«Reglas para tomar decisiones»
(Texto - Capítulo 30 - Sección I)

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte I
Introducción

Por el título del taller, «Reglas para tomar decisiones», es evidente que dedicaremos la mayor parte del taller a esa sección del capítulo 30, y que todo el taller girará en torno a esa sección del texto en particular. Examinaremos varias otras partes del Curso que también guardan relación con los temas de esa sección. Como también es obvio por el título, el tema central que abordaremos es la idea de elegir o decidir. Todo el Curso, y sobre todo esta sección, deja claro que en todo momento solo tenemos a nuestro alcance dos opciones posibles: elegir que el ego sea nuestro maestro o «consejero» (el término utilizado en esta sección) o elegir a Jesús o al Espíritu Santo. Voy a pasar mucho tiempo hablando de Jesús y de lo que significa elegirlo a él como consejero o maestro, en lugar de elegir al ego. Sin embargo, primero quisiera proporcionar cierto contexto metafísico para toda la idea de elegir al ego o al Espíritu Santo. Una gran parte de lo que comentaremos durante este taller no será muy metafísico. Esta es una sección muy práctica y sencilla por la forma en que describe cómo es la experiencia de elegir al ego o al Espíritu Santo. Pero, así como con cualquier comentario del Curso que tenga que ver con lo específico o lo práctico —cómo nos comportamos dentro del sueño o en este mundo—, si primero no entendemos la metafísica primordial del Curso, la aplicación práctica no tendrá sentido. Así que comenzaremos con eso. Esta será una versión bastante abreviada de mi presentación habitual.

El siguiente diagrama se trazó sobre la pizarra durante el taller, y Kenneth hizo referencia a él con frecuencia a lo largo de sus comentarios.

El Cielo

Empezamos, como siempre, por el Comienzo que es el Cielo, y Dios y Cristo son los dos entes que moran en el Cielo. La característica principal del Cielo es que es un estado de Unidad perfecta, que significa literalmente, como dice el Curso, que no hay ningún lugar en el que el Padre acabe y el Hijo comience (L-pI.132.12:4). En otras palabras, no hay diferenciación en el Cielo entre Dios y Cristo. No hay personalidad separada o conciencia separada en Uno que pueda observarse a sí mismo en relación con el Otro. De hecho, en el Cielo no existen los términos «Dios» o «Cristo». Estos son términos que usamos dentro del sueño, dentro de la ilusión, para tratar de describir cómo es el estado del Cielo. Pero aquí no hay manera de que nadie pueda conocer lo que es un estado de perfecta unión o de perfecta Unidad. Este fin de semana hablaremos mucho sobre la mente. Cuando hablamos del Cielo estamos hablando de una Mente: el Curso con frecuencia habla de la Mente de Dios o de la Mente de Cristo. La Mente de Dios y la Mente de Cristo están totalmente unificadas, de manera que —una vez más— no hay ningún lugar en el que la Mente de Dios acabe y la Mente de Cristo comience. Estos son términos que solo tienen sentido para nosotros aquí, pero que no significarían nada en el Cielo. Esta es una idea importante en la que vamos a profundizar, pues también implica que en el Cielo no se decide ni se elige. En el Cielo no hay libre albedrío porque el libre albedrío, tomar decisiones o elegir, reflejan el pensamiento de que existen opciones entre las cuales puedes elegir.

Ahora bien, si todo lo que existe es la perfecta Unidad o lo que podríamos llamar un estado de no dualidad, no hay absolutamente nada entre lo cual puedas elegir. No hay manera de que Cristo, el Hijo de Dios, pueda elegir ser distinto de lo que es: una creación de Dios totalmente unificada con Su Fuente. Así que la idea judeocristiana de que Dios dotó a Su creación de libre albedrío, de una voluntad que pudiera elegir una realidad, un pensamiento o un ser distintos de Dios, es imposible desde la perspectiva del Curso. Este es un sistema puramente no dualista. Toda la noción de Dios que se encuentra en la Biblia, que obviamente es la piedra angular tanto del judaísmo como del cristianismo, es la de un Dios dualista. Es un Dios que coexiste con el diablo, un Dios del bien que coexiste con el mal. Es un Dios que permite que se elija en Su contra, como se encuentra en la historia de Adán y Eva, donde los dos pecadores desobedecen el reglamento de Dios y eligen comer del fruto prohibido. Eso es imposible en el estado del Cielo según lo que nos enseña el Curso. Una vez más, estamos hablando de un estado perfectamente no dualista en el que no hay elección en absoluto, en el que no hay decisión. Esta idea importante, que enfatizaremos más adelante en el taller, significa que todo el concepto de elegir es una ilusión, todo el concepto de decidir es una ilusión. No tiene nada de real. Eso no significa que no sea un concepto extremadamente importante: obviamente lo es. Pero es muy importante tener en cuenta que toda la noción de elegir o de tomar decisiones es intrínsecamente irreal, porque el único estado de realidad, para repetirlo una vez más, es el de la perfecta Unidad o no dualidad.

La mente escindida

Ahora hablaremos brevemente sobre aquello a lo cual el Curso se refiere como la «diminuta idea loca», que es el pensamiento de separación, que pareció adentrarse en la mente del Hijo de Dios y que en realidad nunca sucedió en absoluto: «Una diminuta idea loca, de la que el Hijo de Dios olvidó reírse, se adentró en la eternidad, donde todo es uno» (T-27.VIII.6:2). En realidad, esto nunca podría haber ocurrido, porque nunca podría haber un pensamiento que no fuera Dios. ¿Cómo podría haber un pensamiento de imperfección, un pensamiento de dualidad, un pensamiento de separación en la Mente de la perfecta Unidad? Eso es imposible; por lo tanto, nunca sucedió, pero creemos que sucedió. Este es el comienzo de lo que el Curso llama la mente escindida (siempre con «m» minúscula), la mente que resultó de la «diminuta idea loca». Esta mente a su vez se escinde en dos: la parte que llamamos el ego y la parte a la que nos referimos como el Espíritu Santo. Debo mencionar que, en todo este comentario, nada de lo que yo diga, ni de lo que el Curso dice al respecto, debe tomarse al pie de la letra. Son símbolos. El hecho es que Jesús nos está contando un mito. Los mitos no son verdad; tienen la intención de reflejar una realidad, pero ellos de por sí no son verdad; son símbolos. Y como Jesús dice en el manual para el maestro: «No olvidemos, no obstante, que las palabras no son más que símbolos de símbolos. Por lo tanto, están doblemente alejadas de la realidad» (M-21.1:9-10). Estamos hablando de palabras que son símbolos para denotar una idea o un pensamiento, pero el pensamiento en sí no es real. Es el lenguaje del mito o de la metáfora.

Así que cuando la «diminuta idea loca» pareció surgir en la mente del Hijo de Dios, también surgieron en esa misma mente dos maneras diferentes de ver esa «diminuta idea loca». Una es lo que llamamos el ego, la otra es lo que llamamos el Espíritu Santo. La manera de ver la «diminuta idea loca» del Espíritu Santo es a lo que el Curso se refiere como el principio de la Expiación: declara que la separación nunca sucedió. Es la manera del Espíritu Santo de decirle al Hijo de Dios: «Lo que estás mirando o pensando es simplemente un sueño tonto. No debe tomarse en serio, pues ¿cómo podría un pensamiento como este tener algún efecto sobre la realidad?». Hay una frase maravillosa en la sección llamada «El pequeño obstáculo»: «…no se perdió ni una sola nota del himno celestial» (T-26.V.5:4). En otras palabras, esta «diminuta idea loca», esta ocurrencia de estar separado de Dios no tuvo efecto alguno en el Cielo.

El Espíritu Santo puede considerarse, pues, como la memoria de la perfección de Dios, de la perfecta Unidad de Dios y Cristo, que el Hijo se llevó consigo al sueño. Y es la memoria que une de nuevo al Hijo con Dios, tal como la memoria de un ser amado que ha muerto nos une con ese ser amado. Piensas en esa persona a quien tanto quisiste y empiezas a sentir su presencia. Lloras; sientes alegría por los momentos felices que compartieron; sientes enojo por los momentos de infelicidad que tuvieron y por las ofensas a las cuales te aferras, pero tu memoria de esa persona es la que te une a ella, de modo que quizás sientas ahora cosas que pudiste haber sentido cuando la persona estaba viva. Por lo tanto, la función de la memoria en nuestra experiencia cotidiana es unirnos con algo del pasado. En este sentido, este recuerdo de Quiénes somos como Cristo es el vínculo entre nuestra experiencia actual y Quiénes somos de verdad en el Cielo. Así que, repito, cuando esa «diminuta idea loca» surgió, también hubo un pensamiento en la mente que dijo que lo imposible jamás sucedió. Este pensamiento es a lo que el Curso se refiere como el Espíritu Santo. Es el pensamiento que dice que la «diminuta idea loca» es simplemente eso: un pensamiento insignificante que no ha tenido efecto alguno y es del todo demente. Cuando Jesús utiliza la palabra «loco» o «locura» en el Curso, siempre es como un sinónimo de «demencia».

Por otro lado, sin embargo, está el ego, y el ego es un pensamiento que no solo dice que la separación ocurrió, sino que fue un acontecimiento terrible. El Hijo de Dios ha cometido una ofensa atroz contra su Creador y Fuente. Esto es lo que significa la palabra «pecado». Esta es una acción muy grave por la cual el Hijo tiene que sentirse culpable; y ahora debe sentir terror de la ira de Dios que busca vengarse de lo que el Hijo ha hecho. Según el ego, el Hijo ha robado el poder de Dios, ha robado la vida de Dios, ha usurpado Su papel como Creador, como Primera Causa, y sobre el cadáver de Dios, ahora se proclama a sí mismo como su propio creador y fuente. Esta es la versión del Curso del pecado original. Una vez más, esto jamás sucedió en realidad, pero este es el punto crucial dentro del sueño. Por consiguiente, si el Hijo elige al ego, acabará por creer que se ha separado de Dios. Se sentirá agobiado de culpa por lo que ha hecho y entonces creerá que Dios lo va a castigar.

Estas son las dos opciones que el Hijo de Dios tiene a su disposición. En el diagrama, representaremos, al Hijo de Dios que debe tomar una decisión, con un punto azul y lo llamaremos el tomador de decisiones. Aquellos que llevan algún tiempo estudiando el Curso saben que el término «tomador de decisiones» nunca aparece en el Curso en este contexto. En realidad, se utiliza una sola vez en el manual, pero en un contexto distinto. Es un nombre que le hemos puesto a esa parte de la mente escindida que debe elegir entre estos dos sistemas de pensamiento. Una y otra vez Jesús nos pide que elijamos de nuevo. En esta sección, «Reglas para tomar decisiones», desde luego es un tema importante: debemos decidir, debemos elegir. De hecho, podríamos decir —y más adelante en el taller, profundizaremos en esta idea— que la enseñanza central del Curso es que en efecto tenemos otra opción. Hemos elegido erróneamente, y ahora podemos elegir de nuevo. Y como ustedes saben, la última sección del Curso, esa hermosa sección «Elige de nuevo», lo reitera por última vez. Por lo tanto, la parte de nuestra mente que debe elegir o que debe decidir es la que simplemente hemos llamado el tomador de decisiones, para que sea más fácil referirnos a esa parte. Cuando Jesús se refiere al Hijo de Dios en el Curso, cuando se dirige al lector como «tú», este es el «tú» al cual se dirige: esta parte de nuestras mentes que debe elegir al ego o bien al Espíritu Santo.

Lo que sucedió —y todos somos testigos del hecho de que ha sucedido— es que como un solo Hijo nos volvimos hacia el ego y le dimos la espalda al Espíritu Santo. Básicamente dijimos que no creemos la historia del Espíritu Santo; más bien, le creemos al ego. Una vez más, estamos hablando mitológicamente, así que no es como si estuviéramos sosteniendo una conversación y estuviéramos expresando todas estas ideas, sino que en la mente del Hijo sucedió que a él le agradó estar por su cuenta. Si él, de hecho, hubiese escuchado al Espíritu Santo y se hubiera identificado con Su principio de la Expiación, la separación se hubiera esfumado en el mismo instante en que pareció presentarse. Toda individualidad se hubiera esfumado, el Hijo hubiera desaparecido en el Corazón de Dios y hubiera dejado de existir como un ser separado. Ahora, el Hijo existe dentro del sueño como un ser separado que tiene la libertad (o la ilusión de libertad) de elegir si escuchará la Voz que habla por Dios, como el Curso se refiere al Espíritu Santo, o bien escuchará la voz del ego. Le gusta estar solo. Le gusta la autonomía. Le gusta la individualidad con la que se ha identificado y que ha empezado a disfrutar. El término muy importante que el Curso utiliza para resumir esto que le gusta es su especialismo. En el Cielo no es especial. En el Cielo no existe como una personalidad separada. Ahora de pronto se encuentra solo y le gusta, le gusta ser especial. Y a estas alturas no es consciente del tremendo costo que se ha impuesto a sí mismo al dar la espalda al Espíritu Santo y volverse hacia el ego.

De hecho, podríamos decir que una de las principales cosas que Jesús hace por nosotros en el Curso es hacernos entender el tremendo precio que pagamos por seguir identificándonos con nuestro especialismo y con el ego. A medida que ustedes trabajen con el Curso, tras varios años se darán cuenta de exactamente cuán horrible ha sido ese precio. Si les parece malo ahora, esperen diez o quince años cuando realmente lleguen al meollo de todo esto y se den cuenta con verdadero horror de lo que realmente han hecho. Cuando se den cuenta de lo que han hecho dentro del sueño, comprenderán por qué su culpabilidad es tan fuerte. En realidad, esto no ha sucedido en absoluto, pero mientras crean que están aquí, mientras crean ser un individuo especial, mientras crean ser una personalidad separada, creerán que efectivamente han hecho algo monstruoso. Sin embargo, justo al principio, no somos conscientes de lo que hemos hecho. Pensamos que solo estamos jugando, pensamos que realmente disfrutamos nuestra libertad e individualidad recién encontradas, así que, como un solo Hijo —a estas alturas todavía estamos hablando de un solo Hijo de Dios— elegimos creer en el ego, lo cual significa que nos identificamos con el ego. Una vez que eliges creer en lo que dice el ego, no solo eliges creerle al ego, te conviertes en el ego. Así que te conviertes en este yo pecaminoso, culpable, dominado por el miedo. Ese es el precio que se pagó por el especialismo y por la ocurrencia de estar fuera del Cielo y por cuenta propia.

El mundo y el cuerpo

Una vez que el Hijo ha hecho esto, el ego se da cuenta de que tiene un problema potencial porque sabe que le ha «dado gato por liebre» al Hijo. El problema que enfrenta ahora es: ¿qué pasará si el Hijo de pronto se despierta una mañana y se da cuenta de lo que ha hecho? Cambiará de mentalidad. Se volverá en contra del ego y hacia el Espíritu Santo. Despertará del sueño. Desaparecerá en el Corazón de Dios. Entonces: adiós ego. Adiós individualidad. Adiós separación. Adiós especialismo. Adiós personalidad. Adiós vida —lo que el ego juzga vida.

Ahora que tiene al Hijo en sus garras, el ego hace una cosa más: se asegura de que el Hijo nunca más cambie de mentalidad. Y lo hace mediante una estrategia muy astuta: si el ego logra dejar al Hijo sin mente y que olvide que tiene una mente, ¿cómo va a poder el Hijo cambiarla? No puedes cambiar algo que no crees tener. Entonces el ego hace lo siguiente: se proyecta él mismo fuera de la mente y fabrica —o como dice en los primeros capítulos del Curso —crea falsamente un mundo de separación, que no es más que el reflejo aparentemente externo del pensamiento que está dentro. En otras palabras, el mundo resulta de tomar el contenido de esta caja del ego, que es una caja de pecado, culpabilidad y miedo con todos los demás pensamientos que lo acompañan, el ego simplemente toma todo eso que está dentro y dice que ahora está fuera. Una vez que ese pensamiento de separación se ha proyectado fuera de la mente, hace lo mismo que hace la separación: separa y separa, y separa, fragmenta, divide, subdivide, una y otra vez. Este es un proceso que parece transcurrir a lo largo de miles de millones de años. En realidad, ocurre en un instante; y en «la realidad real» (valga el barbarismo), nunca sucedió en absoluto. Una vez que se ha realizado el proceso de fragmentación, entonces cada uno de los fragmentos aparentes se coloca en lo que llamamos un cuerpo. El cuerpo de carne y hueso es la encarnación —si pueden perdonar el doble sentido— del ego. Es el pensamiento de separación ahora dado forma y revestido de un cuerpo, que por su misma naturaleza se separa de otros cuerpos y objetos. Así nació el mundo de la separación.

El cerebro, según se nos dice, es lo que regula al cuerpo. El cerebro no es la mente. El cerebro existe fuera de la mente como un reflejo del pensamiento que está dentro de la mente; pero no es la mente. Entonces, el ego lo que hace es dejar caer un velo sobre la mente del Hijo de Dios, y este velo —el velo del olvido— es la causa de que el Hijo de Dios olvide de dónde vino. Una vez más, simplemente vino de la proyección de un pensamiento en la mente. Uno de los principios importantes del Curso es que «las ideas no abandonan su fuente» (T-26.VII.4:7), es decir, que la idea de un cuerpo separado nunca se ha apartado de su fuente, la cual se encuentra en la mente. Esto a su vez significa que literalmente no existe mundo alguno ahí fuera. Existe la creencia de que hay un mundo ahí fuera, pero el mundo que creemos que está fuera de nosotros es simplemente la proyección de lo que hay en nuestro interior. Sin embargo, debido a este velo que cae sobre nuestras mentes, olvidamos de dónde vinimos. Se ha producido una escisión entre la idea y la fuente, entre la causa y el efecto, y ahora creemos que estamos en este mundo. Padecemos amnesia total, no recordamos ni remotamente de dónde hemos venido. Así que el ego ahora ha triunfado porque nos ha dejado sin mente. Y, para repetirlo, la importancia de esto es que, si no tenemos una mente, ¿cómo es posible que elijamos?

Todas las opciones que creemos tener están dentro de la ilusión, y todas son opciones inventadas. Esto se debe a que realmente no estamos eligiendo nada, simplemente estamos eligiendo una ilusión en lugar de otra. Prefiero esta ilusión antes que aquella ilusión. Hay este problema ilusorio por acá, así que tiene esa solución ilusoria que está por allá. En realidad, no hay nada. El único problema, como nos dice el Curso una y otra vez, es simplemente que dimos la espalda al Espíritu Santo y nos volvimos hacia el ego. En esencia, lo que hicimos fue apostarle al caballo equivocado. Y no nos dimos cuenta de que el caballo cayó muerto desde el arrancadero y no irá absolutamente a ninguna parte. Nos pasamos todo nuestro tiempo tratando de revivir a este caballo muerto y conseguir que nos lleve a alguna parte, y no hay manera de que lo haga porque no está vivo. Así que, en el Curso, Jesús nos está diciendo esencialmente: «Le apostaste al caballo equivocado. No te llevará a ninguna parte. Apuéstame a mí: yo te llevaré de regreso a casa». Pero somos tan testarudos y tan estúpidos y es tal nuestra demencia que persistimos en tratar de levantar a este caballo muerto. Y no va absolutamente a ninguna parte. Todas y cada una de las cosas que hacemos en este mundo es como un intento de revivir a un caballo muerto y conseguir que nos lleve a algún lugar, y no nos va a llevar a ningún lado. No puede llevarnos a la tierra prometida, no puede llevarnos a casa: está muerto. Me imagino subido en un caballo muerto. Le doy de latigazos, le hablo bonito, le hago todo tipo de cosas y no me oye. No hace absolutamente nada. Eso es lo que hacemos en el mundo. Eso es lo que hacemos con el cuerpo. Pero el cuerpo es un caballo muerto. No sabemos lo que estamos haciendo porque no conocemos otra cosa. El caballo no es el que trae puestas anteojeras, nosotros somos quienes traemos puestas anteojeras. Lo único que vemos es lo que el ego quiere que veamos: lo externo a nosotros. No nos hace ver dónde está el verdadero problema, que está en nuestro interior —en la mente.

De modo que, nuevamente, el único problema que tenemos es que nos volvimos en contra del Espíritu Santo y hacia el ego, lo cual significa que la única solución a todos nuestros problemas, o a lo que creemos que son todos nuestros problemas, es simplemente regresar a ese punto de elección en nuestras mentes y hacer otra elección: elegir en contra del ego y ahora a favor del Espíritu Santo. Eso es lo que hace el milagro. Por eso esto se llama Un curso de milagros. Lo que el milagro hace es tomar nuestra atención del mundo y traerla de vuelta a nuestra mente de modo que podamos hacer otra elección. Sin eso, esta sección, «Reglas para tomar decisiones», no tendría sentido. Lo que el milagro hace es que toma nuestra atención de nuestros problemas o preocupaciones en el mundo, en nuestro propio cuerpo o en el cuerpo de otra gente, y nos dice: «Este no es el problema, el problema está dentro de tu mente. Mira dentro de tu mente». Eso es todo lo que hace el milagro. Como dice Jesús muy claramente en el Curso, el milagro no elige por nosotros. Todo lo que hace es hacernos conscientes de la opción que tenemos. Remite el problema al interior de nuestras mentes para que hagamos otra elección. Finalmente podemos ver lo que elegimos, mirar el precio que hemos pagado por lo que elegimos, y darnos cuenta de que fue una estupidez: miramos al caballo y nos damos cuenta de que no está vivo. Entonces, en ese momento, elegir se torna significativo porque ahora podemos elegir de nuevo. Ahora nos damos cuenta de que hay otro caballo, otro sistema de pensamiento. Hay otra presencia en nuestras mentes, a la cual podemos elegir. Y si elegimos a esa presencia, realmente encontraremos la paz y el Amor de Dios.

En resumidas cuentas, este es el contexto de las «Reglas para tomar decisiones». Realmente es una forma de ayudarnos a aprender que en efecto tenemos una opción. Esto quiere decir que la esfera de actividad, la esfera de acción, no es el cuerpo ni el cerebro ni el mundo, sino la mente. Una vez que podamos remontarnos a nuestras mentes y darnos cuenta de cuál es la opción, la decisión correcta será obvia.