Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XXVI
¿Cuántos maestros de Dios se necesitan para salvar al mundo? (M-12)

Pasemos ahora a la sección del manual que responde a la pregunta «¿Cuántos maestros de Dios se necesitan para salvar al mundo?» (M-12). No vamos a abordar esa pregunta aquí, sino que pasaremos al cuarto párrafo, donde la sección comienza a hablar de cómo el maestro de Dios mira al cuerpo.
Básicamente, contrastaremos el uso del cuerpo por parte del ego, que siempre es para atacar, mantener separado y reforzar el sistema de pensamiento del ego, con el uso del cuerpo por parte del Espíritu Santo. El cuerpo de por sí no tiene ningún propósito o significado, pero puede servir para el santo propósito que le da el Espíritu Santo: ser un aula de clase en la que aprendemos nuestras lecciones de perdón para que el cuerpo pueda convertirse en un instrumento o un títere a través del cual habla la Voz del Amor.

(4:1) Lo que convierte a los maestros de Dios en maestros es su reconocimiento del verdadero propósito del cuerpo.

Esto realmente está hablando de lo que lo establece a uno como un maestro de Dios avanzado.

(4:2) A medida que avanzan en su profesión, se afianzan más y más en la certeza de que la función del cuerpo no es otra que la de permitir que la Voz de Dios hable a través del cuerpo a oídos humanos.

Por lo tanto, quiero quitar de en medio a mi ego y a mi interés en que me afecte el cuerpo, para que el Amor de Dios pueda hablar a través de mi cuerpo.

(4:3) Estos oídos llevarán a la mente del oyente mensajes que no son de este mundo, y la mente los entenderá debido a la Fuente de donde se originaron.

Los mensajes se expresarán en las formas del mundo, pues de lo contrario no podrían entenderse aquí. Pero su Fuente no es de este mundo. Vienen del amor en lugar del miedo.

(4:4-5) Como resultado de este entendimiento, este nuevo maestro de Dios reconocerá cuál es el verdadero propósito del cuerpo: la única utilidad que realmente tiene. Con esta lección basta para dejar que entre el pensamiento de unidad, y lo que es uno se reconoce como uno.

La idea de unidad se reflejaría en el reconocimiento de que todo en el mundo tiene el mismo propósito. Este hecho no debe usarse para negar que este es un mundo de multiplicidad, como dicen los hindúes, o que cada persona es diferente y separada dentro del mundo de la ilusión, el mundo de la forma. Pero todos estamos unidos pues compartimos un propósito común. Ese es el pensamiento de unidad. Entonces, aunque los cuerpos del mundo parecerán dar fe de la separación y los intereses separados, cuando se entregan al Espíritu Santo, sirven como un aula de clase en la que aprendemos que en realidad todos somos iguales porque compartimos la misma necesidad de retornar a casa.

(4:6) Los maestros de Dios parecen compartir la ilusión de la separación, pero por razón del uso que hacen del cuerpo, no creen en la ilusión a pesar de las apariencias.

Un maestro de Dios usa todas las formas del mundo, todas las ilusiones de la separación, pero con un propósito diferente. Permítanme leer algo que cité anteriormente de la Lección 155 en el libro de ejercicios:

«Hay una manera de vivir en el mundo que no es del mundo, aunque parezca serlo. No cambias de apariencia, aunque sí sonríes mucho más a menudo. Tu frente se mantiene serena; tus ojos están tranquilos. Y aquellos que caminan por el mundo como tú lo haces reconocen en ti a uno de los suyos. No obstante, los que aún no han percibido el camino también te reconocerán y creerán que eres como ellos, tal como una vez lo fuiste» (L-pI.155.1).

Como maestro de Dios, pues, todavía me parezco a todos los demás. La única diferencia es que sonrío más y hay una paz mayor dentro de mí. Así que me parezco a todo el mundo, hago lo que todo el mundo hace y comparto todas las ilusiones del mundo. No me separo de las ilusiones del mundo. Me uno a ellas, opero dentro de ellas, desempeño los mismos roles que todos los demás. La diferencia es que me doy cuenta de que son únicamente apariencias y que lo que compartimos no es más que una ilusión. Pero a la vez que me estoy uniendo en el nivel de la ilusión que es la forma, doy un contenido diferente: el contenido del perdón o del amor.

Como dijimos al comienzo de este taller, el objetivo es estar en el mundo y darnos cuenta de que no formamos parte de él. Un maestro de Dios avanzado se siente completamente a gusto con el cuerpo y no lo ve como un enemigo o como una fuente de vergüenza, de bochorno o de placer. Lo ve tan solo como un instrumento inherentemente neutro que puede servir para un propósito santo. El maestro de Dios avanzado también se siente completamente a gusto en el mundo; no le ve hostilidad ni maldad ni se siente amenazado ni aprisionado por él. El mundo se considera más bien un aula de clase.

Aquellos que se sienten incómodos en el mundo y en el cuerpo todavía están algo atrapados, porque están haciendo que el mundo y el cuerpo sean reales. Como maestro de Dios, mi objetivo es estar en este mundo y sentirme cómodo en él, pero estar cómodo porque reconozco que no hay nada en el mundo que quiera, necesite o deba evitar. Entonces puedo caminar por este mundo en paz, pues sé que soy un hijo de la paz y que el Príncipe de la Paz camina conmigo. De esa manera el maestro avanzado es diferente. Pero me vería como todos los demás a menos que se me dijera muy concretamente que debo hacer algo diferente. Y eso es relativamente raro. Volviendo al manual:

(5:1-3) La lección fundamental es siempre esta: el cuerpo se convertirá para ti en aquello para lo que lo uses. Úsalo para pecar o para atacar [que, por supuesto, es especialismo], que es lo mismo que el pecado, y lo verás como algo pecaminoso. Al ser pecaminoso, es débil, y al ser débil, sufre y muere.

Este es el uso del cuerpo por parte del ego. Si escucho la voz de mi ego y uso el cuerpo como un arma, como una forma de robarle algo al mundo, lo estoy usando con el propósito de pecar y atacar, y por consiguiente veré el cuerpo como pecaminoso. También habré de verme a mí mismo como pecador, porque estoy usando mi cuerpo para un propósito pecaminoso. Si el cuerpo es pecaminoso, ha de ser débil, porque está separado de Dios; la pecaminosidad es realmente separación. Y si estoy separado de Dios, Quien es mi única fuerza, he de ser débil. Y si el cuerpo es débil, sufrirá y morirá. Ya que creo en la debilidad y pecaminosidad de mi cuerpo, he de creer que mi cuerpo sufrirá y morirá.

Esa es la ilusión que nos aqueja a todos. Estamos usando el cuerpo para servir al propósito pecaminoso del ego, y así el cuerpo se identifica con ese propósito. Y, dado que nos identificamos con el cuerpo, también nos consideramos pecaminosos, débiles y capaces de sufrir y morir. Pero esto realmente no tiene nada que ver con el cuerpo. Tiene que ver con el propósito que le hemos dado al cuerpo.

Y ahora escuchamos el uso del cuerpo por parte del Espíritu Santo:

(5:4) Úsalo para llevar la Palabra de Dios a aquellos que no la tienen, y el cuerpo se vuelve santo.

Cuando el cuerpo se usa como instrumento de salvación o perdón —esa es la «Palabra de Dios»— el cuerpo se vuelve santo; no porque el cuerpo en sí sea santo, sino porque ahora tiene un propósito santo.

(5:5) Al ser santo no puede enfermar ni morir.

Recuerden nuevamente que el cuerpo no se enferma ni muere. La mente le da al cuerpo las órdenes. Y si la única Voz en mi mente que da órdenes al cuerpo es la de la santidad, el cuerpo no puede estar enfermo porque la enfermedad es una expresión de culpabilidad. Si en mi mente no hay culpabilidad sino solo la santidad del Espíritu Santo, mi cuerpo no puede convertirse en una expresión de culpabilidad, lo que significa que no puede estar enfermo.

(5:6-7) Cuando deja de ser útil, se deja a un lado. Eso es todo. La mente toma esta decisión, así como todas las que son responsables de la condición del cuerpo.

Aquí vemos nuevamente una declaración muy clara de que el cuerpo no hace nada; simplemente lleva a cabo los deseos de la mente. Entonces, la muerte significa únicamente que ha concluido la utilidad del cuerpo. Si asisto a una clase en una universidad, una vez que he aprobado el curso, que he hecho todas las lecciones, que he aprendido todo lo que el profesor me puede dar, he completado la clase, ya terminé. Es igual con esto. El cuerpo se deja a un lado una vez que ha cumplido su cometido como un aula de clase. La muerte no es más que eso.

(5:8-9) El maestro de Dios, no obstante, no toma esta decisión por su cuenta. Hacer eso sería conferirle al cuerpo un propósito distinto del que lo mantiene santo.

La decisión se toma con el Espíritu Santo. Si la tomo por mi cuenta, estoy volviendo a tomar la decisión con mi ego. Así que realmente no puedo tomar ninguna decisión por mi cuenta, como explica el texto (T-30.I.14). Decido con el ego o con el Espíritu Santo. Entonces, tomar la decisión por mi cuenta de dejar a un lado mi cuerpo realmente significa que lo hago con mi ego en lugar de hacerlo con el Espíritu Santo. Y ese, por supuesto, es el problema original: decidimos por nuestra cuenta y nos separamos de Dios. En esencia, le dijimos a Dios: «Ya no Te necesito». Si tomo la decisión con mi ego o, en otras palabras, sin el Espíritu Santo, le estoy dando al cuerpo otro propósito: el de representar el sistema de pensamiento del ego, que es un sistema de separación y ataque.

(5:10-12) La Voz de Dios le dirá cuándo ha llevado a término su cometido, tal como le dice cuál es su función. Mas él no sufre tanto si se va como si se queda. Ahora es imposible que pueda enfermar.

Si mi mente está unida en amor con el Espíritu Santo, se me guía para permanecer en el cuerpo otro rato o para dejarlo. De una u otra manera no sentiré dolor ni sufrimiento; me dará absolutamente igual. Como dije antes, el día que crucificaron a Jesús, a él no le hubiera importado si se le hubiera guiado a dar un tranquilo paseo en lugar de ser crucificado. Entonces, hacemos una cosa u otra, y no experimentamos ningún dolor, sufrimiento o placer asociado con ninguna de las dos actividades. El verdadero placer procede de identificarme con la Voluntad de Dios, y el verdadero dolor o sufrimiento, de disociarme de la Voluntad de Dios.

Ahora bien, esto no significa que podamos vivir eternamente dentro del cuerpo. Pero cualquier cosa menos una eternidad, en principio, sería posible. Una vez que podemos aceptar la premisa subyacente de que el mundo no está aquí en absoluto, y que la mente no está en el cuerpo, sino que simplemente le dice al cuerpo qué debe hacer, todos estos pensamientos se vuelven muy claros y lógicamente se derivan de las premisas originales.

(6:1) La unidad y la enfermedad no pueden coexistir.

La elección de las palabras aquí es interesante, porque la enfermedad obviamente se asocia con la falta de unidad o con la separación. Esta es otra forma de decir que no puedo escuchar simultáneamente a dos voces. Si no quiero oír la Voz del Espíritu Santo, subo el volumen del ego, que no deja oír al Espíritu Santo. Por supuesto, lo contrario también es cierto.

(6:2-4) Los maestros de Dios eligen ver sueños por un tiempo. Es una elección consciente. Pues han aprendido que toda elección se hace conscientemente, con pleno conocimiento de sus consecuencias.

Los maestros de Dios eligen conscientemente vivir en el mundo del cuerpo. La Lección 136, «La enfermedad es una defensa contra la verdad», declara explícitamente que las defensas —la enfermedad es vista como una defensa— se eligen conscientemente. Luego, tan pronto como son elegidas, el ego deja caer un velo de olvido o de negación y no recordamos que las hemos elegido (L-pI.136.3-4). Del mismo modo, cuando nuestra mente identificada con el ego fabricó este mundo, olvidamos que lo hicimos. Y luego parece que de repente llegué al mundo, que existe de forma independiente de mi mente. Lo mismo ocurre con la enfermedad: olvidamos que hemos elegido estar enfermos, y luego parece que la enfermedad nos ha elegido a nosotros: estoy enfermo porque un germen o un virus está circulando, pero yo no soy el responsable.

El maestro de Dios ha aprendido que todo es una elección consciente. Cuando decimos que algo es ajeno a la conciencia o es inconsciente, realmente estamos hablando de los efectos del miedo. El inconsciente no es un lugar, es una dinámica o un proceso. Y es una dinámica de miedo. He elegido ver, experimentar o sentir algo. Y luego eso que sentí me dio miedo y digo que no quiero mirarlo. En ese momento lo he negado. Decimos que lo hemos reprimido y ha pasado a formar parte del inconsciente, como si hubiera una bodega en nuestras mentes donde se almacenaran los pensamientos. En realidad, no es más que miedo. Entonces, un maestro de Dios avanzado no tiene miedo ni inconsciente. Alguien como Jesús siempre es totalmente consciente de todo.

(6:5) El sueño afirma lo contrario, pero ¿quién pondría su fe en sueños una vez que los ha reconocido como tales?

El sueño, que es el mundo del ego, dice lo contrario: que las elecciones no se toman conscientemente y que, de hecho, yo no las tomo en absoluto. Las cosas se me hacen. Soy víctima de cosas que pasan sin que pueda controlarlas. Y eso es esencial si el plan del ego ha de funcionar, porque no depositaría mi fe en el mundo si recordara que yo lo inventé. Solo puedo poner mi fe en el mundo (cosa que mi ego quiere que haga para defenderme de Dios) si creo que el mundo es real. Y solo puedo creer que el mundo es real olvidando que lo inventé y que no tiene existencia fuera de mi mente.

Entonces la enfermedad es una defensa contra la verdad, porque es una forma de protegerme contra Dios y culparte a ti de mi sufrimiento y dolor. El texto explica en varios lugares que la enfermedad realmente es mi forma de atacarte (por ejemplo, T-27.I.4). Si voy a usar la enfermedad como una defensa, y usarla con éxito, debo creer que mi enfermedad es real. Si recordara de dónde vino la enfermedad, ya no podría servirme porque me daría cuenta de que todo está inventado, que la enfermedad está realmente en mi mente. Y si vuelvo a centrar la atención en mi mente, en algún momento me acordaré de «Aquel otro» que está en mi mente. Y ese es el que tanto le aterra a mi ego: «Aquel otro».

Para que la enfermedad resulte efectiva como defensa, es imperativo que yo crea que su origen está fuera de mi mente. Eso es lo que significa la frase: «El sueño afirma lo contrario, pero ¿quién pondría su fe en sueños una vez que los ha reconocido como tales?». Son realmente proyecciones de lo que está dentro de mi mente.

(6:6) Ser conscientes de que están soñando es la verdadera función de los maestros de Dios…, 

Esto equivale, como mencionamos, a convertirse en un soñador lúcido. Cuando dormimos por la noche, es posible entrenar a nuestras mentes para que nos percatemos de que estamos soñando, eso es tener un sueño lúcido. Estoy soñando, pero dentro del sueño sé que estoy soñando. El propósito del Curso es enseñarnos a ser soñadores lúcidos en el mundo, a ser conscientes de que todo esto es un sueño y nada más.

(6:7-8) … quienes observan a los personajes del sueño ir y venir, variar y cambiar, sufrir y morir. Mas no se dejan engañar por lo que ven.

No negamos todo lo que sucede en el mundo. No negamos lo que parece ser el sufrimiento, la muerte y todos los demás cambios que ocurren en el mundo. Pero no nos dejamos engañar por ellos, porque nos damos cuenta de que solo estamos observando a las figuras del sueño.

(6:9) Reconocen que considerar a una de las figuras del sueño como enferma y separada, no es más real que considerarla saludable y hermosa.

Hay algunas declaraciones muy claras en este pasaje. La dicha estriba en saber que nada de aquí es bueno; nada de aquí es malo. Nada de aquí es saludable; nada de aquí está enfermo. Nada de aquí está vivo; nada de aquí está muerto. Como maestro de Dios avanzado, vivo con estos entendimientos. Vivo en el mundo, operando plenamente como títere con todos los demás títeres, haciendo lo que todos los demás hacen. Pero me doy cuenta de que todo es un sueño y que todo es inventado. Y eso hace que mi mente sea completamente accesible al Amor de Dios que está dentro, lo que significa que todo lo que haga será amoroso y reconfortante. No como el mundo lo juzga, porque el amor y confort del mundo siempre tiene un inconveniente: el precio que habremos de pagar por ello.

El amor que proviene de Jesús no trae consigo ningún precio ni costo. De modo que puedo estar plenamente atento a todo el sufrimiento y dolor porque me doy cuenta de que no hay sufrimiento y dolor, solo una creencia en el sufrimiento y dolor. El poder del amor en mi mente se extiende a la creencia errónea en tu mente y la sana. Simplemente soy un recordatorio de dónde están la verdad y la sanación.

(6:10-11) La unidad es lo único que no forma parte de los sueños. Y esta unidad [la unidad que es Dios] es la que los maestros de Dios reconocen que se encuentra detrás del sueño, más allá de toda apariencia y la que, no obstante, es sin lugar a dudas la de ellos.

Los sueños producen un mundo de multiplicidad, separación y dualidad, no de unidad. Entonces vivo en el mundo, pero sé que no formo parte de él. Sé que formo parte del Cielo, de la unidad, y que nunca he abandonado la casa de mi Padre. No obstante, sigo viviendo en el mundo de los sueños. Ese es el desafío: estar plenamente atento al mundo de los sueños, pero no dejarme embaucar por nada de lo que ocurre aquí. Unirme al Amor de Dios en mi mente me permite hacer eso.