«Reglas para tomar decisiones»
(Texto - Capítulo 30 - Sección I)

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte X
Regla 2 (cont.)

Retomando ahora «Cómo fijar la meta», permítanme volver a leer la segunda frase del cuarto párrafo:

(T-17.VI.4:2) Haces, por lo tanto, todo lo posible por pasar por alto lo que interfiere con su logro y te concentras sólo en lo que te ayuda a conseguirlo.

Para reiterar, no niegas lo que ves; simplemente niegas que lo que ves tenga alguna validez. No niegas lo que percibes, simplemente niegas que tenga alguna validez para determinar cómo te sientes.

(T-17.VI.4:3-5) Es obvio que este enfoque ha hecho que la manera en que distingues lo verdadero de lo falso sea más parecida a la del Espíritu Santo. Lo verdadero viene a ser lo que se puede utilizar para lograr el objetivo, y lo falso, lo inútil desde ese punto de vista.

A medida que practiques esto cada vez más, empezarás a entender la diferencia entre la verdad y la falsedad, entre la verdad y la ilusión, que no es la forma en que el mundo mira la diferencia. Este es un enfoque práctico totalmente utilitario.

No hay nada en este mundo que sea verdad. El perdón no es cierto. Este «santo» Curso de milagros no es cierto. Nada es verdad en este mundo. La verdad es solo de Dios. Sin embargo, podemos tener el reflejo de la verdad en este mundo. Este curso, por lo tanto, es el reflejo de la verdad. Otras espiritualidades son reflejos de la verdad. El perdón es un reflejo de la verdad. No es verdad, sino más bien el reflejo de la verdad. Por eso Jesús dice que el amor no es posible en este mundo, pero que, en este mundo, el perdón es el equivalente del Amor del Cielo. La santidad no es posible en este mundo, pero es posible ser el reflejo de la santidad. De hecho, «El reflejo de la santidad» es el título de una sección en el capítulo 14 del texto. Jesús se refiere a la santa relación como el «heraldo de la eternidad». No es la eternidad, pero es el precursor de la eternidad. Por lo tanto, lo que es verdad en este mundo es cualquier cosa que refleje la verdad del Cielo, cualquier cosa que te ayude a despertar del sueño.

Una vez más, estamos hablando de una forma puramente práctica de entender la verdad. Esto ciertamente no significa que algo en este mundo sea verdad. Significa más bien que puedo darle a este mundo un propósito que refleje la verdad. Si la verdad del Cielo es la perfecta Unidad y la perfecta unión, el propósito en este mundo que refleja esa verdad es darnos cuenta de que todos compartimos los mismos intereses y el mismo objetivo. Al yo no ver tus intereses como separados o apartados de los míos, estoy reflejando la verdad del Cielo de que somos uno. Eso es lo que Jesús quiere dar a entender cuando dice que lo verdadero es lo que se puede utilizar para lograr nuestro objetivo, que es la paz. No es verdad literalmente, porque la verdad es solo de Dios, pero es el reflejo de la verdad. La percepción de que estás separado de mí se vuelve falsa, porque es el reflejo de la falsa idea original del ego de que puedo estar separado de Dios.

Lo que es verdad no se basa en el hecho, en la forma. El contenido o el propósito es lo que establece su veracidad. La segunda de las diez características de los maestros de Dios, que se dan en el manual para el maestro es la honestidad. Y Jesús no define la honestidad en relación con la forma; más bien, consiste en que tu comportamiento sea coherente con tu forma de pensar. Si tus pensamientos son amorosos, lo que hagas será honesto, incluso si no es verdad desde el punto de vista del mundo. En otras palabras, se podría decir algo que literalmente no es cierto, y sin embargo sería honesto porque sirve para un propósito amoroso; es, por ejemplo, lo que llamamos una mentira blanca. Obviamente hay que tener mucho cuidado de no abusar de este principio ni utilizarlo de forma indebida. Pero la definición de honestidad se centra en el propósito. La definición de verdad en este curso también se centra en el propósito, al menos en este mundo dentro del sueño. Así que, de nuevo, se puede ver que Jesús toma la misma idea y la aplica a pensamientos aparentemente separados. Tanto la verdad como la honestidad se definen e interpretan y comprenden en el Curso por la fidelidad al propósito. Si tu propósito es el amor, cualquier cosa que hagas será honesta y será verdad.

Por lo tanto, una vez que hayas fijado la meta (que quieres recordar quién eres como hijo de Dios), una vez que hayas fijado la meta de la verdad, todo lo que ocurra en tu día servirá para ese propósito. Y todo lo verás desde esa perspectiva. Eso lo hará verdad. Una interpretación falsa, por ejemplo, «¿esto en qué me beneficia a mí?» la descartarás, porque no va a contribuir a lograr el objetivo. No le das ningún sentido ni importancia o poder. Cuando tu meta es el especialismo, le darás un tremendo poder al sistema de pensamiento del ego. Estarás a la espera hasta que alguien haga algo desde su ego. Si no lo hace, de todos modos, te lo inventarás. Querrás que la gente sea un reflejo del ego porque eso probará que se ha ayudado a alcanzar la meta de tu especialismo. Pero, si tu meta es la verdad y el deshacimiento del especialismo, verás que el especialismo de otras personas no tiene efecto alguno en ti. Y te darás cuenta de que es su petición de ayuda, la cual refleja tu petición de ayuda.

(T-17.VI.4:6) La situación tiene ahora sentido, pero solo porque el objetivo ha hecho que lo tenga.

Si piensan en las primeras lecciones del libro de ejercicios, recordarán que Jesús quiere que veamos que nada en esta habitación significa nada, nada a mi alrededor significa nada, todo carece de significado. La razón por la que no tiene significado es que el ego es el que le ha dado su sentido. Estas primeras lecciones nos ayudan a darnos cuenta de qué es significativo. Y lo significativo en este mundo es cualquier cosa que cumpla o refleje el propósito del Espíritu Santo. En otro nivel, nada en este mundo tiene significado porque el mundo no existe. El único Significado está en el Cielo. Sin embargo, dentro del sueño, lo que carece de significado es cualquier cosa que te arraigue aún más en el sueño, y lo que es significativo es todo lo que te conduzca más allá del sueño.

Todo en este mundo se tornará significativo para ti si lo ves como una manera de darte cuenta de que has proyectado tu inconsciente culpabilidad dormida sobre el mundo. Ahora el mundo te la muestra, y puedes mirarla y decir: «No, no está ahí fuera, está en ». Eso hace que la situación sea muy significativa. Lo que hace que la situación carezca de sentido es pensar que realmente hay algo ahí fuera que quieres, o simplemente que hay algo ahí fuera, punto. Así que, para resumir: lo que establece que algo carece de sentido es que se le ha dado el significado del ego; lo que lo establece como significativo es que se le ha dado el significado del Espíritu Santo. Esto significa que eres el único, el único en todo el universo, que puede controlar el significado de la vida para ti, porque eres el único que elige si te identificas con tu ego, lo cual hace que todo en tu vida carezca de sentido, o si eliges a Jesús o al Espíritu Santo como tu maestro, lo cual le da significado total a todo en tu vida. Tú eres el que tiene el control de eso. La Lección 253 dice: «Mi Ser es amo y señor del universo». Es mi universo, mi sueño. Y este sueño podría ser cualquier cosa que yo elija que sea. Aquello en lo que se convierta mi sueño es únicamente responsabilidad mía. No hay absolutamente nadie que pueda hacerlo por mí.

(T-17.VI.5:1-3) Tener la verdad por objetivo tiene otras ventajas prácticas. Si la situación se usa en favor de la verdad y la cordura, su desenlace no puede ser otro que la paz. Y esto es así independientemente de cuál sea el desenlace.

Este segundo «desenlace» es algo conductual, externo. El «desenlace» del que se habla en la segunda oración es un resultado en tu mente. Aquí de nuevo se ve, en dos oraciones, cómo Jesús utiliza las palabras de distinta manera. Si la situación se utiliza a favor de la verdad (es decir, este es un aula de clase que he elegido, y he elegido a Jesús como mi maestro para que yo aprenda que tus intereses y los míos no están separados), el desenlace debe ser la paz. Esto es así porque, si esta es la meta que me he fijado y es mi sueño, lograré lo que quiero. Tengo que lograr lo que quiero porque todo está ocurriendo en mi mente. Si quiero paz, estaré en paz. Si quiero conflicto, tendré conflicto. Nadie fuera de mí puede hacer eso por mí. Así que, repito, si veo la situación como el medio que he elegido para lograr la verdad y la cordura, eso se hará y estaré en paz. Y esto es totalmente independiente de lo que suceda externamente. Lo que sucede externamente es irrelevante. Para utilizar un ejemplo extremo: podrías estar en Auschwitz, donde el resultado físico no incita mucho a la felicidad. Pero, si el objetivo de tu estadía en Auschwitz es aprender que no eres tu cuerpo y que ellos no pueden hacerte nada, que ellos en realidad no son ellos —los alemanes son tan parte de la Filiación como lo eres tú y todos formamos parte del mismo todo—, entonces ellos no son tus enemigos. El «enemigo» es el tomador de decisiones dentro de nuestras propias mentes, el cual percibe a los demás como el enemigo. Si esa es tu meta, que aprendas esa lección, suceda lo que les suceda en ese campo de exterminio a ti o a las personas que amas —pase lo que pase—, aún estarás en paz. De eso se trata esto.

Una vez más, lo que estas frases al principio del párrafo están diciendo es que una vez que has fijado la meta de la verdad, independientemente de la forma del aula de clase, independientemente de lo que te suceda o de lo que suceda a tu alrededor, todavía encontrarás la verdad porque eso es lo que querías. Verás que la situación es el aula de clase que te ayudará a aprender eso. El desenlace para ti será uno de paz, por lo tanto, no importa cuál sea el resultado externo. Esto te da una libertad perfecta. No hay absolutamente nada en este mundo que pueda aprisionarte. No hay nada en este mundo que pueda quitarte el Amor de Dios. Y en la forma más extrema, que es lo que Jesús enseñó, no hay nada en este mundo que pueda quitarte la vida, porque en algún momento te darás cuenta de que no estás vivo aquí. Tampoco estás muerto aquí. Simplemente no estás aquí. No naces; no mueres; no estás aquí. Todo esto es un sueño. Por lo tanto, nadie puede quitarte la vida. La razón por la que Jesús estaba perfectamente en paz y no sentía absolutamente ningún dolor en la cruz era que sabía que no estaba aquí. Sabía que no era su cuerpo. Puesto que él forma parte de la mente de la Filiación, era consciente del sueño. Pero también sabía que él era parte de Dios; por eso sabía que esto solo era un sueño y que no sucedía nada. Por lo tanto, para él, literalmente, no ocurría nada. Desde el punto de vista del mundo, pareció ocurrir un gran acontecimiento, pero a él no le pasó nada porque él sabía que no estaba aquí.

Esa es la forma más extrema. Pero eso es lo que aprendes cuando tu meta es el amor y la paz, y sabes que ese amor y esa paz están dentro de ti, y que simplemente has elegido en su contra. Habiendo reconocido esto, verás todas las situaciones y circunstancias en tu vida como oportunidades de aprendizaje en las formas específicas que se necesitan para que logremos aprender. Aprendemos a través de las formas específicas que hemos elegido en contra del amor, pero ahora podremos con igual facilidad elegir a su favor. La situación se convierte entonces en el laboratorio o en el aula de clase en el cual practicamos esa lección. Y el significado final de la lección es que simplemente estoy recordando lo que ya está en mi interior. No tengo que encontrar a Jesús; simplemente tengo que aceptarlo, porque ya está presente en mí. Así que puedo aprender esa lección independientemente de la forma que adopte mi aula de clase. Yo soy el que elige la forma del aula, porque es mi guion. Elegí la forma del aula de clase en la que mi ego hablaba primero y erróneamente diciéndome que yo era una víctima. Ahora vuelvo a la misma aula de clase con un maestro distinto y aprendo una lección totalmente diferente. El Curso dice que el ego habla primero y está equivocado, y el Espíritu Santo es la Respuesta (por ejemplo, T-5.VI.3:5; T-6.IV.1:1). Así que pasamos por los mismos guiones una y otra vez hasta que aprendemos la lección.

Cuando aprendemos la lección, el guion desaparece. Cuando la mente correcta corrige la mente errónea, ambas desaparecen. Cuando mi sueño de ataque y separación contigo, como una relación específica en mi vida, es reemplazado por el sueño del perdón, el sueño termina. Entonces ya no tenemos que estar juntos en un aula de clase. Puede que aún estemos juntos físicamente, pero se acaban las lecciones. Cuando aprendes la lección de perdón que deshace la lección del juicio, ambas desaparecen. El único propósito del perdón es corregir y deshacer el pensamiento de juicio del ego. Cuando se deshace el pensamiento de juicio, el perdón ha cumplido su propósito y deja de existir. Precisamente al final del proceso, justo antes de alcanzar el mundo real, tu ego, de una vez por todas, es reemplazado por el Espíritu Santo, lo que significa que el ego desaparece, el Espíritu Santo desaparece, y tú te conviertes, tal como lo era Jesús, en la manifestación del Espíritu Santo, que ya no está separado de ti. Eso es justo al final del proceso.

Lo que nos ayuda a avanzar paso a paso es tener presente nuestra meta de la verdad, la meta de querer realmente aprender lo que es el perdón. A medida que lo aprendemos más y más, vemos cada vez más que todo lo que ocurre en nuestras vidas es simplemente otra oportunidad de aprender esa lección.

(T-17.VI.5:4) Si la paz es la condición de la verdad y la cordura, y no puede existir sin ellas, allí donde hay paz tienen que estar también la verdad y la cordura.

Lo que Jesús está diciendo es que, si tu meta es la verdad, y, por lo tanto, ves la situación como el medio para alcanzar esa verdad, entonces sentirás paz. Y por esa paz sabrás que has logrado el propósito de la situación, que es la verdad.

(T-17.VI.5:5) La verdad viene por su propia iniciativa.

En otras palabras, no tienes que preocuparte por la verdad. Esto es lo mismo que decir que no tienes que preocuparte por el amor, no tienes que preocuparte por Dios. Todo lo que tienes que hacer es eliminar las interferencias que has interpuesto entre tú y la verdad. Hay un pasaje en el capítulo 16 en el que Jesús dice: «Tu tarea no es ir en busca del amor [la verdad], sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de ti mismo que has levantado contra él» (T-16.IV.6:1). Así que, de nuevo, esta es la razón por la que este no es un curso sobre nada positivo, no es un curso sobre el amor. Es un curso de milagros, porque el milagro es el que te ayuda a eliminar las interferencias que interpusiste entre tú y el amor.

(T-17.VI.5:5-6) La verdad viene por su propia iniciativa. Si experimentas paz, es porque la verdad ha venido a ti, y así no podrás sino ver el desenlace correctamente, pues el engaño no puede prevalecer contra ti.

Si quieres la verdad, si esa es tu elección, cualquier engaño que haya a tu alrededor no tendrá efecto alguno en ti. El «engaño» aquí no es más que otro término para el sistema de pensamiento del ego. Si te alejas del sistema de pensamiento del ego y te vuelves hacia Jesús o el Espíritu Santo, lo cual significa que ahora tu meta es la verdad (que es lo que afirma el principio de la Expiación), todo comportamiento o pensamiento del ego que esté sucediendo a tu alrededor no te afectará en lo más mínimo. Lo único que te puede afectar es tu propia elección de identificarte con el ego, no lo que te haga el ego de cualquier otra persona.

(T-17.VI.5:7-8) Podrás reconocer el desenlace [la verdad] precisamente porque estás en paz. En esto se puede ver una vez más lo opuesto a la manera de ver del ego, pues el ego cree que es la situación la que da lugar a la experiencia.

Experimento la paz porque la situación ha resultado de cierta manera. Experimento felicidad, dicha, amor, lo que sea, porque la situación ha resultado de cierta manera. Así, siempre somos las víctimas de lo que hacen los demás. Estamos a merced de fuerzas que no podemos controlar, como dice el Curso en un lugar (T-19.IV-D.7:4). Nos afecta el sueño: el sueño es el que nos está soñando a nosotros, en lugar de —lo que es la verdad— ser nosotros quienes soñamos el sueño.

(T-17.VI.5:9) El Espíritu Santo sabe que la situación es tal como el objetivo la determina, y que se experimenta de acuerdo con ese objetivo.

Por lo tanto, no existe nada imparcial en el mundo. Lo que le da a cualquier cosa su significado o su propósito y nos ayuda a entenderla, es el objetivo que le atribuimos, los medios que atribuimos a la situación para que nos ayude a lograr el objetivo que elegimos de antemano. Así que la idea de todo esto es que fijemos primero la meta; entonces automáticamente veremos la situación, la relación, la reunión o las circunstancias como un medio que nos ayudará a lograr esa meta. Si la meta es reforzar el especialismo, eso es lo que experimentaremos en nuestra vida diaria. Si la meta es poner fin al especialismo por medio del perdón, entonces eso es lo que experimentaremos. Y la experiencia no tiene absolutamente nada que ver con la situación. La experiencia más bien tiene que ver con cuál maestro hemos elegido. El mundo pues, como tal, no viene al caso.

Hasta aquí llegaremos en esta sección («Cómo fijar la meta»). Antes de retomar la segunda regla de la sección «Reglas para tomar decisiones», quisiera repasar el significado y la aplicación del «perdón», utilizando la situación de una estudiante nuestra, para ilustrar lo que he estado enseñando. Aún está muy enojada con su exmarido y es consciente de que no quiere perdonarlo. No está luchando consigo misma al respecto, pero se da cuenta de que no puede estar en paz sin el perdón. Le expliqué que no está obteniendo la paz porque no la quiere. Y que es ahí donde debe detenerse. La razón por la cual no va a perdonar a su exmarido y, en su lugar va a sostener que está justificada en aferrarse a los resentimientos contra él, es que ella no quiere la paz que resultaría de soltar los resentimientos. Y es extremadamente útil contar con esa información porque ahora sabe la razón por la cual está molesta: ¡no se debe a su exmarido!

En este momento la tentación —para cualquiera que se encuentre en este tipo de situación— es sentir que ha fracasado en cuanto al perdón. Sin embargo, estás haciendo exactamente lo que el perdón te pide que hagas. Una de las mejores definiciones del perdón viene en el libro de ejercicios bajo uno de los compendios que se titula: "¿Qué es el perdón?". Ahí es donde Jesús dice: «El perdón... es tranquilo y sosegado, y no hace nada. . . Simplemente observa, espera y no juzga» (L-pII.1.4:1,3). Así que estás haciendo eso. Estás mirando a tu ego en acción y dándote cuenta de que todavía quieres aferrarte a él. Entonces esperas con paciencia hasta que estés lista para dejarlo ir, y entretanto no te juzgas. El «perdón», como Jesús utiliza el término, no perdona de la manera que el mundo lo entiende. El perdón conlleva el proceso de darme cuenta de que el problema no está fuera de mí en otra persona, sino que el problema está dentro de mí, y está dentro de mí porque elegí tenerlo dentro de mí. Y el «milagro» básicamente es el término que el Curso utiliza para la dinámica mediante la cual se produce el perdón: son prácticamente intercambiables.

El perdón no significa que tu corazón esté lleno de luz y dulzura. El perdón significa que te perdonas a ti mismo porque tu corazón está lleno de maldad, oscuridad, pecado y asesinato. De esa manera, eres mucho más honesto contigo misma. Y entonces no tienes que sentir necesidad de fingir que sientes algo que no sientes. ¡Adelante! Siente todo el odio y toda la obstinación que quieras en aferrarte al odio, pero ten presente que lo estás haciendo porque no quieres estar en paz. Recuerda el primer obstáculo a la paz, que se explica en el capítulo 19 del texto. En la Introducción Jesús habla sobre cómo es que estos obstáculos impiden que la paz fluya a través de ti. El primer obstáculo a la paz es el deseo de deshacerte de ella. Ese es el primer obstáculo a la paz: ¡no la quieres! Así que el problema es que la mayoría de la gente no es consciente de que eso no es lo que quiere. La mayoría de la gente dice que quiere paz, amor y dicha, que quiere hacer lo que dice el Curso, que quiere perdonar, y todo lo demás. ¡Y no lo dicen de corazón, para nada!

La lección del libro de ejercicios «Deseo la paz de Dios» comienza con la frase: «Decir estas palabras no es nada. Pero decirlas de corazón lo es todo» (L-pI.185.1:1-2). Como he estado diciendo desde el principio, una afirmación como esta deja claro que Jesús conoce muy bien a sus estudiantes. ¿Por qué diría algo como eso si no fuera por el hecho de que la mayoría de la gente no desea la paz de Dios? Sin embargo, esas personas pronuncian las palabras, las dicen, pero no las dicen en serio. Y el Curso te ayuda a entender por qué no dices esas palabras en serio. En nuestras mentes correctas todos diríamos: «Por supuesto que deseo la paz de Dios». Pero no somos conscientes de que decir: «quiero la paz de Dios» significa decir: «no quiero mi especialismo». Ahí está el inconveniente.

Eso es lo que Jesús quiere decir en la sección «La última pregunta que queda por contestar», cuando aborda cuatro preguntas, de las cuales, las tres primeras son relativamente fáciles de contestar. La cuarta pregunta es la que resulta muy difícil y es la que no hemos contestado: «¿Y deseo ver aquello que negué porque es la verdad?» (T-21.VII.5:14). ¿Deseo ver lo que negué, que es el Amor de Dios, porque es la verdad? Y en su comentario al respecto, Jesús explica que la razón por la cual aún no la has contestado es porque no entiendes que decir sí (que quiero ver lo que negué porque es la verdad), significa que primero debes decirle no al no. Esta es exactamente la misma declaración que comentamos antes, que la tarea del obrador de milagros es negar la negación de la verdad. Decirle no al no significa que miras el sistema de pensamiento del ego, el cual es la negación del sistema de pensamiento de Dios o el sistema de pensamiento del Espíritu Santo (que es el no), y luego de mirarlo, dices: «Esto no lo quiero».

Así que decir: «Sí, quiero la paz de Dios, quiero estar con Jesús, quiero su amor, quiero practicar su curso», significa que debes mirar el especialismo del ego (que es la negación o el rechazo del Amor del Espíritu Santo) y decir : «Ya no quiero esto». ¿Cuántas personas van a decir eso y decirlo en serio? Muy, muy pocas. Especialmente cuando empiezan a entender lo que realmente están diciendo. Decir: «No quiero mi especialismo» equivale a decir: «Ya no quiero mi individualidad, no quiero mi singularidad, no quiero lo que me hace diferente de los demás, ya sea mejor o peor». Y al ego no le importa si eres la mejor persona del mundo o eres la escoria misma de la sociedad. No le importa, mientras seas diferente y especial.

Aquellos que crecieron siendo católicos probablemente recuerden que a veces se concursaba para ver quién era el pecador más miserable. Algunos de los santos más conocidos en el cristianismo son aquellas personas que dieron gran importancia a ser el pecador más miserable. Al ego no le importa, mientras seas el más algo. El más miserable o el 'más mejor' (expresión que acabo de inventar). Así que tienes que darte cuenta de que la razón por la que no quieres la paz de Dios, en realidad, es que no quieres renunciar a tu yo, a tu engreimiento, a tu especialismo. Creo que lo que pasa, a medida que trabajas con el Curso a lo largo de muchos, muchos años, es que empiezas a entender lo que eso realmente quiere decir. Toma tiempo para que esto comience a penetrar, porque es muy fácil leer este libro y saltarse todos los pasajes horribles —los que hablan de sangre derramada, violencia, crueldad, asesinato, culpa y odio— y ver únicamente los maravillosos que hablan de amor, paz, dicha, unión y unidad. A medida que comienzas a prestar atención a los pasajes del ego, te das cuenta de lo que realmente están diciendo y de lo que se trata todo el sistema de pensamiento del ego, y de lo mucho que te identificas con ese sistema. Una vez más, es muy, muy aterrador darse cuenta de esto.

Así que decir sí a Jesús es decir no al ego, lo que significa que no puedes decir que sí mientras no seas capaz de primero mirar tu sistema de pensamiento del ego y decir: «Ya no estoy dispuesto a pagar este precio». Cuando lo miras y dices: «Obviamente todavía estoy dispuesto a pagar este precio», entonces dices: «Está bien. No he llegado tan lejos como me gustaría haber llegado, pero al menos he avanzado lo suficiente para saber que no he avanzado gran cosa». Ese es un progreso maravilloso. ¡Así que hay esperanza!