Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XXVII
¿Qué relación existe entre la curación y la Expiación? (M-22)

La sección que veremos ahora habla mucho sobre el maestro de Dios en términos de la enfermedad y la curación. Comenzaremos hacia el final del primer párrafo:

(1:9-12) Perdonar es curar. El maestro de Dios ha decidido que aceptar la Expiación para sí mismo es su única función. ¿Qué puede haber, entonces, que él no pueda curar? ¿Qué milagro se le podría negar?

Como maestro de Dios avanzado, me doy cuenta de que no tengo otra función aparte de que se sane mi mente. Mi función no es curar a otros, ni traer paz y amor al mundo, ni salvar personas o cosas en el mundo. Mi función es simplemente aceptar la Expiación para mí mismo. Una vez que esa sanación ha sido aceptada en mi mente, no hay nada que yo no pueda sanar, porque mi mente se ha unido a todo. Esto no significa que el mundo físico necesariamente vaya a cambiar, que las personas a mi alrededor descartarán sus muletas y empezarán a andar, etc. Simplemente significa que el pensamiento sanador dentro de mi mente se ha unido a la necesidad de sanación en la mente de todos los demás.

(2:1) El progreso del maestro de Dios puede ser lento o rápido, dependiendo de si reconoce el estado de total inclusión de la Expiación o de si, por algún tiempo, excluye de ella ciertas áreas problemáticas.

Ya comentamos esta idea cuando veíamos la «fe» bajo las características de un maestro de Dios. El maestro de Dios avanzado tiene fe en que este principio incluye todas las situaciones sin excepción, ¡forzosamente! Excluir ciertas áreas y decir que puedo perdonar todo, excepto el aborto, o excepto el genocidio, o excepto los prejuicios, o excepto esto o lo otro, es hacer que el error sea real y decir que hay una jerarquía de ilusiones, la primera ley del caos.

Mi progreso como maestro de Dios y como estudiante del Curso está marcado por mi capacidad de generalizar esta lección de perdón a todo y a todas las personas, y de no darle a nada ni a nadie en este mundo poder sobre el principio de Expiación. Si la separación de Dios nunca ocurrió, que es lo que dice este principio, nada en este mundo puede ser real porque todo en este mundo habla de separación.

Entonces, a medida que transcurre nuestro día, queremos ser cada vez más sensibles a aquellas cosas que nos sacan de quicio, que nos irritan, que nos hacen sentirnos temerosos, culpables o nos enferman. Y queremos ser conscientes de que cuando suceden estas cosas, es porque hemos olvidado que el Amor de Dios es todo lo que hay. Cualquier otra cosa que parezca diferente en este mundo (sufrimiento, dolor, maldad, pecado) ha de estar fuera de Su Amor. Por lo tanto, no existe; no ejerce ningún poder sobre nuestras mentes, ni tiene el poder de quitarnos el Amor y la paz de Dios que realmente somos.

El desafío, nuevamente, es no hacer excepciones y, cuando las hacemos, percatarnos de ellas sin sentirnos culpables. Basta decir: «He hecho una excepción porque hay una parte de mi mente que todavía teme al Amor de Dios. Y por eso estoy usando esto como una forma de racionalizar la decisión que tomé de mantener apartado de mí el Amor de Dios».

(2:2) En algunos casos se alcanza una súbita y total conciencia de cuán perfectamente aplicable es la lección de la Expiación a todas las situaciones, mas esos casos son relativamente raros.

Jesús está diciendo que es posible que alguien dé un cambio súbito y comprenda que todo es ilusorio, pero eso no suele suceder. La mayoría de las veces es un proceso.

(2:3) El maestro de Dios puede haber aceptado la función que Dios le ha encomendado mucho antes de haber comprendido todo lo que esa aceptación le comporta.

Puede que haya aceptado que mi función es aprender a perdonar, sanar mi mente y aceptar la Expiación, pero realmente no tengo conciencia de lo que eso implica de verdad, ¡cosa que por lo general es una bendición! La sección que nos saltamos, llamada «El desarrollo de la confianza» (M-4.I-A), habla de esto como un proceso que incluye seis etapas. Tal vez una parte de nuestras mentes haya aceptado nuestra función, pero no somos realmente conscientes de lo que esto implica. Las seis etapas describen, pues, el proceso de volvernos cada vez más conscientes de lo que realmente significa desprendernos de lo que nunca ha existido.

(2:4-6) Solo el final es seguro. En cualquier momento a lo largo de su camino, puede alcanzar el entendimiento necesario de lo que significa la total inclusión. Si el camino le parece largo, que no se desanime.

En otras palabras, Jesús nos está diciendo que no seamos impacientes y que no nos juzguemos severamente ni nos sintamos culpables por todavía no ser perfectos.

(2:7-8) Ya ha decidido qué rumbo quiere tomar. Eso fue lo único que se le pidió.

El libro de ejercicios básicamente nos ayuda a decidir qué rumbo queremos tomar ayudándonos a ver que nos conviene tomar el camino del Espíritu Santo en lugar de tomar el del ego. Como hemos visto, eso no significa que, cuando hayamos completado el libro de ejercicios, estaremos a un paso del Cielo. Por eso el Curso, refiriéndose a sí mismo, dice: «Este curso es un comienzo, no un final» (L-pII.ep.1:1).

(2:9) Y habiendo cumplido con lo requerido [estar levemente dispuesto], ¿le negaría Dios lo demás?

Y eso realmente es confianza, como decíamos al principio. Desarrollamos confianza y paciencia, pues una vez que hemos comenzado este camino, lo completaremos porque el Amor de Dios nos acompaña paso a paso, a todo lo largo del recorrido. Solo es necesario que seamos conscientes de que estamos involucrados en un proceso, un recorrido, con el Amor del Espíritu Santo, que nos enseñará día a día lo que tenemos que aprender. Y no hay castigo por asustarnos o sentirnos culpables, o un día decir: «No voy a aprender esto; voy a hacerlo a la manera del ego: quiero sentirme enojado, deprimido, cruel y culpable». Podemos hacer todo eso sin culpa ni miedo. La única sanción o castigo será que ese día nos sentiremos desdichados, eso es todo. Estamos eligiendo sentirnos desdichados porque nos da demasiado miedo la paz de Dios. No hay problema; no es pecado.

(3:1) Para que el maestro de Dios pueda progresar, necesita comprender que perdonar es curar.

En otras palabras, no hay diferencia. El perdón y la sanación no son más que formas distintas. Enojarme y atacarte a ti ahí fuera es un error, y el perdón lo deshace. Básicamente, he tomado la culpabilidad en la mente y la he proyectado en tu cuerpo para justificar mi ataque. Perdonar es el término que el Curso le asigna a deshacer eso.

El proceso es exactamente el mismo cuando proyecto mi culpabilidad sobre mi cuerpo y me enfermo, excepto que lo llamamos enfermedad en lugar de enojo. En este caso, la solución se llama curación, pero la dinámica y el proceso son esencialmente los mismos.

(3:2) La idea de que un cuerpo puede enfermar es uno de los conceptos fundamentales del sistema de pensamiento del ego.

Eso hace que el cuerpo sea real, hace que el castigo de Dios sea real y mantiene la protección de la mente.

(3:3-4) Dicho sistema le otorga autonomía al cuerpo, lo separa de la mente y mantiene intacta la idea del ataque. Si el cuerpo pudiese realmente enfermar, la Expiación sería imposible.

La idea de que el cuerpo está enfermo hace que parezca que el cuerpo es autónomo con respecto a la mente. Así, no creo que mi mente haya hecho que mi cuerpo se enfermara, creo que fue un germen, un virus u otra cosa en el mundo. Por lo tanto, el cuerpo está separado de la mente, y el ataque se mantiene inviolado o sacrosanto. En otras palabras, el ataque se ha hecho real y nunca se puede revertir.

Si el cuerpo puede estar enfermo, entonces la separación y el ataque son reales, y la Expiación es una mentira. Ese obviamente no es el concepto que el mundo tiene de la expiación. En el judaísmo y el cristianismo la expiación connota el sufrimiento y el sacrificio como redención y como lo que Dios quiere. Pero esa es la expiación del ego. Esa no es la Expiación del Espíritu Santo, que corrige el error al mostrar que nunca hubo tal. La expiación del mundo «corrige» el error al establecer que el pecado es real y luego decir que tenemos que sufrir y sacrificarnos para expiarlo, lo que por supuesto mantiene la realidad del pecado. No suelta el pecado ni lo deshace.

(3:5) Un cuerpo que pudiera ordenarle a la mente hacer lo que a él le plazca, podría sencillamente ocupar el lugar de Dios y probar que la salvación es imposible.

El ego ha revertido causa y efecto. De hecho, la mente es la causa y el cuerpo es el efecto. Mi mente hace que me enferme. Pero el ego no quiere que lo recuerde, por lo que voltea de cabeza la relación causal. Ahora mi cuerpo es la fuente de la enfermedad, que tiene un efecto en mí y por eso experimento dolor. Si eso fuera cierto, mi cuerpo tendría todo el poder. Habría usurpado el papel de Dios, y la salvación sería imposible. Si la salvación solo puede proceder de Dios, y Dios ha sido reemplazado por el ego, ahora solo es posible la salvación del ego. Y, por supuesto, esa salvación no salva en absoluto, solamente condena.

(3:6-9) ¿Qué quedaría, entonces, que necesitase curación? Pues el cuerpo se habría señoreado de la mente. ¿Cómo podría entonces devolvérsele la mente al Espíritu Santo sin destruir el cuerpo? ¿Y quién iba a querer la salvación a ese precio?

Sin embargo, eso es exactamente lo que el mundo siempre ha elegido. Se considera que el cuerpo es la causa y la mente es el efecto. El cuerpo es la prisión en la que la mente está atrapada. Y la mente solo puede ser libre si se mata al cuerpo. Entonces, muchos cristianos, por ejemplo, han desedo morir y que el Señor Jesús venga para llevarlos de regreso, algunos incluso rezan pidiendo la muerte, como si el problema fuera el cuerpo.

(4:1-3) Ciertamente no parece que la enfermedad sea una decisión. Ni nadie cree realmente que lo que quiere es estar enfermo. Tal vez pueda aceptar la idea en teoría, pero rara vez la aplica de manera coherente, a todas las clases de enfermedad que percibe en sí mismo o en los demás.

Creo que esto es sumamente importante porque es evidente que es así. Incluso si podemos aceptar en principio que la mente hace que el cuerpo se enferme, es muy difícil aplicar ese principio en todas las situaciones, sin excepción, tanto a uno mismo y a todos los demás en el mundo. Ese es uno de los sellos distintivos de un maestro avanzado: el reconocimiento de que este principio es válido sin excepción.

(4:4-5) No es tampoco en este nivel [el nivel del cuerpo] donde el maestro de Dios invoca el milagro de la curación. Él mira más allá de la mente y del cuerpo, y ve únicamente la faz de Cristo resplandeciendo ante él, corrigiendo todos los errores y sanando toda percepción.

En otras palabras, paso por alto la enfermedad en el cuerpo y la enfermedad en la mente; ambas son igualmente ilusorias. El cuerpo no está enfermo y la mente no está enferma porque no hay pensamiento de separación. Miro directamente el principio de Expiación: el error, la separación de Dios, nunca ocurrió. La culpabilidad en mi mente es irreal y, por lo tanto, la proyección de la culpabilidad sobre mi cuerpo también ha de ser irreal. La «faz de Cristo» no es nada literal o físico, es simplemente la cara de inculpabilidad o inocencia.

(4:6) La curación es el resultado del reconocimiento por parte del maestro de Dios de quién es el que necesita ser curado.

No eres tú; la que necesita sanación es mi mente.

(4:7-9) Este reconocimiento no tiene un marco de referencia especial. Es verdad con respecto a todas las cosas que Dios creó. En dicho reconocimiento se subsanan todas las ilusiones.

Como maestro de Dios, reconozco que, si te he percibido enfermo o con dolor, la que necesita sanación es mi mente