«Reglas para tomar decisiones»
(Texto - Capítulo 30 - Sección I)

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte VIII
Regla 2 (cont.)

(T-17.VI.3:1) Sin un objetivo positivo, establecido de antemano y claramente definido, la situación simplemente parece ocurrir al azar y no tiene ningún sentido hasta que ya ha ocurrido.

Piensa en cualquier cosa en particular que sea importante en tu vida —una relación con cierta persona, una reunión a la que tienes que asistir, una decisión que tienes que tomar, etc.— y date cuenta de cómo estás urdiendo las cosas en tu mente de modo que lo que suceda no te dé igual. Realmente no me dará igual si esta persona me presta o no me presta atención. Realmente no me dará igual si esta persona me da o no me da su aprobación. Realmente no me dará igual si mi jefe da por bueno mi trabajo y me da un ascenso. Todas estas cosas suponen una diferencia, y a eso se está refiriendo Jesús. Nada tendrá sentido mientras esto no ocurra, porque el ego no sabe lo que quiere. Solamente tiene claro lo que no quiere. El ego no tiene nada de positivo.

Por lo tanto, Jesús nos está diciendo que tengamos claro la meta positiva que queremos. En este contexto, se está refiriendo a la verdad como meta. Esta también puede ser la paz, el perdón, etc. Si esa es la meta que quieres, te darás cuenta de que pase lo que pase, el significado ya está ahí. El significado no tiene que esperar hasta que se produzca el acontecimiento, porque ya le has adjudicado el significado al acontecimiento antes de que aconteciera. Por lo tanto, no importa lo que suceda en esta reunión a la que voy a asistir, porque ya se fijó mi objetivo. No importa si la reunión termina de la manera que quiero, o de la manera que no quiero, todavía la puedo ver como una oportunidad para practicar y aprender el perdón, para aprender que no importa nada externo. Si voy a salir con esta persona y realmente me importa esta persona, me dará igual que yo le simpatice o no, porque me doy cuenta de que tengo en la mente un objetivo más grande que la satisfacción de mi especialismo. Ese objetivo más grande es el aprendizaje del perdón, lo que significa el deshacimiento de todas las interferencias que he interpuesto entre mí y el Amor de Dios. Eso es lo que quiero. Y cuando tienes claro que eso es lo que quieres, no importa lo que pase externamente.

Esto no significa que no hagas cosas en el mundo y que no les prestes atención. Pero la paz en tu mente, el Amor de Dios dentro de ti, no está supeditada a lo que te suceda externamente. Aplicar los principios del Curso a tu vida de esta manera hace que tu vida en este mundo sea mucho más sencilla y más fácil, porque ya no te importa lo que sucede externamente. Ahora bien, puede que tengas que actuar como si en efecto te importase en el mundo; pero en algún lugar dentro de ti está esa apacible sonrisa que dice: «Da igual cómo resulte este voto en el Congreso, da igual cómo resulte este voto de mi junta directiva, da igual lo que pase en el seno de mi familia; da igual porque sé que el amor de Jesús está conmigo independientemente del resultado. Y nada ni nadie puede quitarme eso». Esa será tu experiencia, pero únicamente si tú lo quieres. Por eso que es tan importante volver a este punto de elección en tu mente, el responsable de la toma de decisiones, porque ahí es donde sucede lo importante. En otras palabras, aprendes a no regalarle tu poder a otra persona. Dentro de ti descansa todo poder en el Cielo y en la tierra: así Jesús reinterpreta en el Curso el pasaje de las Escrituras. No es que solo él tenga todo poder en el Cielo y en la tierra; nosotros tenemos todo poder en el Cielo y en la tierra, lo cual significa que tenemos todo poder para elegir el Cielo, o para elegir la tierra o el ego. Así reinterpreta el Curso el pasaje de las Escrituras.

(T-17.VI.3:2) Entonces miras en retrospectiva y tratas de reconstruirla [la situación que sucedió] para ver qué sentido tuvo.

De algún modo nos preguntamos: «¿Fue esto bueno para mí, o no fue bueno para mí?». Como la mayoría de ustedes sabe, crecí en un hogar judío, y la forma en que la mayoría de los judíos piensa sobre las cosas (en realidad no es diferente de ningún otro grupo), pero los judíos siempre dirán: «¿Es bueno esto para los judíos?». Eso era algo que siempre se oía en mi casa: «¿Fue bueno esto para los judíos?» El presidente tomó una decisión: «¿Fue bueno esto para los judíos?». Ese es un ejemplo de lo que estamos diciendo. Miras en retrospectiva lo que pasó, y reconstruyes lo que ha de haber significado. Y tu comprensión de lo que ha de haber significado siempre será en el mismo contexto: «¿Es bueno esto para mí, o para el grupo con el que me identifico?».

(T-17.VI.3:3) Y no podrás sino equivocarte.

No tienes idea del significado porque siempre mirarás la situación desde el punto de vista de tu especialismo, el cual ya es una distorsión. Esto se debe a que el especialismo establece que hay personas especiales y grupos de interés especial dentro de la Filiación, y yo soy miembro de uno de estos grupos. Por lo tanto, lo que es bueno para este grupo, lo que es bueno para mí, es bueno, y no me importan todas las demás personas. Por lo tanto, debo estar equivocado, porque no parto de una percepción unificada que percibe a todo el mundo igual. Si es bueno para mí, tiene que ser bueno para todos los miembros de la Filiación. Si es bueno para cualquier parte de la Filiación, ha de ser bueno para mí y para todos los demás. No puede ser bueno para un grupo y no para otro. Es obvio al pensar en tu propia vida personal, por no decir en lo que sucede en el mundo, que esto es exactamente lo contrario de la forma en que piensa el mundo —exactamente lo contrario. El pensamiento del mundo siempre se basa en nosotros o ellos, mi grupo contra otro grupo. Y lo único que me importa es que a mi grupo le vaya bien, que a mi familia le vaya bien. Posiblemente yo no le desee ningún mal a nadie más, pero tampoco me importan gran cosa. Lo único que me importa soy yo. Por lo tanto, tengo que estar equivocado, porque Jesús mira desde la perspectiva del Cristo unificado y de la Filiación unificada, que debe beneficiar a todos, de lo contrario no beneficia a ninguno. Es todo o nada.

(T-17.VI.3:4) No solo porque tus juicios están vinculados al pasado, sino porque tampoco tienes idea de lo que debió haber ocurrido.

Porque, como dije, lo que creemos que debe suceder es solo lo que beneficiará a cierta parte de la Filiación. Incluso, más que eso, tenemos la arrogancia de creer que realmente sabemos qué es lo que más nos conviene. Lo que más nos conviene siempre será lo que creemos que satisface nuestro especialismo. Y todo lo que eso hará es reforzar aún más la misma culpabilidad que nos metió en el mundo desde un principio.

(T-17.VI.3:5) No se estableció ningún objetivo con el que armonizar los medios.

Aquí está hablando del verdadero objetivo, o el objetivo positivo. No traíamos en la mente la meta de la paz o de la verdad; por lo tanto, vería todo lo que sucediera durante mi día como un medio para ayudarme a alcanzar la meta de mi ego. Todo es un aula de clase, todo es una oportunidad de aprender. No importa cuál sea la forma del aula de clase. Lo único que importa es que yo lo perciba como un aula de clase con Jesús como mi maestro. Y si hago eso, siempre aprenderé la lección de él, sin importar la forma ni el resultado específico. Por otro lado, el ego tiene una meta con la cual armoniza todos los medios, pero es una meta falsa. El objetivo del ego es reforzar el especialismo, el aislamiento y la separación, así que todo se verá en esa luz. Si tu objetivo es restablecer que eres una víctima, pasarás tu día buscando gente que te moleste, que te insulte, que te rechace, que te convierta en víctima. Entonces esto sucederá o parecerá suceder (a menudo ni siquiera sucede en el mundo, simplemente te imaginas que sucede), y experimentarás exactamente lo que querías que resultase de la situación. Querías que alguien te molestara y te rechazara, que te traicionara y te abandonara, y por supuesto, eso hicieron.

Así que también en ese sentido, el medio se armonizó con el objetivo: querías sentirte víctima y tratado de forma injusta. Entonces ese día percibiste que todo en tu mundo podía servir para ese fin. Por lo tanto, todo acabó sirviendo para hacerte sentir de esa manera. Cuando Jesús dice: «No se estableció ningún objetivo con el que armonizar los medios», realmente quiere decir que no se estableció ningún objetivo verdadero.

(T-17.VI.3:6) Y ahora el único dictamen que puede hacerse es si al ego le gusta lo que pasó o no [¿es bueno para mi grupo?]; si es aceptable para él o clama por venganza.

Así es como siempre pensamos. Algo pasa y entonces mi ego lo interpreta: «¿Me gusta esto?; ¿es bueno para mí?». Si lo es, todo es maravilloso. Eso es amor especial. Si no lo es, clama por ataque, por contraataque o por venganza. Eso es odio especial.

(T-17.VI.3:7) La ausencia de un criterio de resultado, establecido de antemano, hace que sea dudoso que se pueda entender y que sea imposible evaluarlo.

Jesús así dice que no hay manera de que entiendas cosa alguna en este mundo. No hay manera alguna, porque tratarás de entenderlo desde el punto de vista o desde la mentalidad de un pensamiento ilusorio: el pensamiento ilusorio de estar separado, el pensamiento ilusorio de que lo que es bueno para mí no es bueno para nadie más, pero no me importa. Recuerden: el ego, desde un principio, construyó toda su existencia basándose en el juicio: «Lo que es bueno para mí no es bueno para Dios, pero no me importa; total, Él ya no existe, porque ha sido liquidado». Ese es el paradigma básico que yace bajo la forma en que percibimos nuestras vidas y todas nuestras relaciones en este mundo.

(T-17.VI.4:1) El valor de decidir de antemano lo que quieres que suceda es simplemente que percibirás la situación como un medio para hacer que tu objetivo se logre.

Mientras trabajas con el Curso, quieres cultivar esta manera de pensar. Es una manera totalmente distinta de experimentarte en el mundo. La idea de vincular esto con las «Reglas para tomar decisiones» es que tan pronto sea posible, cuando despiertes por la mañana, trates de pensar realmente en lo que quieres que resulte de este día. Si te descubres diciendo: «Quiero conseguir lo que quiero cuando lo quiero», no te resistas y no luches contra ti mismo. Solo ten en cuenta que vas a conseguir lo que quieres y no te hará muy feliz. El especialismo nunca funcionará, nunca te hará realmente feliz. Podrá hacerte feliz a corto plazo. Pero si crees que obtuviste lo que querías, creerás que lo conseguiste porque te lo robaste: manipulaste y sedujiste a otras personas para conseguirlo. Además, debido a que te lo robaste, creerás que realmente no es tuyo, lo cual significa que en cierto nivel creerás que la persona a la que se lo robaste tiene todo el derecho de recuperarlo robándotelo a ti. Esto significa que habrá un verdadero temor de que no puedas conservar lo que conseguiste.

Por ejemplo, yo en realidad quería desesperadamente tu afecto y tu atención, quería que te preocuparas por mí y me amaras y lo conseguí. Pero sé que no lo conseguí honestamente: te lo robé, lo cual significa que no voy a poder disfrutarlo. Ahora siempre tengo que estar al acecho, no sea que me lo arrebates. Por lo tanto, estaré pensando que tal vez yo te agrade ahora, pero dentro de una hora no te agradaré. Siempre tengo que estar alerta y vigilante para conservar lo que me robé, y para evitar que me lo quites. Esa no es precisamente una forma tranquila de vivir. Sin embargo, así es como se vive en este mundo. En el nivel más general que conocemos como individuo, secretamente sabemos que la vida que creemos que tenemos, se la robamos a Dios. Por eso siempre estamos aterrados de que nuestra pequeña llama se vaya a extinguir. Siempre estamos tratando de prolongar un poco más, de mejorar un poco más nuestra vida. Pero al final sabemos que Dios irrumpirá violentamente en escena para recuperar lo que le quitamos, porque todo el mundo se muere. De ese modo, vivimos en un estado de terror mortal desde que tenemos edad para ser conscientes de ello: que si no nos cuidamos nos podrían matar.

Podríamos morir en un accidente automovilístico, por un germen, por mala alimentación, por un mal cardiaco, por comer ciertos alimentos, etc., etc. O podríamos quedar psicológicamente devastados por una mirada colérica de nuestros padres o de cualquier figura de autoridad. Un tremendo miedo impregna todas nuestras vidas porque sabemos que la vida que creemos poseer no es nuestra, nos la robamos. Y Aquel a Quien se la robamos en algún momento la va a reclamar de vuelta. Si puedes entender eso, entenderás los pequeños miedos, las pequeñas ansiedades y los pequeños terrores con los que vivimos día tras día, porque todos son parte de este miedo más grande. Por consiguiente, lo que quieres hacer es tener muy claro que esa es la meta que te has fijado: preservar tu vida tal como la conoces. Y quieres tener claro que es una lucha y una batalla que jamás vas a ganar. Ten muy claro durante tu día que estás consiguiendo lo que quieres. Entonces en algún momento tendrás que decidir: lo que estoy consiguiendo, lo que quería, realmente no me está haciendo feliz. Esto marca el inicio del fin del ego: el reconocimiento de que aquello en lo que estás basando tu vida entera realmente no te está dando la felicidad y la paz que pensaste que ibas a conseguir. En algún momento dirás: «Tiene que haber otra manera de hacer esto». Ese es el comienzo del efecto del milagro: que hay otra manera, hay otra elección que puedo hacer.