión por ti.  No trato de presionarte para que tomes la decisión. Simplemente soy el recordatorio de que tú también puedes elegir lo que yo he elegido.

(2:8-9) No son sus manos las que curan. No son sus voces las que pronuncian la Palabra de Dios…,

Estas no son más que dos entre las miles de formas distintas en que la gente intenta curar. Las personas que realizan una imposición de manos creen que tienen un toque especial que cura, como si tuvieran algo que otros no tienen, como si el poder de Dios obrara a través de sus cuerpos. No puede obrar a través de un cuerpo; obra a través de una mente. Tal vez una persona tenga «manos curativas», en el sentido de que emiten ráfagas de calor; no hay duda de eso. Pero las ráfagas de calor son simplemente diferentes formas de energía física, como el electromagnetismo, que puede emanar mucho calor.

El espíritu no es energía, en el sentido de que no tiene lo que nosotros concebimos como energía. Cuando se equipara el espíritu con la energía, estamos haciendo que el cuerpo sea real. Sin embargo, si crees que puedes curar a través de las manos, y si estoy enfermo y creo que puedes curarme a través de tus manos —«curación por fe»—, tú y tus manos se convierten en un símbolo a través del cual fluirá el amor que está en mi mente. Pero tus manos no curan. Lo único que cura es el Amor de Dios.

Es esencial que entiendan eso. Si creo que solo puedo sanar a través de las manos, estoy limitando el Amor de Dios. ¿Qué sucede si tengo un accidente y pierdo las manos? Si el amor es amor, y el amor cura, debe curar todo el tiempo, porque no existe tiempo ni lugar donde no está el amor. El amor no está en el cuerpo. Sin embargo, si únicamente puedo experimentar el Amor de Dios a través de la limitación de mi cuerpo, que por lo general es nuestro caso, parecerá que el cuerpo es el que está realizando la curación. En realidad, el cuerpo no es más que un vehículo para una unión que se realiza aparentemente en el nivel físico, pero la verdadera unión se da en el nivel de la mente.

Del mismo modo, creer que decir ciertas oraciones sanará es el mismo intento de limitar a Dios. O si creo que la curación se produce solo por medio de un período de ayuno, como la Biblia a veces describe, o que la curación resulta de una cirugía u otros medios médicos tradicionales o no tradicionales, estoy diciendo que la curación es del cuerpo: el cuerpo cura y el cuerpo es curado. En ese caso estoy sustituyendo al contenido con la forma. Pero el contenido es lo que sana. Recuerden: la sanación no hace nada, simplemente deshace lo que nunca estuvo allí. Hacemos eso al traerle los pensamientos de nuestro ego al Amor de Dios en nuestras mentes. Eso es lo que es la sanación.

(2:10) … sino que [los maestros de Dios] sencillamente dan lo que se les ha dado.

Y, por supuesto, lo que se les ha dado no es en el nivel del comportamiento. Dar es dejar que el Amor de Dios que me ha sido dado se extienda a través de mí. Es muy fácil, muy simple. Practicar psicoterapia, por ejemplo, se vuelve muy simple. No hago nada excepto prestar atención a lo que el ego está haciendo en mí, y se lo traigo al Espíritu Santo. Eso es todo lo que hago. Y es lo mismo para todo lo que haga, cualquiera que sea mi ocupación o mi profesión.

(2:11-12) Exhortan dulcemente a sus hermanos a que se aparten de la muerte: «He aquí, Hijo de Dios, lo que la vida te puede ofrecer. ¿Preferirías la enfermedad en su lugar?».

Cuando Un curso de milagros dice que exhorto a mis hermanos, no significa verbalmente. La presencia misma del amor en mi mente es la exhortación que se te hace, porque las mentes están unidas. Es una forma de decir: «elige de nuevo», que es lo que dice aquí. La mayoría de las veces no diríamos palabras como estas, aunque a veces puede darse el caso. Las palabras no son importantes, pero este es el pensamiento. Ni siquiera tengo que pensarlo en mi mente. Solo tengo que estar absolutamente en paz y sentir que fluye a través de mí el Amor de Dios o el amor de Jesús. Ese amor representa estas palabras que dicen que ambos tenemos otra opción.

Recuerden, si nos remontamos al instante original, todo el problema surgió cuando el ego dijo: «Elígeme a mí en lugar del Espíritu Santo. No escuches lo que el Espíritu Santo te está diciendo. La separación realmente ha sucedido». En ese momento olvidé que tenía una opción porque elegí al ego y metí al Espíritu Santo en una caja cerrada con candado. Y nunca más he vuelto a pensar en mi elección. Todo lo que ha sucedido desde entonces se deriva de la creencia de que elegí hacerlo de una vez por todas: ¡ya estuvo! Ahora creo que tengo todas estas opciones en el mundo, pero en realidad todas ellas son expresiones de la única elección que ya hice y que le juré a mi ego que nunca reconsideraría. He convertido a Dios en mentiroso y al ego en la verdad. Así que tengo que darme cuenta de que sí tengo una opción. Mi elección no radica en decidir a cuál médico debo llamar o qué tipo de ayuda debo conseguir. Tengo que elegir ya sea escuchar a mi ego o bien escuchar al Espíritu Santo. Sí tengo una opción. Y nosotros, como maestros de Dios, representamos esa opción: elegir la vida en lugar de la muerte.

Sin embargo, esto no significa que no debamos ir al médico cuando estamos enfermos. Simplemente no queremos confundir la forma con el contenido, o la magia con el milagro. Permítanme leer algo relevante al respecto, que viene al principio del texto: «Todos los remedios materiales que aceptas como medicamento para los males corporales son reafirmaciones de principios mágicos» (T-2.IV.4:1). Esto se refiere a intervenciones, tales como tomar medicamentos, ir al médico, usar lo que se considera medicina de la Nueva Era, por ejemplo, la acupuntura, o hacer dieta, tomar vitaminas, hacer ejercicio, pararse de cabeza o lo que hagan.

Jesús continúa: «Este es el primer paso que nos conduce a la creencia de que el cuerpo es el causante de sus propias enfermedades. El segundo paso en falso es tratar de curarlo por medio de agentes no creativos» (T-2.IV.4:2-3). El primer error es creer que mi cuerpo está enfermo y que mi cuerpo, no mi mente, causó la enfermedad. Una vez que acepto eso, el segundo paso le sigue automáticamente: si mi cuerpo está enfermo, entonces debo hacer algo en el nivel del cuerpo, en el nivel físico, para ocuparme de la enfermedad. Este pasaje dice que es un error hacer eso.

Pero luego Jesús dice: «Esto no quiere decir, sin embargo, que el uso de tales agentes con propósitos correctivos sea malo. A veces la enfermedad tiene tan aprisionada a la mente que temporalmente le impide a la persona tener acceso a la Expiación» (T-2.IV.4:4-5). Creo que aquí Jesús se está mostrando bondadoso, pues no solo nos sucede a veces, sino la mayoría de las veces. El ego nos ha dicho que, si aceptamos la verdadera sanación, la aceptación de la Expiación, seremos destruidos. Aceptar el amor y la presencia del Espíritu Santo es la verdadera sanación. Pero casi siempre tengo miedo de eso porque el ego me ha dicho que si me acerco demasiado al Espíritu Santo no seré sanado, seré destruido. Una línea en el libro de ejercicios dice: «Tú piensas que eso es la muerte; sin embargo, se te está salvando» (L-pI.93.4:4).

Pero mientras ese miedo siga dentro de mí (que fue el motivo de que para empezar me inventara la enfermedad), me resultará muy amenazante oír que todo está en mi mente y basta que mi mente tome otra decisión. Mi ego me dice que, si logro volver al interior de la mente, me volveré a conectar con la parte que eligió atacar a Dios, y Dios, Quien también está ahí en mi mente, me destruirá por haberlo atacado. Ese es mi miedo. Así que Jesús dice: «En ese caso [mientras siga presente ese miedo], tal vez sea prudente usar un enfoque conciliatorio entre el cuerpo y la mente en el que a algo externo se le adjudica temporalmente la creencia de que puede curar. Esto se debe a que lo que menos puede ayudar al que no es de mentalidad correcta o al enfermo es hacer algo que aumente su miedo» (T-2.IV.4:6-7).

Supongamos, pues, que estoy enfermo y sé lo que enseña el Curso: que toda enfermedad es una forma de falta de perdón. Pero todavía no estoy listo para perdonarte de verdad, para cambiar de mentalidad a tu respecto. Sé que, ultimadamente, eso es lo que debo hacer, pero mientras tanto sigo teniendo mucho dolor. Lo más amoroso que puedo hacer por mí mismo en ese momento es ver a un mago, ya sea un médico, un acupunturista, un curandero, etc., que pueda aliviar mi dolor. Lo que yo crea que me va a ayudar es lo que me ayudará. Por lo tanto, ir al médico es una forma de magia que me quitará el dolor. No me quitará mi culpabilidad o la falta de perdón, pero al menos me quitará el dolor físico. Y acudir al médico también puede ser una expresión de unión. Básicamente le estoy diciendo al médico: «La única ayuda que puedo aceptar de Dios, en este momento, es a través de ti». El médico, a su vez, me está diciendo: «En este momento, la única ayuda procedente de Dios que puedo darte es a través de mi magia». Entonces ambos nos estamos uniendo, al compartir un propósito común de ayudar y recibir ayuda. Y eso constituye la sanación. Pero como la sanación me da demasiado miedo, creo que lo que me ayudará es la forma de magia que el médico me está suministrando.