«Reglas para tomar decisiones»
(Texto - Capítulo 30 - Sección I)

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte VII
Regla 2 (cont.)

(T-17.VI.2:1-2) En cualquier situación en que no sepas qué hacer, lo primero que tienes que considerar es sencillamente esto: «¿Qué es lo que quiero que resulte de esta situación? ¿Qué propósito tiene?».

«Propósito» es otro tema clave en el Curso. En otra parte del texto Jesús dice que la única pregunta que debes hacer con respecto a cualquier cosa es: «¿Qué propósito tiene?» (T-24.VII.6:1). Su propósito te ayudará a entender la situación. Esto también refleja la naturaleza muy simple del Curso. Solo hay dos propósitos posibles en todo el universo. Uno es el de permanecer en el universo, que es el propósito del ego cuyo objetivo es mantener el especialismo y mantenernos a todos dentro del sueño. El otro es el de abandonar el universo, lo cual se logra a través del perdón. Uno es el propósito de reforzar el especialismo y la separación, y el otro es el de deshacer el especialismo mediante el perdón. No existe ningún otro propósito para nada. Por lo tanto, el propósito es un tema importante del Curso. Si se han familiarizado con el libro de ejercicios, lo constatarán, especialmente en las primeras lecciones, en las que se habla mucho del propósito de las cosas. Esto mismo es cierto del texto.

A la luz de la primera y la segunda regla para tomar decisiones, debemos tratar de ser tan conscientes como podamos a lo largo del día, de que estamos eligiendo uno de estos dos propósitos. El mundo nos dará toda clase de propósitos distintos para distraernos: tener un día exitoso en el trabajo, con esta persona, o en la bolsa de valores o en cualquier cosa que nos interese y consideremos importante. Siempre hay que procurar tener presente —esta es la parte de entrenamiento mental del Curso— que quieres ir más allá de la situación específica y del propósito específico que le has asignado a tu vida o a tu día en particular, y regresar a los únicos dos propósitos que son importantes: el propósito del ego, que es mantener la separación y el especialismo, o el propósito del Espíritu Santo, el cual es deshacer la separación y el especialismo.

Si crees que estás estudiando y aprendiendo este curso con seriedad, has de tomar en serio el objetivo final de este curso, que es que despertemos del sueño. Si te queda claro que esto es lo que quieres, debe significar que te esforzarás por ver todo tu día orientado hacia ese objetivo. Quieres prestar especial atención a la frecuencia con la que harás exactamente lo contrario. Cuando descubres que te estás sintiendo molesto, enfermo o víctima, que estás sintiendo lástima por ti mismo o abrigando resentimientos, etc., es porque has cambiado de meta y no te diste cuenta de haberlo hecho. De esto se trata el aspecto de entrenamiento mental del Curso: observa tu comportamiento, tus reacciones y tus sentimientos. Luego, da un paso hacia atrás y toma distancia de ellos. Siguiendo el sendero del milagro te distancias de tu percepción y la experiencia de tu cuerpo y te remontas al pensamiento que dio lugar a lo que estás experimentando. Como dije antes, si te encuentras enojado, molesto, infeliz o con cualquier tipo de dolor, no puede deberse a nada fuera de ti, porque no hay nada fuera de ti.

Tú eres el soñador del sueño. El sueño no te está soñando. Cualquier cosa que sientas tú lo has puesto ahí. Y lo has puesto ahí para satisfacer uno de estos dos propósitos, para cumplir uno de estos dos objetivos: para permanecer arraigado en el sueño de separación y especialismo o para dar los pasos que te llevarán a despertar del sueño. Este tema está claramente explicado en dos secciones muy importantes del capítulo 27: «El soñador del sueño» y «El héroe del sueño» (T-27.VII, VIII). Nada nos pasa por casualidad, porque es nuestro sueño. Asimismo, cuando soñamos por la noche mientras dormimos, no está pasando nada excepto dentro de nuestras propias mentes. Lo que vemos en el sueño es la proyección de pensamientos dentro de nuestras mentes. Estos pensamientos se convierten en imágenes y formas. Se convierten en símbolos en el sueño. Como dije antes, al analizar los sueños nuestro objetivo debe ser pasar del contenido manifiesto al contenido latente, de la forma del sueño al significado subyacente del sueño. Todo nuestro mundo es un sueño, y nuestras experiencias son sueños, ya sea que creamos que estamos despiertos o dormidos. En realidad, no estamos ni lo uno ni lo otro. El cuerpo no duerme ni despierta. La mente es la que siempre está dormida dentro del sueño; así como la Mente siempre está despierta dentro del Cielo. Como dice el Curso: «Estás muy a gusto en Dios, soñando con el exilio» (T-10.I.2:1). Somos los soñadores del sueño. Por lo tanto, tal como por la noche somos responsables de todos los personajes y sucesos dentro del sueño, asimismo somos responsables de todo lo que ocurre dentro de nuestro sueño. Metafísicamente hablando, todo es mi sueño. Todo lo que experimento lo he puesto ahí. Todos los demás fragmentos aparentes han hecho lo mismo.

En cuanto a nuestra experiencia práctica como fragmentos aparentemente individuales dentro del sueño, esto no significa que seamos responsables de lo que hacen otras personas. Sin embargo, significa que somos responsables de cómo reaccionamos a lo que hacen otras personas, de cómo percibimos lo que hacen los demás. Esta es una distinción extremadamente importante. Es nuestro sueño solo en el sentido de que debemos asumir la responsabilidad de nuestras reacciones y percepciones. Lo que experimentemos en nuestra vida diaria proviene directamente de la meta que nos propusimos al principio. El problema es que olvidamos que nosotros fijamos la meta, y por eso pensamos que las cosas nos suceden y que las cosas externas ejercen un efecto sobre nosotros. Olvidamos que somos totalmente responsables de nuestros propios sueños. El propósito de esta sección, para decirlo una vez más, es ayudarnos a comprender que nos hemos fijado la meta sin darnos cuenta de haberlo hecho, y que todo lo que experimentamos a partir de ese momento habrá servido para lograr ese objetivo.

El Curso habla mucho sobre «medios y fin» (véase, por ejemplo, «El cuerpo como medio o como fin (T-8.VIII) y «La correspondencia entre medios y fin» (T-20.VII]); aunque en esta sección no se utilizan precisamente esos términos, las ideas son las mismas. Determinamos el fin, y entonces todo lo demás se convierte en un medio para ayudarnos a alcanzar ese fin. El problema nunca es el medio o la situación específica. El problema es el objetivo o el fin que hemos establecido para la situación. La idea, nuevamente, es que volvamos más y más pronto a ese punto de elección en nuestras mentes cuando establecimos nuestro objetivo para el día, para una reunión o una situación en particular. El objetivo no tiene absolutamente nada que ver con lo externo. El objetivo simplemente guarda relación con el hecho de que yo quiera conflicto, culpa y ansiedad, o quiera perdón y paz.

(T-17.VI.2:3) El objetivo debe definirse al principio, pues eso es lo que determinará el resultado.

El resultado al que se hace referencia aquí no se trata de un comportamiento específico. No se trata del resultado de una reunión difícil a la que vas a asistir ni del resultado de una cita que tienes para salir con alguien esta noche. El resultado es que me sentiré más culpable, más temeroso, más ansioso, más especial, o bien me sentiré más tranquilo. Vemos una y otra vez que lo que hace que este curso sea muy sencillo es que todo se ve únicamente en función de «dos». Hay dos emociones, dos mundos, dos evaluaciones, todo es en función de dos. Uno de los dos será verdadero; uno de los dos será falso. Por eso es muy sencillo.

(T-17.VI.2:4-5) El ego procede a la inversa. La situación se convierte en lo que determina el resultado, que puede ser cualquier cosa.

En otras palabras, me sentiré tranquilo si la reunión termina como yo quería. Por lo tanto, el resultado —la paz— depende directamente de la situación; eso me hace vulnerable y víctima de fuerzas fuera de mi control. «Si tan solo me bajara la fiebre, me sentiría mejor. Si esta persona que me ha abandonado tan solo volviese a mi lado, me sentiría mejor». El ego siempre lo formula en un contexto que dice «si tan solo». Cuando ocurre lo que queremos, nos sentimos bien. Eso significa que no tenemos el control de nosotros mismos, porque nuestra felicidad y paz dependen de algo fuera de nosotros, así como la infelicidad, la intranquilidad, el dolor y la culpa que sentimos dependen de algo fuera de nosotros. El Curso nos está enseñando algo completamente distinto. Está diciendo que el resultado depende de la meta que elegimos desde un principio. Si la paz es nuestro objetivo, el resultado tiene que ser la paz, lo cual significa que todo lo que suceda ahora se entenderá a la luz de su capacidad de ayudarnos a alcanzar nuestra meta, lo cual a su vez significa que cada situación se vuelve idéntica a todas las demás situaciones. No importa si me capturan y me torturan como prisionero de guerra o si me liberan. No importa si externamente no pasa nada que me haga sentirme más cómodo. Dará igual. Si mi meta es la paz y sé que Jesús está conmigo, absolutamente nada puede cambiar eso. Soy el autor de mi propio sueño. Si digo que quiero tener un sueño de paz, eso es lo que sucederá, independientemente de la situación.

Obviamente, el mejor ejemplo sería la propia vida y muerte de Jesús. Lo que le ocurrió en la cruz fue totalmente irrelevante para el estado de su mente, que era un estado de absoluto y perfecto amor. Por lo tanto, lo que la gente le hacía no le importaba en absoluto, porque él no era la persona en la cruz. Él lo sabía. Sabía que esto era un sueño y que él no formaba parte de los sueños de otras personas. Tenía conciencia de los sueños de otras personas, pero él no se dejó convertir en protagonista de los sueños de ellos. Esto significó que mientras la gente lo victimizaba, la experiencia de él no era de víctima. En «El mensaje de la crucifixión» dice que desde el punto de vista del mundo él fue «traicionado, abandonado, golpeado, atormentado y, finalmente, asesinado», pero él no compartió esta percepción (T-6.I.5:3; 9:2). Él no se percibía de esa manera; por lo tanto, no sucedió de esa manera. Otras personas tuvieron otros sueños. De hecho, toda la religión del cristianismo se ha basado en los sueños de otras personas, sueños que no tienen nada que ver con la realidad, por lo que el cristianismo no ha sido una religión de amor. Lo que aconteció en la cruz fue totalmente malentendido. Y uno de los propósitos del Curso es corregir este malentendido.

La gente simplemente no entiende que primero se fija la meta. Por decirlo todavía una vez más, el propósito del Curso y de estas secciones es que realmente lo entendamos, para que cuando las cosas no nos salgan bien y nos encontremos molestos, nos demos cuenta de que las cosas no marchan bien porque hicimos la elección equivocada: elegimos al ego en lugar de elegir al Espíritu Santo. Ese es el problema. La situación no es «lo que determina», no es la causante de lo que estamos sintiendo. Recordemos, no hay nada fuera de nosotros. Ese es un concepto extremadamente importante en el Curso, como he estado diciendo y como Jesús dice muy claramente en la Lección 132: «¡El mundo no existe! Este es el pensamiento básico que este curso se propone enseñar» (L-pI.132.6:2-3).

Si el mundo no existe, yo soy el único responsable de cómo me siento. Nadie puede hacerme sentir nada que yo no elija sentir. En nuestra experiencia de este mundo, puede que haya otras personas que ejerzan poder sobre nuestros cuerpos, pero no tienen control sobre nuestras mentes. Una vez más, esa es la lección que Jesús enseñó desde la cruz. La gente puede tener control sobre nuestros cuerpos y pueden obligarnos a hacer cosas que no queremos hacer. Pueden ponernos en campos de detención donde no queremos estar. Pueden bombardear nuestros pueblos, nuestras casas, etc., lo cual afectará de forma adversa a nuestros cuerpos y a los de nuestros allegados, pero esto no tiene nada en absoluto que ver con el estado de nuestras mentes. Y, si ni siquiera estamos aquí en el cuerpo —todo ello forma parte de un sueño—, ¿qué más da? Lo que importa son tus pensamientos. Nadie puede quitarte a Jesús. Solo te lo puedes quitar en tu sueño.

En otras palabras, si tienes bien claro cuál es el resultado, te darás cuenta de que todo lo que ocurra en tu vida será un aula de clase con Jesús que ahora has elegido de maestro para ayudarte a aprender la lección de que no hay nada externo a ti que pueda hacerte daño, ni hay nada externo a ti que pueda ayudarte; de hecho: no hay nada externo a ti.

(T-17.VI.2:6-9) La razón de este enfoque desorganizado es evidente. El ego no sabe qué es lo que quiere que resulte de la situación. Es consciente de lo que no quiere, pero solo de eso. No tiene ningún objetivo constructivo en absoluto.

El ego no conoce nada positivo, porque el ego es, literalmente, un pensamiento que niega lo que es positivo, es un pensamiento negador. Me parece que en el pasado la gente se refería a veces al diablo como el gran negador. En este sentido, el ego sería similar, excepto que el ego no está fuera de nosotros. El ego no es nada positivo, el ego es literalmente lo opuesto a Dios. Es el ataque contra Dios, el deshacimiento de la perfecta Unidad de Dios. Así que el ego no sabe nada del amor. sabe de la antítesis del amor, de la oposición al amor: odio, especialismo, muerte, separación, culpabilidad, etc.

El ego es consciente de lo que no quiere: no quiere dejar de existir. La causa de que el ego deje de existir será que tomemos la mano de Jesús y miremos el especialismo con una apacible sonrisa, en lugar de mirarlo con horror y con culpabilidad. El ego es muy bueno para ayudarnos a mirar el especialismo con horror, diciendo: «Esto es tan horrible que nunca lo volveré a mirar». Pero el ego no sabe de mirar lo que es positivo. Así que el ego es la negación de la verdad. Por eso antes en el texto Jesús dice que la responsabilidad, la función o la tarea del obrador es negar la negación de la verdad (T-12.II.1:5). No se dice nada de ninguna cosa positiva. Puesto que el ego es la negación de la verdad, lo que debemos hacer es mirar la negación de la verdad y negar que eso suponga una diferencia. Eso constituye el deshacimiento del ataque del ego contra Dios. Si el ataque del ego contra Dios es el velo que nos oculta el Amor de Dios, y entonces se elimina ese velo mediante el perdón, el ataque contra Dios desaparece y lo que queda es Dios y el Amor.

Por eso, como hemos dicho, este no es un curso de amor, no es un curso de lo positivo; no es un curso en el que se aprende a tener experiencias hermosas o sentimientos hermosos. Este es un curso para entrar en contacto con sentimientos negativos y experiencias negativas, porque estas son las interferencias que nos impiden ser conscientes del Amor de Dios. Cuando puedes mirar tu negatividad y tu oposición a Dios y a todos los demás, que es la glorificación del especialismo, y puedas mirar todo eso sin juzgarte por ello, estás negando la negación de la verdad. Estás deshaciendo lo que nunca fue. Y entonces lo que queda es el Amor que siempre ha sido.