«Reglas para tomar decisiones»
(Texto - Capítulo 30 - Sección I)

Extractos del taller celebrado en la
Fundación para Un curso de milagros
Roscoe NY

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XI
Reglas 3 y 4

(T-30.I.6:1) (3) Recuerda nuevamente… [en otras palabras, volvamos al principio] Recuerda nuevamente el día que te gustaría tener, y reconoce que ha ocurrido algo que no forma parte de ello.

Al decir «el día que te gustaría tener», Jesús se refiere al día que realmente te gustaría tener, que es un día de paz y felicidad. Ahora ha pasado algo que no constituye parte de eso: no estás feliz. Estás decepcionado, enojado o sintiéndote triunfante porque has conseguido lo que querías. Creo que ya dije que ese triunfo no es la paz. El éxtasis no es la paz. El arrebato no es la paz. El gran drama no es la paz. La paz es la paz de Dios, lo cual significa que es constante y estable, no sube y baja.

Así que lo que se te pide que hagas es observarte a ti mismo durante el día y darte cuenta tan pronto como puedas de que algo se ha descentrado. Te has descarriado porque no estás en paz.

(T-30.I.6:2) Date cuenta entonces de que has hecho una pregunta por tu cuenta y de que debes haberla contestado de acuerdo con las condiciones que tú mismo has establecido.

Aquí de nuevo está diciendo que la pregunta que estamos formulando al Espíritu Santo no es realmente una pregunta. Es una declaración: «Quiero esto. Y quiero que me digas que está bien que yo lo quiera». «Quiero» significa que estamos inmersos en el sistema de pensamiento del ego, lo cual significa que la respuesta que recibiremos será un ídolo fabricado por el ego. Entonces llamamos a ese ídolo el Espíritu Santo o Jesús o Dios. Pero todo el asunto es un montaje. Hemos establecido cuál es la pregunta y, por lo tanto, la respuesta debe avenirse a esos términos. Este es un punto extremadamente importante.

El canto de la oración, uno de los suplementos que Jesús le dictó a Helen un año después de que se publicara el Curso, iba dirigido originalmente a Helen —y luego a todo el mundo— con el fin de corregir el concepto erróneo de que pedir ayuda al Espíritu Santo significa pedirle espacios donde estacionarse, preguntarle dónde ir de compras, dónde vivir, qué hacer con tu vida, ya sea algo que calificamos como trivial o algo que consideramos importante. Jesús (primero en un mensaje especial que fue reescrito posteriormente para el auditorio general, y que ahora forma parte del suplemento) le explicó que, si bien estas peticiones no tienen nada de malo, es solo el paso inicial y no es realmente lo que quieres. Cada vez que formulas una pregunta específica para el Espíritu Santo, en esencia, le estás diciendo cuál debe ser la contestación. No le estás dejando ningún espacio para algo que Él quiera decir, porque le estás diciendo lo que debe decir. Cuando preguntas: «¿Debo aceptar el trabajo A o el trabajo B?», la única respuesta que te permitirás escuchar es A o B, porque así es como estructuraste la pregunta. No te percatas de que esto es un ataque muy sutil y un intento de controlar nuevamente a Dios, tal como lo tratamos de hacer justo al principio.

Hacer una pregunta específica es realmente un intento de controlar la respuesta. No parecerá que realmente estás tratando de controlar a Dios. Jesús dice en El canto de la oración que, cuando pides algo específico, es exactamente lo mismo que mirar el pecado, hacerlo real y luego perdonarlo. Posteriormente en el suplemento Jesús acuña un nuevo término, el perdón-para-destruir, que no se utiliza en el Curso, aunque se describe el proceso. Hago que el pecado sea real cuando digo que me has hecho algo malo, pero por pura bondad, lo pasaré por alto —después de haberlo hecho real. Eso es lo que él llama perdón-para-destruir. Está diciendo que pedirle cosas específicas al Espíritu Santo es exactamente lo mismo, así que, aun cuando él no utiliza el término, podríamos decir que pedirle cosas específicas sería un ejemplo de pedir-para-destruir. No obstante, parece ser La forma correcta de proceder. El Curso dice que debes pedir ayuda, que debes orar, etc. Pero no entiendes que, en realidad, tu especialismo se está imponiendo.

En El canto de la oración, dice que no quieres los pormenores del canto de la oración; quieres el canto mismo. En otras palabras, no quieres las respuestas específicas a preguntas específicas. Quieres el amor que inspira eso. Quieres el canto en sí, no los contornos del canto; no quieres la melodía ni las armonías ni los intervalos. No quieres la forma del canto, sino el amor que lo ha inspirado. En «La canción olvidada», una hermosa sección al comienzo del capítulo 21 del texto, Jesús habla de la canción olvidada como esa presencia del Amor del Espíritu Santo en nuestras mentes, que nos recuerda el canto del Cielo. Dice que «las notas no son nada» (cursivas añadidas). Las partes del canto, la forma que asume el canto, no son nada. Lo que quieres es el canto.

Dice, pues, que lo que quieres es una experiencia del amor de Jesús. Cuando insistes en que quieres respuestas específicas a preguntas específicas, traes su amor a rastras desde tu mente hasta el mundo porque allí es donde crees estar. No conforme con eso, luego dices: «¡Arréglame esto!». Niegas el hecho de que inventaste el problema como un remedio a él, para que pudieras despachar su amor y no tener que experimentarlo. ¡Imagínense la arrogancia de eso! Henos aquí: inventamos un mundo, inventamos un problema para excluir el amor de Jesús; y luego nos metemos en un aprieto tan grande que lo incluimos en el lío y le suplicamos: «¡Por favor, arréglalo!». Y dice: «no». No porque esté enojado o quiera vengarse, sino porque dice que no hay nada que arreglar. «No me pidas que arregle tus problemas específicos; pídeme más bien que me una contigo, lo cual deshará la causa de todos tus problemas específicos». La causa de todos esos problemas específicos es la creencia de que nos hemos separado del Amor de Dios. A esta separación, la llamamos pecado. Entonces nos sentimos culpables por lo que hemos hecho y creemos que nuestra pecaminosidad merece ser castigada. Esa es la fuente de nuestra angustia, en cualquier forma que se manifieste. Por lo tanto, al pedir unirnos con Jesús y pedir su ayuda (que realmente es una manera de pedirnos a nosotros mismos que nos unamos con él), estamos deshaciendo la separación del Amor de Dios que es la causa de todos los problemas. Y por eso este curso es tan sencillo.

Para complicar todo, los estudiantes de Un curso de milagros arrastran a Jesús o al Espíritu Santo desde la mente donde Ellos están, y los introducen en un mundo donde Ellos no están en un mundo donde nosotros tampoco estamos; y exigen que nos arreglen las cosas aquí. Y cuando no lo hacen, montamos en cólera. El canto de la oración retoma todas estas ideas del Curso, porque la gente no estaba prestando atención. El canto de la oración se dictó para que se corrigieran todos los errores que ya empezaban a aparecer durante el primer año de vida del Curso. El problema, por supuesto, es que la gente nunca se tomó la molestia de reflexionar sobre el folleto (ahora llamado un suplemento), porque nunca se tomó la molestia de reflexionar sobre lo que realmente dice el Curso. Así que ahora los mismos errores se han repetido una y otra vez, al volverse casi universales con la gente.

Las personas no prestan atención a lo que dice el Curso, porque piensan que entienden lo que dice simplemente porque saben leer el inglés. No se dan cuenta de que el significado del Curso no reside en las palabras (o, como dije antes, en la comprensión intelectual). El significado reside en convertirnos en parte del proceso mismo y unirnos con el amor que inspiró el Curso. Esto significa que realmente tienes que cultivar una actitud de humildad cuando trabajas con esto, porque es muy fácil pensar que estás oyendo al Espíritu Santo, cuando lo único que estás haciendo es oír la resonancia de tu propia voz. De eso se trata esto.

(T-30.I.6:2-5) Date cuenta entonces de que has hecho una pregunta por tu cuenta y que debes haberla contestado de acuerdo con las condiciones que tú mismo has establecido. [Lo que significa que escucharás exactamente lo que querías oír, y estableciste las cosas para que eso oyeras]. Di entonces [ahora bien, esta es la tercera regla]: No tengo ninguna pregunta. Me olvidé de lo que tenía que decidir.

Ahí comienza la verdadera humildad. No solo es que no tenga una pregunta: ni siquiera sé qué preguntar. Por lo menos ahora estás haciendo borrón y cuenta nueva. Por lo menos ahora desistes de la arrogancia que dice: «Sé cuál es mi problema. Sé cuál es la solución. Y cuento con el «favor» del Espíritu Santo —Él me lo resolverá». Y si eres muy hábil en esto, les dirás a tus amigos: «Conseguiré que Él te resuelva también tus problemas, porque Él habla por mi conducto. Y si acudes a mí, Él te hablará a ti por mi conducto». Y bien, ¿adivinan qué significa eso? Me hace muy especial, porque tengo el «favor» de esta maravillosa Voz. Y te hace especial a ti, porque gozas del privilegio de sentarte en mi compañía. Todo ello está tan plagado de especialismo, que resulta asombroso que la gente haga esto en nombre de Un curso de milagros y no se dé cuenta de lo que está haciendo. Cuando entiendes lo que es el especialismo, puedes ver claramente lo que está sucediendo. Las personas que hacen esto no son malvadas, no es gente mala. Son personas temerosas que tienen miedo de lo que en realidad es el mensaje del Curso y, por lo tanto, lo sustituyen con su propio mensaje, sin darse cuenta de lo que están haciendo.

(T-30.I.6:6) Esto cancela las condiciones que has establecido y permite que la respuesta te muestre cuál debió haber sido la pregunta realmente.

Si tu mente es una tabla rasa, entonces la respuesta será alguna experiencia del amor de Jesús, y entenderás cuál debió haber sido la pregunta. A saber, la pregunta tiene que ver con que el ego ya no sea tu maestro y que, en su lugar, quieres que Jesús sea tu maestro. Así que la pregunta nunca es «¿Hago A o hago B?». La pregunta es: «¿A cuál maestro escogeré? ¿A cuál consejero escogeré? ¿A cuál guía escogeré para ayudarme a aprender cuál es la forma «correcta» de proceder?» Lo que quieres hacer, como lo dice el mensaje de El canto de la oración, es unirte con el amor de Jesús. En ese amor encontrarás todas las respuestas a las preguntas específicas que crees tener.

En El canto de la oración, Jesús cita la famosa frase del sermón de la montaña: «Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura». Y dice que, en esa única respuesta, uniéndote con mi amor, con mi canto, se hallarán todas las pequeñas respuestas; no tienes que preocuparte por ellas. Eso no significa que no tengas que elegir entre el trabajo A y el trabajo B, permanecer en el trabajo A o dejar el trabajo A, permanecer en una relación o dejar una relación. Por supuesto que tienes que tomar una decisión. Y lo haces lo mejor posible cuando deba tomarse la decisión. Pero, ante todo, trata de implicarte en el proceso subyacente de trascender la inversión que tu ego tiene en la respuesta: «¡Maldita sea! ¿Qué hago?», y llegar hasta el verdadero cuestionamiento, que es preguntarte: «¿Por qué persisto en elegir a mi ego cuando el Amor de Dios está ahí con solo pedirlo?».

Así que la tercera regla ahora consiste en deshacer el que hayamos olvidado las primeras dos reglas. Así que decimos: «No tengo ninguna pregunta. Me olvidé de lo que tenía que decidir».

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(T-30.I.7:3) Y tu temor de que se te vaya a dar una respuesta que no coincida con la pregunta tal como la planteaste cobrara ímpetu y acabarás creyendo que el día que deseas es uno en el que a tu pregunta se le da tu respuesta.

Esto significa que tu versión de la pregunta cobrará ímpetu hasta e incluyendo el momento en que crees que tu día feliz llegará cuando tu pregunta sea respondida con tu respuesta; en otras palabras, cuando consigas lo que quieres. Así que básicamente esa es la culminación del proceso. Y te apegas a esto cada vez más porque no quieres oír la otra respuesta, porque sabes en algún lugar dentro de ti que la otra respuesta significa que estás equivocado, lo que a su vez significa que no existes. Ese es el terror de equivocarte. Estar equivocado se convierte en un símbolo de un pensamiento mucho mayor que dice que, si estoy equivocado, el Espíritu Santo ha de tener razón, porque siempre es uno o el otro. Uno de los sellos distintivos del sistema del ego es «uno o el otro». Nunca tienes más de dos opciones, y siempre es una o la otra. Es un subibaja: si uno está arriba, el otro debe estar abajo. Si uno tiene razón, el otro debe estar equivocado. Si uno es inocente, el otro debe ser culpable. Y no hay alternativa en eso. Una vez que te identificas con el sistema del ego, eso es lo que aceptas: la idea de que es uno o el otro. El ego desconoce la palabra «mismo». La palabra «mismo» no figura en el vocabulario del ego, porque su existencia entera se fundamenta en la idea de que Dios y el Hijo son diferentes, lo cual para el ego equivale a decir que están separados.

Dios y el Hijo son lo mismo. Ese es el principio de la Expiación. Dios y Cristo son totalmente uno. Son el mismo espíritu. Dios es el Creador, Cristo es el creado. Dios es la Primera Causa; Cristo es el Efecto. Pero como mencioné antes, en verdad no hay Dios y Cristo en el Cielo, no hay Causa y Efecto en el Cielo. Estas son categorías que introducimos en un mundo dualista para ayudarnos a entender el mundo que está más allá de la dualidad. Todo el sistema de pensamiento del ego nace y se basa en la premisa de que Dios y Su Hijo están separados y son diferentes. Por consiguiente, si el sistema de pensamiento del ego es eso, todo lo que proviene de él debe compartir esa idea. Sin embargo, si todos somos lo mismo, no estamos fragmentados; y si nosotros, como espíritu, somos lo mismo que Dios, no estamos separados de Él. Ese es el fin del ego. Eso es lo que es el principio de la Expiación.

Así que el ego solo sabe de diferencias, que yo soy diferente de Dios y, por lo tanto, diferente de todos los demás. Esa es una de las maneras de entender qué es el especialismo. La palabra misma «especial» implica una comparación. Alguien es más especial que otra persona; alguien es diferente de alguien más. Por lo tanto, si yo tengo razón, tú no puedes tener razón, porque no podemos ser iguales. Tenemos que ser diferentes. Utilicemos algo trivial como ejemplo, un simple dato en el mundo: tú dices que la capital del estado de Nueva York es la ciudad de Nueva York. Alguien más dice que no es la ciudad de Nueva York; es Albany. Se comprueba que estás equivocado, y te alteras. ¿Por qué te alteras? Porque eso es un símbolo; no de que estés equivocado con respecto a la capital de un estado, sino de que estés equivocado, punto. Por eso nos encontramos con tanta frecuencia a personas que no soportan equivocarse. Siempre deben tener razón y se enojan mucho si no la tienen. Se enojan porque el pensamiento subyacente es que estoy equivocado, punto. Y si yo estoy equivocado, solo se debe a que el Espíritu Santo tiene razón. Y si el Espíritu Santo tiene razón, todo este sistema de pensamiento está mal, todo este mundo está mal, lo cual significa que dejo de existir como una criatura del ego. Ese es el terror. Por eso siempre nos esforzamos mucho por tener razón, lo cual significa ser siempre especiales; y por probar que Dios está equivocado.

Este es el problema en todo esto. Nuestro temor es que se compruebe que estamos equivocados, es decir, que no sabemos qué es lo que más nos conviene.

Así que, de nuevo:

(T-30.I.7:3-4) Y tu temor de que se te vaya a dar una respuesta que no coincida con la pregunta tal como la planteaste cobrará ímpetu y acabarás creyendo que el día que deseas es uno en el que a tu pregunta se le da tu respuesta. Y no será así, pues ello te arruinaría el día al privarte de lo que realmente deseas.

Aquí se hace una distinción entre lo que quieres y lo que realmente quieres. Lo que realmente quieres es la paz de Dios. Lo que quieres es la versión que el ego tiene de eso, alguna complacencia y satisfacción de tu especialismo. Jesús está diciendo que nunca obtendrás lo que quieres porque lo que quieres se contrapone a lo que realmente quieres. En otras palabras, incluso si obtienes lo que crees que quieres, nunca será suficiente. Todos los que formamos parte de esta sociedad somos conscientes de eso: nunca es suficiente. Siempre quieres más y más. Ya sea más comida, más dinero, más sexo, más fama o más cosas materiales, siempre quieres más, siempre quieres algo mejor, porque nunca es suficiente. Obtienes lo que crees que quieres, pero realmente no te satisface, porque en algún lugar en lo profundo de ti persiste la sensación de que falta algo.

Lo que falta es el Amor de Dios que tú desechaste. Pero el ego jamás te permitirá saber eso. Por el contrario, el ego dice que esa sensación de que te falta algo proviene del hecho de que eres imperfecto. El Curso se refiere a eso como el «principio de escasez». A raíz de eso siempre tienes que tomar del exterior para llenar el hueco abismal en tu interior. Por eso aquello de lo que te apropias nunca es suficiente. El hueco abismal nunca se llena ni jamás podrá llenarse, mientras no cambies de mentalidad con respecto a la decisión original. Por eso este curso siempre vuelve a lo mismo, y eso es lo que siempre tienes que mirar. Por eso Jesús dice que no conseguirás lo que deseas, «pues ello te arruinaría el día al privarte de lo que realmente deseas». Así que Jesús ahora apela a nosotros, al decirnos: «Tienes una mente escindida. Sí, tienes una mente ego que solo quiere y quiere y quiere, y que matará para obtenerlo; pero también tienes otra parte de tu mente: la mente correcta». Una vez que entiendes que tu mente está escindida, el concepto de un tomador de decisiones se torna increíblemente significativo, porque ahora tu elección es significativa. Estás eligiendo entre el sistema de pensamiento del ego, que es una ilusión y una mentira, y el sistema de pensamiento del Espíritu Santo, que es la verdad. Incluso si no ejerces de inmediato esa capacidad de elegir, al menos ahora entenderás que tienes una opción, entre lo que quieres como ego, y lo que realmente quieres, que es volver a casa.

P: Supón que has llegado al punto en que las cosas del mundo, tales como las relaciones sexuales y la comida, ya no te funcionan. Crees que no las quieres. Te das cuenta de que ya no tienes interés en ellas. Es como darte cuenta de que te empeñas en magullarte los dedos al azotar la puerta. Por lo tanto, lo indicado es dejar de magullarte los dedos al azotar la puerta. Pero ¿cómo puedo saber si no estoy cayendo en la negación con respecto a todo esto?

R: Esta es una pregunta sumamente importante, porque la solución que propones no va a funcionar. En efecto, si te empeñas en magullarte los dedos al azotar la puerta, ¡por el amor de Dios, deja de magullarte los dedos al azotar la puerta! —si esa es la causa de tu dolor—. Si crees que todas las pésimas relaciones en las que te empeñas en involucrarte —que nunca funcionan de todos modos— son la causa de tu dolor, tienes plena justificación para decir: «Basta de relaciones, me convertiré en monja».

P: Eso tampoco funciona.

R: ¡Correcto! Porque ese no es el problema. El problema no es la relación, el problema es la culpabilidad en tu mente y tu elección de quién te ayudará con la culpabilidad: el ego o el Espíritu Santo. Si estás en este mundo y en este cuerpo, estás aquí para que puedas aprender lecciones. Las relaciones son las aulas de clase por excelencia. De ahí que el Curso esté lleno de material sobre ese tema —de eso se trata este curso— porque la expresión más clara y poderosa de nuestra culpabilidad se halla en nuestras relaciones especiales. Tomamos la culpabilidad en nosotros mismos y la volcamos en otra persona.

Ontológicamente todo eso comienza cuando literalmente desgajamos una parte de nosotros mismos que no queremos y con esa parte fabricamos una nueva persona. Básicamente, tu relación especial, tu compañero especial, es una parte desgajada del mismo todo, del cual eres una parte desgajada tú. De ahí la importancia de que ustedes dos no se consideren mutuamente como separados. Tratar de resolver esto en el nivel del cuerpo nunca funcionará: lo único que haces es magullarte los dedos una y otra vez al azotar la puerta. Y entonces te parecerá justificada tu conclusión de no involucrarte en relaciones nunca más porque no funcionan. Pero estas relaciones son el aula de clase perfecta. El Curso diría: «No renuncies a las relaciones. Más bien, invítame a mí [Jesús o el Espíritu Santo], para que ahora pueda enseñarte mediante esta aula de clase. Si le cierras la puerta a la relación, ¿cómo podré enseñarte? Has venido a este mundo en un cuerpo, rodeada de todos estos compañeros especiales —pasados, presentes y futuros— tan solo para que llegaras a darte cuenta de que yo podría ser tu maestro. Y justo cuando llegas a ese punto cierras la puerta y declaras: 'Ya no habrá aula de clase'. ¡Entonces yo [Jesús] tendré que sumarme a la fila de desempleados!».

Quieres darte cuenta de que el problema no es lo que anda mal entre tú y la otra persona. El problema es lo que anda mal en tu mente, cuando eliges en contra de Jesús y a favor del ego. Ese es el problema. El ego tratará de convencerte de que el problema son las situaciones o las relaciones en tu vida. Y una vez que has identificado eso como el problema, la solución es fácil: ¡renuncia a ellas! Así comenzaron los monasterios. ¡Literalmente! Comenzaron en el siglo V cuando los hombres huían de la maldad de las ciudades (lo cual realmente significaba la maldad de las mujeres) y se convertían en monjes, pues pensaban erróneamente que querían estar solos con Dios. Estar solos con Dios significaba para ellos que no podían tener nada que ver con nadie más; definitivamente ¡nada que ver con el sexo! Porque el ego diría que el problema es entre los cuerpos. Por lo tanto, la solución es simplemente ignorar o negar el cuerpo. El Curso dice, a través del milagro, que el problema no es el cuerpo, el problema es con quién estás mirando el cuerpo; a saber, con tu ego.

El problema siempre se remonta a este punto de elección en tu mente. Por lo tanto, lo que quieres ver es que las relaciones son las aulas de clase perfectas, y que por supuesto las vas a estropear. Van a comenzar con el especialismo, prosperar con el especialismo y terminar con el especialismo. Esta es la forma perfecta de que aprendas que el especialismo no es la respuesta. Pero debes elegir a un maestro diferente. Así que cuando entablas una relación, puedes decirte: «Por supuesto que voy a meter la pata, sé que lo voy a hacer. Pero ahora puedo tener a Jesús a mi lado mientras lo hago, y puedo observarme cuando hago todas las elecciones en beneficio del especialismo con él a mi lado». La diferencia será que ahora no tengo que sentirme culpable por ellas. No debo tenerles miedo. No tengo que avergonzarme de ellas.

Ese será el comienzo del proceso de aprender a desprenderme de ellas por completo, no de la relación, sino del especialismo de la relación. Así que no quieres renunciar necesariamente a la relación. Quieres renunciar al que has elegido para que sea tu maestro en el aula de clase.

Así que retomando ahora la última frase que leí:

(T-30.I.7:4-5) Y no será así [es decir, no obtendrás tu respuesta a tu pregunta, no obtendrás lo que quieres], pues ello te arruinaría el día al privarte de lo que realmente deseas. Esto puede ser muy difícil de entender, una vez que has decidido por tu cuenta qué reglas te prometen un día feliz.

He aquí otro de esos lugares donde, si lo lees con cuidado, oirás a Jesús decirte: «¡Esto no es fácil!». Una vez más, a nadie le gusta que le digan que está equivocado, porque, como expliqué antes, si estás equivocado, significa que tu existencia misma es una mentira, lo cual significa que ni siquiera estás aquí. Eso es aterrador, si estás convencido de que estás aquí. Eso es de lo que él está hablando.

Una vez que has hecho esto por tu cuenta, es muy difícil cambiar de marcha. Sabes que esto es cierto, basta con mirar lo que ha sucedido en el mundo. Tomamos la decisión de estar solos: no teníamos necesidad de Dios como nuestra Fuente porque nos convertimos en nuestra propia fuente. No necesitábamos al Espíritu Santo de Maestro porque ahora tenemos un mejor maestro (a saber, el ego), y a partir de ese momento nos seguimos de frente, glorificándonos y deleitándonos en el especialismo, en nuestro egocentrismo y engreimiento. Y nunca más renunciaremos a ello, ¡ciertamente no sin oponer una gran resistencia! Y de esa identificación original surgió todo este mundo, junto con todas las cosas que suceden en él. Y no para; sigue y sigue y sigue.

Al principio del manual para el maestro, Jesús habla de cómo este mundo se arrastra pesadamente (M-1.4:4-5) porque nunca funciona nada. La gente está empezando a ver que nunca funciona nada. Tienes un vislumbre de esperanza, y sabes exactamente lo que va a pasar, porque es lo que siempre pasa. Ves un atisbo de esperanza aquí con la economía, por ejemplo, y sabes lo que sucederá. Esto se debe a que el sistema de pensamiento que subyace a todo esto es el sistema de pensamiento yo, yo, yo; es un sistema de pensamiento de especialismo. Este sistema de pensamiento no dice que todos formamos parte de la única Filiación. Es un sistema de pensamiento que dice que somos parte de una filiación especial, y que mi parte especial es mejor que tu parte especial. Por eso nunca funciona nada, y la gente se da cuenta de ello. Por eso este curso es sumamente importante, y también por eso nadie le presta atención: porque es sumamente importante. Prestarle realmente atención significa que debes mirar a tu especialismo, lo cual significa socavar tu existencia misma tal como la has establecido.

Así que ahora, una vez más Jesús está diciendo: «Te he dado una tercera regla, pero tampoco vas a escuchar esta». Por lo tanto, ahora tiene que darnos una cuarta regla.

Extractos de la Regla 4:

(T-30.I.8:1-2) (4) Si estás tan reacio a recibir que ni siquiera puedes olvidarte de tu pregunta puedes empezar a cambiar de mentalidad con lo siguiente: Por lo menos puedo decidir que no me gusta cómo me estoy sintiendo ahora.

Si no estoy dispuesto a desprenderme de mi especialismo o de mi inversión en tener razón, al menos puedo decir que no me gusta cómo me estoy sintiendo. Puede que aún me sienta tentado de culparte a ti de ello, pero por lo menos puedo permitirme reparar en que no me gusta cómo me estoy sintiendo. Esto es importante porque, como varias personas ya han comentado, muy a menudo es fácil engañarte a ti mismo, al pensar que realmente te estás sintiendo feliz, tranquilo y sin resentimientos hacia nadie, cuando de hecho estás encubriendo que estás furioso, deprimido y ansioso. Jesús está diciendo aquí: «Al menos trata de ser hasta cierto punto honesto contigo mismo: admite que no te gusta cómo te estás sintiendo, que estás enojado, intranquilo, con dolor; que te sientes culpable, muy solo y asustado; que te sientes así o asá. Al menos sé honesto al respecto: no lo encubras».

Tenemos un término para las personas que encubren su dolor: «el bobo embelesado». No encontrarás ese término en el Curso, pero el bobo embelesado es una persona que pone una cara feliz y dice que todo es maravilloso. No solo trata de convencer a otras personas, sino que trata de convencerse a sí mismo. Este no es un curso sobre ser feliz. Este es un curso sobre reconocer lo infeliz que eres. Perdónense por la causa de la infelicidad y entonces serán felices. Jesús no está en contra de la felicidad, obviamente. Pero lo que está diciendo es que, si realmente quieres ser feliz, tienes que soltar todas las decisiones que has tomado para ser infeliz y luego culpar a otras personas de tu infelicidad.

Una vez más, la felicidad que el Curso nos promete es el resultado del proceso de darnos cuenta primero de lo infelices, deprimidos, ansiosos, temerosos y enojados que estamos. Estos no son pecados: tenemos que sentirnos así. ¿Cómo podría alguien encontrarse huérfano y sin hogar, y no sentirse deprimido y enojado? Todos en este mundo se encuentran huérfanos y sin hogar, dentro de su sistema de creencias, porque creen que escaparon de su hogar. Y creen o bien que Dios yace muerto por mano de ellos, o que Dios está tan enojado que los repudió. Nadie en este mundo puede ser feliz porque nadie en este mundo cree encontrarse en su hogar. Y solo puedes ser realmente feliz cuando estás en tu hogar. Por lo tanto, tratar de fingir que eres feliz aquí, que podrías hacer de este mundo un lugar mejor para ti y un hogar en el que podrías ser feliz, es alimentar el mismo sistema de pensamiento que te metió en dificultades desde un principio. Este es un curso que te ayudará a darte cuenta de lo infeliz que estás, porque no te encuentras en tu hogar. Y luego te ayuda a darte cuenta de que no estás en tu hogar debido a una elección que hiciste. Esto no tiene nada que ver con lo que alguien más hizo ni con lo que Dios hizo. Y si no te das cuenta de que es una elección que hiciste, ¿cómo puedes cambiarla? Por eso, para señalar el punto de nuevo, no puedes cambiar de mentalidad a menos que sepas: (1) que tienes una mente, y (2) que tu mente ha elegido el sistema de pensamiento equivocado.

Mientras pienses que eres feliz y que estás colmado de pensamientos de amor y paz, nunca estudiarás Un curso de milagros. Puede que pienses que lo estás estudiando, pero lo que estás haciendo es reescribirlo para que diga lo que quieres que diga. Este curso es para las personas que no saben cuán infelices, miserables, solos, enajenados y deprimidos se sienten, para que luego puedan aprender que eso es lo que sienten y puedan entender de dónde procedieron esos sentimientos. No procedieron de nada en el mundo, sino de tu propia elección. Una vez que entiendas que fue tu propia elección, puedes hacer una mejor elección. Así es como el Curso cumple su propósito. Pero, si piensas que ya eres feliz, o que te has convertido en una persona feliz, perdonada y dispuesta a perdonar porque has «hecho» las lecciones del libro de ejercicios durante un año y has leído todo el texto un par de veces, realmente no estás prestando atención a lo que esto está diciendo, porque no es muy fácil desprenderte de una identificación a la que te aferras firmemente. La verdadera felicidad en este curso surge de mirar a tu culpabilidad, a tu odio de ti mismo y a tu pecado, y de perdonarte por ello. De ahí procede la verdadera felicidad. No es algo que puedas imponerte a ti mismo, reprimiendo con ello todos estos pensamientos odiosos. Solo puede llegar cuando miras esos pensamientos odiosos con el amor de Jesús a tu lado y luego te das cuenta de que no hay nada ahí. Entonces llegará la felicidad, una felicidad nacida del reconocimiento: «Gracias a Dios, que yo estaba equivocado»; y no, que yo tenía razón.

Si creemos que somos felices y estamos tranquilos, no habrá motivación para cambiar. Así que la fuente de todos nuestros problemas, como individuos y como sociedad, permanecerá sepultada en nuestro inconsciente. Toda esa culpabilidad permanecerá ahí y continuamente arrojará una sombra, pero no sabremos de dónde procede la sombra, y siempre confundiremos la sombra con la realidad. Aquellos de ustedes que recuerdan sus lecturas de Platón recordarán que ese fue su idea principal en la alegoría de la caverna: la gente piensa que las sombras son la realidad. Por lo tanto, veremos todo el dolor y el sufrimiento que nos rodea, pero no nos daremos cuenta de que son las sombras de la culpabilidad en nuestra propia mente individual y en la mente de la Filiación. Permitirnos experimentar nuestra infelicidad y nuestro descontento con lo que estamos sintiendo es lo que nos motivará para que empecemos a explorar de dónde procede la infelicidad.

Antes de seguir adelante, quisiera añadir algunos comentarios sobre la preocupación de las personas cuando comienzan a tomarse esto en serio, es decir, la sensación de que se les están retirando las «redes de seguridad», y los sentimientos de confusión que se presentan cuando admiten que ya no se sienten a gusto preguntándole a Jesús «¿Qué debo hacer?», y cuestiones por el estilo.

Es cierto, como he estado diciendo, que tu ego se entrometerá si le pides a Jesús que te ayude de esa manera. Pero es distinto cuando le pides a Jesús que te ayude a mirar el problema, porque entonces te das cuenta de que el problema no radica en que hagas A o B. El problema es que quieres hacerlo por tu cuenta. Experimentarías indecisión o confusión únicamente porque ya has elegido a tu ego. Si hubieras elegido a Jesús, no habría indecisión, vacilación ni confusión, simplemente lo harías. Como dice Gloria: te tornas «pensado». Entonces la respuesta, el Amor de Dios, fluye a través de ti y automáticamente harás lo que es más amoroso. El problema es quitar de en medio a tu ego. Pedir ayuda a Jesús significa pedir que él te ayude a mirar el problema, el cual es: no qué debo hacer porque ya he elegido a mi ego. Así que, pidiéndole a Jesús que te ayude, ya estás deshaciendo la causa de la confusión, que es haberte separado de él. Si le pides que te ayude, te estás uniendo con él y, por lo tanto, estás deshaciendo el problema.

Ni siquiera tienes que saber escuchar. El problema surge cuando crees que sabes. El hecho de que no sepas puede que te parezca motivo de confusión, pero eso se debe a que durante toda la vida has vivido con la idea de que entendías y sabías cómo actuar. Ahora de repente reconoces que no entiendes nada. Esa es una grandísima ventaja, aunque no se sienta como tal.

Permítanme leer las líneas que vienen hacia el final del texto, a las cuales me refiero con frecuencia: «No hay afirmación que el mundo tema oír más que esta: No sé lo que soy, por lo tanto, no sé lo que estoy haciendo, dónde me encuentro ni cómo considerar al mundo o considerarme a mí mismo» (T-31.V.17:6-7). Ahora bien, ¿describe eso a todos los aquí presentes en la sala? ¡Tienen mucha compañía! Recuerden cómo comienza: «No hay afirmación que el mundo tema oír más que esta...». Por eso nos sentimos muy incómodos, porque ahora nos damos cuenta de que no sabemos nada. Pareciera que este curso nos dice que debemos escuchar al Espíritu Santo, pero ahora nos damos cuenta de que ni siquiera sabemos qué significa eso ni cómo hacerlo. Pero ahora termina así: «Sin embargo, con esta lección [aprender que no sabes nada] nace la salvación. Y Aquello que eres te lo dirá por Sí solo» (T-31.V.17:8).

Recordemos la Lección 24 del libro de ejercicios, la cual enfatiza la idea de que no percibimos qué es lo que más nos conviene. El problema es que pensamos que lo percibimos; por lo tanto, no creemos que haya necesidad de que se nos enseñe porque ya sabemos qué hacer. Si, según tú, ya sabes escuchar, no se te enseñará a escuchar. Y pensarás que estás escuchando, cuando todo el tiempo sí estás escuchando, pero a la voz del ego, no a la Voz del Espíritu Santo. Entender que no entiendes nada, especialmente cómo se escucha o qué es lo que significa pedir consejo al Espíritu Santo, es sumamente útil porque ahora tu mente está despejada. Ahora estás a salvo de tu propia arrogancia, y entonces «Aquello que eres te lo dirá por Sí solo». Ahora has dejado sitio para que Jesús acuda a ti y te hable. Y te das cuenta de que escuchar significa quitar a tu ego de en medio. Recuerden lo que comentamos antes acerca de la última pregunta que queda por contestar: que decir significa decir no al no. Decir a Jesús o al Espíritu Santo, decir: «sí, quiero tu ayuda, quiero tu consejo» significa que debes mirar a tu ego y decir: «ya no quiero esto».

Eso es lo que realmente es escuchar: quitar la interferencia de en medio. Entonces puedes estar cada vez más seguro de que la voz que estás oyendo (por supuesto que es una metáfora, no oyes literalmente una voz) no es la tuya, sino que viene del Espíritu Santo. Resulta muy incómodo. Por eso «no hay afirmación que el mundo tema oír más que esta». Cuando la mayoría de las personas alcanzan cierto nivel de madurez, se precian de pensar que realmente saben cómo arreglárselas en el mundo, de saber cómo funciona el mundo. Puede que el mundo no les guste, pero al menos saben cómo funciona y saben cómo sobrevivir en él. De pronto, se te dice que todo aquello en lo que creías es erróneo. Eso es muy desconcertante. En una serie de declaraciones Jesús describe la experiencia como perturbadora, disyuntiva y angustiosa (T-17.V.3:3). Eso es lo que sucede cuando de pronto te das cuenta de que todo aquello que te has creído es falso, y no parece haber nada que ocupe su lugar. Es entonces cuando el ego se ve tentado de interceder a toda prisa y llamar a un psíquico, para que otra persona te diga qué hacer. Eso está muy bien, porque así tú no tienes que hacer tu propio trabajo de deshacer a tu ego. El ego de otra persona te dirá qué hacer, y luego dirá que lo dice la Voz del Espíritu Santo o que la persona lo está canalizando. Es muy tentador tomar esta ruta cuando te estás sintiendo muy incómodo. Sin embargo, es mejor simplemente quedarte quieto y no hacer nada, porque tu ego querrá apresurarse a llenar el espacio vacío, y siempre lo llenará de sí mismo, del ego. Si puedes quedarte quieto, tu miedo amainará, y esa Voz amorosa en verdad te hablará, y sabrás lo que está diciendo.

Un punto adicional: muchos estudiantes caen en una trampa cuando tratan de tomar en serio que «no sé lo que soy». Dejan de tomar todos sus roles en serio, pero de la manera equivocada. Utilizando un ejemplo de una estudiante aquí: nunca dejas de ser una madre, una amiga, una hija, una amante o una esposa: nunca dejas de desempeñar estos papeles. Empiezas a darte cuenta de que es un papel, no soy yo. Pero es un papel que he elegido para poder aprender lecciones en él. Eso es muy importante, de lo contrario te saltarás el paso y dirás que esto es absurdo, todo es inventado, no soy ninguna de estas cosas. es importante que reconozcas que tu identidad no radica en el rol. No obstante, el papel es algo que has elegido porque realmente no crees en tu verdadera Identidad. Quizá hayas comenzado a entender que no eres la persona que creías ser, pero hay una parte de ti que todavía no quiere entender o recordar el Ser que de verdad eres. Así que necesitas pasos que te permitan traspasar tu miedo. Esos pasos son las aulas de clase que elegimos: los roles. Así que el truco consiste realmente en ser cada vez más fiel al papel, no porque signifique nada, sino porque es un aula de clase para ti.

Los insto a estudiar la Lección 184 —del noveno al onceavo párrafo— a este respecto. El material de estos párrafos es extremadamente importante para esclarecer este importante asunto: si el mundo es una ilusión ¿por qué he de prestar atención a lo que estoy haciendo aquí? Estos párrafos de la Lección 184 dejan muy claro por qué debes prestar atención a ese punto. El párrafo once, por ejemplo:

(L-pI.184.11) Usa todos los nombres y símbolos nimios que delinean el mundo de la oscuridad. [Una vez más, estos son todos los símbolos de tu trabajo, todos los símbolos de tu vida personal, todos los roles que desempeñas: úsalos, no te apartes de ellos.] Mas no los aceptes como tu realidad. [Esta es, de nuevo, la visión escindida: aún eres una madre, aún eres un padre, aún eres un hijo, aún eres un amigo, aún eres un cónyuge, aún eres un amante, aún ejerces la profesión que tengas. Pero te das cuenta de que es un aula de clase.] El Espíritu Santo se vale de todos ellos, pero no se olvida de que la creación tiene un solo Nombre, un solo significado y una sola Fuente, la Cual une a todas las cosas dentro de Sí Misma. Usa todos los nombres que el mundo da a esas cosas, pero solo por conveniencia, mas no te olvides de que comparten el Nombre de Dios junto contigo.

Este es un reflejo del punto que he recalcado con frecuencia durante este taller: este es un curso muy, muy sencillo. El reflejo de la unión del Cielo en este mundo es la idea de que todo y todos servimos para el mismo propósito. No estamos unidos aquí en la forma en absoluto, pero estamos unidos en cuanto a propósito, lo cual luego se convierte en el reflejo de la unión que todos compartimos en Cristo y con Dios. En este mundo no hay manera de saber cómo es esa unidad, pero podemos ser el reflejo de ella cuando nos damos cuenta de que todo y todos compartimos el mismo propósito. Eso es lo que recuerdas cuando tu mente se aparta del mundo y vuelve a la mente (algo que el milagro hace), para que recuerdes: «¡Ah! ¡Todo esto es igual! Todo esto es una oportunidad de aprendizaje que yo he elegido para que recuerde por qué estoy aquí, y ahora he elegido a Jesús como mi maestro. No estoy aquí para hacer todo lo que el mundo piensa que estoy aquí para hacer; estoy aquí para recordar Quién soy como Hijo único de Dios. Y la manera en que lo recordaré es tomando ciertas clases. Esta situación en la que ahora me encuentro es una de esas clases. Puede que parezca una clase muy dolorosa, pero puede ser útil si elijo al maestro correcto. Eso me ahorrará mil años, porque deshará un enorme trozo de mi culpabilidad. Y me daré cuenta de que así aprenderé que mis intereses no me separan de nadie más, especialmente de las personas con las que me estoy relacionando en este momento».