Qué significa ser un maestro de Dios

Extractos del taller realizado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XXVIII
¿Qué relación existe entre la curación y la Expiación? (M-22) (conclusión)

(5:1-2) Cuando un maestro de Dios no puede curar es porque se ha olvidado de Quién es. De esta forma, la enfermedad de otro pasa a ser suya.

Este es el principio central de la curación. No he podido sanar si hago que tu error sea real. Si considero reales tu enfermedad y tu sufrimiento, he olvidado Quién soy, y ahora estoy tan enfermo como tú, porque me estoy identificando con mi ego.

(5:3-5) Al permitir que esto suceda, se identifica con el ego de otro y, por consiguiente, confunde a este con un cuerpo. Al hacer eso, se niega a aceptar la Expiación para sí mismo, y es imposible que pueda ofrecérsela a su hermano en el Nombre de Cristo. De hecho, será incapaz de reconocer a su hermano en absoluto, pues su Padre no creó cuerpos y, por lo tanto, solo estaría viendo en su hermano lo irreal.

Esta es otra declaración clara en el Curso de que, así como Dios no creó el mundo, tampoco creó cuerpos. Entonces, si te estoy viendo como un cuerpo —y así ha de ser si te estoy viendo enfermo—, no debo estar viéndote como Dios te ha creado. Te estoy viendo como una ilusión, lo que significa que te estoy viendo irreal porque quiero considerarme a mí mismo irreal. Tengo miedo de la realidad de Quién soy realmente. Tengo miedo del amor.

(5:6-10) Un error no puede corregir otro error, y una percepción distorsionada no cura. Hazte a un lado, maestro de Dios. Te has equivocado. No señales el camino, pues has perdido el rumbo. Dirígete de inmediato a tu Maestro y deja que te cure.

Esta es una declaración clara del proceso. Me doy cuenta de cuándo se ha interpuesto mi ego. Y eso lo sé por las distorsiones de la percepción, por considerar reales el sufrimiento y la enfermedad, ha de haber algo que me produce sentimientos de culpa, algo que no quiero mirar, algo que quiero corregir. Entonces, si quiero hacer cualquier cosa, en uno u otro sentido, con respecto a algo, mi percepción está enferma. Por lo tanto, necesito distanciarme de mi ego y decir: «Debe haber otra forma de mirar esto. ¡Ayuda por favor!».

(6:1-2) La ofrenda de la Expiación es universal. Es aplicable por igual a todo el mundo y en cualquier circunstancia. En ella reside el poder de curar a cualquier persona de cualquier clase de enfermedad.

Nuevamente, no hay grados de dificultad en los milagros. Este principio funciona sin importar lo que esté sucediendo en el mundo, porque no hay ningún mundo fuera de mi mente. Todo está dentro de mi mente. Y cada problema que percibo en el mundo, independientemente de su forma, surge porque primero miré dentro de mi mente y percibí el problema ahí. Y el problema es mi culpabilidad y mi miedo al castigo de Dios. Así que todo lo que tengo que hacer es traer mi mente de vuelta a ese punto en el que elegí la culpabilidad y el miedo y decir: «Mi ego no es el que está en lo cierto; el Espíritu Santo es el que lo está. Ahora puedo hacer otra elección». En ese momento desaparecen todos mis problemas. Ahora bien, tal vez no necesariamente cambien las formas que adopten en el mundo, pero los problemas desaparecerán en mi percepción. En lugar de ver problemas ahí fuera que requieren ser reparados, cambiados, curados o resueltos, veo una expresión de amor o una petición de amor, que reciben la misma contestación del amor en mi mente. Y eso es lo único que percibo.

(6:3) En ella reside el poder de curar a cualquier persona de cualquier clase de enfermedad.

Por decirlo de nuevo, esto no se refiere a nada externo o físico. La forma de enfermedad es simplemente una máscara que oculta la enfermedad de culpa y separación en la mente. El objetivo de la curación no es cambiar la forma. Si estás físicamente enfermo, tu enfermedad procede de un pensamiento enfermo de culpabilidad en tu mente. Entonces, cuando mi mente está sanada, para que solo fluya el amor a través de ella y es todo lo que te expreso ya que tu mente está unida a la mía, tu mente también se sana. En ese momento, si eliges aceptar esa unión y ese amor, la forma de tu enfermedad desaparecerá. Si eliges aceptarla o no, es elección tuya. Ese es el significado de este pasaje.

Entonces mi mente sana el pensamiento —no la forma— de enfermedad en tu mente. No puedo curar la forma de la enfermedad, ya que fue tu mente la que la fabricó. Yo no la fabriqué. Pero la curo deshaciendo el pensamiento de enfermedad que fabricó la forma de la enfermedad, y ese pensamiento de enfermedad en tu mente es el pensamiento de separación. Si me uno contigo y acepto la unión y la unidad que hay ahí, entonces tu mente se cura de ese pensamiento de separación. Tú puedes aceptar o no aceptar la curación. Si la aceptas, la forma de la enfermedad desaparecerá. Si no lo aceptas, tanto la forma como el pensamiento de separación permanecen. Pero el pensamiento de curación también permanece hasta el momento en que puedas aceptarlo.

(6:4) No creer esto es ser injusto con Dios y, por ende, serle infiel.

Obviamente, Dios no percibe que seamos injustos con Él, pero en nuestras mentes somos injustos con Dios porque nuestra incredulidad es un ataque contra Él. Dice: «Hay algo en este mundo que tiene el poder de resistir Tu Amor» o, como dice el texto: «…hay un poder más allá de la omnipotencia» (T-29.VIII.6:2). Hay un poder en este mundo que es mayor que el poder del Amor, y ese sería el poder del ego.

(6:5-6) El que está enfermo se percibe a sí mismo como separado de Dios. ¿Quieres verle tú además separado de ti?

Toda enfermedad proviene de la creencia básica de que estamos separados de Dios. De lo contrario no estaríamos enfermos. La enfermedad no se define por nada del cuerpo. Se define por un pensamiento en la mente.

(6:7-9) Tu tarea es sanar la sensación de separación que le hizo enfermar. Tu función es reconocer por él que lo que cree acerca de sí mismo no es verdad. Tu perdón debe mostrarle eso.

De nuevo, no es lo que decimos o hacemos. Simplemente somos un recordatorio de la verdad: el perdón hace eso. El perdón elimina todos los impedimentos, obstáculos y bloqueos en nuestras mentes que impedirían que el Amor y la verdad de Dios fluyeran a través de nosotros. Por lo tanto, este pasaje afirma claramente que todo lo que necesitamos hacer es perdonar. El perdón hace que toda curación sea posible.

(6:10-14) Curar es muy simple. La Expiación se recibe y se ofrece. Habiéndose recibido, tiene que haberse aceptado. Es en el recibir, pues, donde yace la curación. Todo lo demás se deriva de este único propósito.

Es interesante que esto no diga: «La Expiación se ofrece y se recibe». La razón por la que se invierte es que es simultáneo. La curación es simple porque acepto la Expiación dentro de mí, te la ofrezco y tú la recibes. La otra forma de entender este pasaje es que yo soy quien recibe la Expiación y luego te la ofrezco. Se puede entender en ambos sentidos.

(7:1) ¿Quién podría limitar el poder de Dios Mismo?

El ego dice: «Puedo limitar el poder de Dios Mismo». La enfermedad dice: «Puedo limitar el poder de Dios Mismo». Este mundo dice: «Puedo limitar el poder de Dios Mismo». El mundo entero se convierte en un símbolo del anticristo en el sentido de que hay un poder más allá de la omnipotencia del Cielo.
Cuando el ego dice: «Puedo hacer un mundo en el que Dios no puede entrar», afirma su creencia de que tiene el poder de impedir la entrada de Dios.

Ahora bien, la verdad es que Dios no puede entrar en este mundo porque no hay mundo. ¿Cómo puede Dios entrar en una ilusión? Pero eso no es lo que nos dice el ego. El ego nos dice que fabricaremos un mundo y que Dios no podrá entrar porque somos más poderosos que Él. Entonces, básicamente, Dios es impotente.

El ego dice: «Ves, podemos hacer todas estas cosas terribles en el mundo y Dios no interviene. ¡Eso te muestra lo poderoso que es este gran Dios tuyo! ¡No puede hacer nada!». El verdadero poder de Dios es que Él no interviene porque aquí no hay nada en lo que Él pueda intervenir. El poder de Dios es que Él es únicamente la verdad y la realidad, y por lo tanto no conoce nada ajeno a Él. Eso constituye el poder de Dios. El ego lo voltea y afirma que Dios es impotente y que el ego es todopoderoso.

(7:2-3) ¿Quién, entonces, podría determinar quién se puede curar y de qué enfermedad, y qué debe permanecer excluido del poder de perdonar de Dios? Esto ciertamente sería una locura.

Sin embargo, eso es lo que todos decimos. Decimos que algunas personas son resistentes a la curación, algunas enfermedades no pueden ser curadas, etc. En otras palabras, hacemos una jerarquía de ilusiones: « hay grados de dificultad en los milagros. El Amor de Dios puede ayudar en algunos lugares, con algunas personas, con algunos problemas, pero no con todos ellos». Decimos esto porque realmente creemos que hay un mundo aquí.

El Amor de Dios lo cura todo porque solo hay un problema: la creencia de que hay un problema y que hay un lugar fuera de este Amor. El Amor de Dios es la declaración que dice que no hay nada afuera. En ese principio, en la aceptación de esa verdad, todos los problemas desaparecen.

Pero inventamos leyes de curación y leyes de Dios. Inventamos leyes sobre lo que hará el Amor de Dios y cuál será el castigo de Dios. Todas las teologías hacen eso. Estos son los intentos del ego de controlar a Dios y básicamente de jugar a ser Dios. Le decimos a Dios lo que debe pensar y lo que debe hacer. La sección «Las leyes del caos» (T-23.II) es probablemente la declaración más clara en el Curso sobre la demencia de esto.

(7:4) La función de los maestros de Dios no es imponer límites al Padre, ya que no es su función juzgar a Su Hijo.

El juicio es una fabricación del ego. Estamos juzgando cuando tomamos partido, o decimos que un problema es peor que otro.

(7:5-6) Y juzgar al Hijo es limitar a su Padre. Ambas cosas están igualmente desprovistas de sentido.

De tal padre, tal hijo. Si decimos que el Hijo de Dios es limitado o que el Hijo de Dios es un cuerpo, entonces debemos decir que Dios es limitado o que Él también es un cuerpo. Tanto la idea de que podríamos juzgar al Hijo de Dios como la idea de que podríamos limitar a Dios están igualmente desprovistas de sentido.

(7:7) Sin embargo, esto no se comprenderá hasta que el maestro de Dios reconozca que ambas no son sino el mismo error.

Ahora, comprender que ambas son el mismo error significa reconocer que hacer realidad cualquier aspecto del mundo juzgando aspectos de la Filiación —algunos están enfermos, otros están bien; algunos son guapos, otros son feos; algunos son viejos, algunos son jóvenes; algunos nacen, algunos han muerto; algunos son buenos, algunos son malos— es limitar a Dios.

Así no suele pensar el mundo. Pero eso es lo que dice el Curso. El Hijo ha de ser como el Padre. Si Dios es la unidad total, es perfecto y es puro Amor, entonces Su Hijo, Cristo, forzosamente ha de tener exactamente los mismos atributos, sin ninguna diferencia, sin ninguna excepción. Entonces, si al Hijo lo veo limitado y fragmentado, entonces debo decir exactamente lo mismo acerca de Dios. Sin embargo, si digo que Dios es perfecto y que todo lo ama, lo mismo debe ser cierto de Cristo. De ahí se desprende que todo lo que yo perciba diferente de ese amor y perfección debe ser irreal porque no puede proceder de Dios.

Ese es el significado de dichas líneas: reconozco que lo que digo acerca de Dios debe ser cierto acerca de Su Hijo, y lo que digo acerca de Su Hijo debe ser cierto acerca de Dios. Y si creo que el Hijo puede estar enfermo y morir, entonces debo decir que lo mismo es cierto de Dios, que Dios puede verse limitado y ser atacado.

(7:8) Con esto recibe la Expiación, pues deja de juzgar al Hijo de Dios y lo acepta tal como el Padre lo creó.

Cuando reconozco que el Hijo debe ser como el Padre, esa es la Expiación. Estoy diciendo que, si Dios es perfecto Amor y unión, Su Hijo, que es como Él, también debe serlo. El ego ha negado eso, diciendo: «El Hijo no es como la creación de Dios. No es como lo que Dios creó. Es un Hijo limitado, fragmentado, separado y culpable». Entonces, aceptar la Expiación para mí mismo significa aceptar mi Identidad como el Hijo de Dios, tal como Él me ha creado: perfecto, amoroso y uno con Él. Y esto significa que todo lo que veo en este mundo debe ser una ilusión, porque este mundo obviamente no es como Dios.

(7:9) Ya no se encuentra separado de Dios, determinando dónde se debe otorgar la curación y dónde debe negarse.

Esto, por supuesto, es lo que todos hacemos. Tomamos partido.

(7:10) Ahora puede decir con Dios: «Este es mi Hijo amado, que fue creado perfecto y que así ha de permanecer eternamente».

Decimos esto a todas y cada una de las partes aparentemente fragmentadas de la Filiación, incluidos nosotros mismos. Y así, ya no veo la enfermedad, la muerte, el dolor, el especialismo o las diferencias como reales. Aquí veo a cada cual simplemente como un niño asustado, que se tapa los ojos con un velo o una manta para ocultarse esta verdad: que somos como Dios nos ha creado. Somos perfectos y esa perfección nunca se puede cambiar.

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Pensé que podríamos concluir leyendo el último párrafo del manual para el maestro (M-29.7-8), seguido del bello poema de cierre, que es una hermosa expresión de lo que significa ser un maestro de Dios. La primera persona en estos pasajes, por supuesto, es Jesús: nos habla y nos agradece que estemos dispuestos a unirnos a él para que aunados a él podamos ser las expresiones de la Voz de Dios en el mundo.

(7) Recuerda que tú eres Su compleción y Su Amor. Recuerda que tu debilidad es Su fortaleza. Pero no interpretes esto apresuradamente o erróneamente. Si Su fortaleza está en ti, lo que percibes como tu debilidad no es más que ilusión. Y Él te ha proporcionado los medios para probarlo. Pídele todo a Su Maestro y todo se te dará. No en el futuro, sino inmediatamente: ahora mismo. Dios no espera, pues esperar comporta tiempo y Él es intemporal. Olvida tus absurdas imágenes, tu sensación de debilidad y el temor a ser herido; tus sueños de peligro y tu selección de «ofensas». Dios solo conoce a Su Hijo, Quien sigue siendo exactamente tal como fue creado. Yo te pongo en Sus Manos con plena confianza y doy gracias por ti de que así sea.

(8) Y ahora, bendito seas en todo lo que hagas.
Dios te pide ayuda para salvar el mundo.
Maestro de Dios, Él te ofrece Su Gratitud
y el mundo entero queda en silencio ante la gracia
del Padre que traes contigo. Tú eres el Hijo que Él ama,
y te es dado ser el medio a través del cual
Su Voz se oye por todo el mundo,
para poner fin a todo lo temporal,
para acabar con la visión de todo lo visible
y para deshacer todas las cosas cambiantes.
A través de ti se anuncia un mundo que,
aunque no se ve ni se oye, está realmente ahí.
Santo eres, y en tu luz el mundo refleja tu santidad,
pues no estás solo y sin amigos. Doy gracias por ti
y me uno a tus esfuerzos en Nombre de Dios,
sabiendo que también lo son en mi nombre y en el nombre
de todos aquellos que junto conmigo se dirigen a Dios.


AMÉN