Un curso de milagros:
Una espiritualidad llena de esperanza

Extractos de dos talleres celebrados en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula, California

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte II

Veamos una lección que expresa todo esto muy bien: la Lección 284 «Puedo elegir cambiar todos los pensamientos que me causan dolor». Lo que esto da a entender es que no es el mundo el que nos causa dolor; no son el trabajo ni el jefe los que nos causan dolor; no es nuestra relación especial la que nos causa dolor; no es el cuerpo el que nos causa dolor. Nuestros pensamientos son los que nos causan dolor, lo mismo que nos dicen la Lección 5 y la Lección 34: «Nunca estoy disgustado por la razón que creo» y «Podría ver paz en lugar de esto». He aquí lo que la Lección 284 dice:

(L-pII.284.1:1) Las pérdidas no son pérdidas cuando se perciben correctamente.

El mundo siempre juzga las pérdidas en relación con el cuerpo: estoy perdiendo mi salud, mi vitalidad, mi juventud, mi felicidad, mi trabajo, mi dinero, mi ser querido, mi casa. Siempre hay pérdidas que se exteriorizan. Cuando percibimos las pérdidas de forma debida, nos damos cuenta de que no podemos perder nada ahí fuera. No hay nada ahí fuera, y cualquier percepción de pérdida proviene de que nuestra mente ha creído en ella, una creencia que podemos cambiar: «Puedo elegir cambiar todos los pensamientos que me causan dolor».

(L-pII.284.1:2-4) El dolor es imposible. No hay pesar que tenga causa alguna. Y cualquier clase de sufrimiento no es más que un sueño.

En otras palabras, el mundo no nos hace sufrir. El sufrimiento es parte del sueño del ego. Ahora viene un pasaje que es muy importante tener presente porque nos ayuda a recordar que esto es un proceso:

(L-pII.284.1:5-6) Esta es la verdad [es decir, todo aquí es una ilusión; el placer y el dolor son ilusorios], que al principio solo se dice de boca y luego, después de repetirse muchas veces [probablemente muchas, muchas, muchas veces, pero eso estropearía la métrica, por lo que solo hay un «muchas» —estoy seguro de que Helen oyó «muchas, muchas, muchas veces»], se acepta en parte como cierta, pero con muchas reservas. Más tarde se considera cada vez más en serio y finalmente se acepta como la verdad.

Este enunciado describe de forma muy clara el proceso que recorre todo estudiante de Un curso de milagros. Leemos las palabras, decimos: «¡Qué bien!». Tal vez hasta las palabras nos parezcan bonitas y nos gustaría creerlas, pero tenemos reservas: podemos ver que eso funcionaría en ciertos casos, pero no en otros; en algunas relaciones o enfermedades, pero en otras no: con un dolor de cabeza, pero no con un cáncer. Oponemos reparos: «¡Pero debo pagar la mensualidad de la hipoteca!». Y entonces decimos las palabras una y otra vez. Seguimos leyéndolas y escuchándolas. Después las aceptamos parcialmente, todavía con muchas reservas. Entonces comenzamos a pensar en ellas con más y más seriedad. Y finalmente las aceptamos como la verdad. Lo que nos convence de aceptarlas como la verdad no son las palabras. Lo que nos convence es nuestra propia experiencia. Comenzamos a ver que en el nivel de la forma estamos pasando por un trance horrible, pero aun así podemos estar en paz. Por lo tanto, puede que alguien me haya dicho algo muy hiriente, pero no tengo que tomarlo de manera personal. Comenzamos a practicar eso cada vez más, y a verlo cada vez más. «Los que tienen miedo pueden ser crueles» (T-3.I.4:2). La gente nos trata con crueldad, pero están tan asustadas como nosotros. Habríamos de preguntarnos: «¿Por qué he de formar yo parte de su sueño?».

Hay una sección importante en el capítulo 28 llamada «El acuerdo a unirse» (T-28.III). El contexto es la enfermedad, y Jesús nos dice que no aceptemos el sueño de enfermedad de nuestro hermano (T-28.III.3:3), lo que no significa que nos volvamos insensibles al sufrimiento de otra persona; no tomamos a risa su dolencia ni nos volvemos desconsiderados. Significa que no perdemos la paz, lo que en realidad nos hará mucho más solidarios y considerados porque no habrá conflicto, culpa ni miedo que nos impidan ser una libre expresión de amor.

Esto es algo que podemos practicar. Cuando alguien dice algo desconsiderado, no tenemos que formar parte del sueño de esa persona. Pero si nos molestamos, estamos diciendo: «Sí, tienes razón. El sueño de la separación es real y está lleno de víctimas y victimarios; siento pena por las víctimas y odio a los victimarios». Podríamos dar un paso atrás frente a eso y recordar que, si todos somos iguales, los victimarios en el fondo creen que han sido víctimas, y la única manera de que pueden lidiar con su dolor es tomar la ofensiva. Una vez más, «Los que tienen miedo pueden ser crueles». Toda víctima es un victimario silencioso que señala con un dedo acusador que dice: «Mírame, hermano, por tu culpa muero» (T-27.I.4:6).

Más adelante, el texto dice: «Y lo que ves en cualquier clase de sufrimiento que padezcas es tu propio deseo oculto de matar» (T-31.V.15:10). Siempre he dicho que, de todo el libro, ese es el pasaje que cuesta más trabajo realmente mirar. «Y lo que ves en cualquier clase de sufrimiento que padezcas es tu propio deseo oculto de matar.» Queremos sufrir para que alguien más deba rendir cuentas. Existimos, pero no es culpa nuestra; Dios castigará y destruirá a esa otra persona. Un pasaje paralelo viene antes y dice que los pecados de nuestro hermano están «escritos en el Cielo... y que van delante de él…» (T-27.I.3:2). Nuestro sufrimiento le dice a Dios que mire los pecados de esa persona, que están escritos en el Cielo y van delante de ella, lo que significa que sus pecados la conducen al infierno donde será castigada. Y como es uno o el otro, si tú estás en el infierno, yo debo estar en el Cielo.

Entender esto nos da algo a lo cual podremos recurrir cuando estemos inmersos en situaciones horrendas o dolorosas, que es donde casi siempre estamos todos. Podemos decir —y decirlo en serio—: «Podría ver paz en lugar de esto». Reafirmemos este punto importante: esto no quiere decir que disculpemos el comportamiento desconsiderado ni la crueldad de la gente. Solo significa que no atacamos esa conducta. Son personas asustadas, pero todo el mundo está asustado y, por lo tanto, todo el mundo tiene pensamientos y sentimientos despiadados, y actúa con saña. La mayoría no robaríamos bancos ni violaríamos ni mataríamos a gente inocente, ni nos sentiríamos contentos de haber bombardeado una aldea: «¡Hoy me fue muy bien! Maté a ciento cincuenta personas y la mayoría de ellas eran mujeres y niños. ¡Se lo tenían merecido!». La mayoría de nosotros no haría eso, pero en cierto nivel todos lo haríamos. Quizá no lo haríamos en el nivel de la forma, pero cuando nos alegramos de que hayan capturado y castigado severamente —si no es que matado— al violador local, no somos diferentes del violador. Estamos diciendo que el sufrimiento de otra persona me produce placer. Y bien, ¿no es eso lo que hace un violador? El violador dice: «Tú no me importas. Solo quiero mi placer». Pues bien, nosotros queremos el placer de saber que van a matar al cabrón culpable y no a nosotros. A todos nos consta que eso nos produce un gran placer. Observen a una familia cuyo hijo ha sido asesinado; obsérvenlos fuera de la sala de audiencias, cuando se ha pronunciado el veredicto y el tipo que mató a su hijo, o que violó y mató a su hija, irá a prisión y nunca saldrá de allí. La familia está eufórica ¡Se ha hecho justicia! ¡Para nada! Se ha hecho injusticia porque allí no hay amor. El amor no castiga. El amor quizá pondría límite a la capacidad de las personas para crear erróneamente, pero nunca se haría con un afán de castigar.

Todos estamos silenciosamente contentos cuando atrapan al victimario, por lo que no somos mejores que él. Eso es lo que debemos ver. No confundamos el símbolo con la fuente. En el nivel del símbolo, todos somos muy diferentes. En el nivel de la fuente, que es la mente separada, todos somos iguales. Todos somos un Hitler y un Stalin en secreto. Todos somos asesinos. Todos somos un Jesús o un Buda en secreto porque todos tenemos mentes correctas. Todos somos iguales. Todo el mundo tiene una mente correcta —todos. Si excluimos a una sola persona, estamos excluyendo a toda la Filiación, porque lo que hace que la Filiación sea la Filiación es que está unificada. Todos somos uno. Este es un pensamiento muy aleccionador.

Con frecuencia digo que, si quieres ver hasta dónde has llegado con este curso, simplemente mira uno de los juicios que emites y pregúntate si aplicarías ese mismo juicio a todos en la Filiación. Toma cualquier pensamiento desconsiderado que tengas con respecto a cualquier persona y pregunta si lo extenderías para abarcar a todos, incluyendo a Jesús y a las personas que aquí amas. Lo más probable es que digas: «No. Jesús nunca violó a nadie. Nunca construyó una bomba ni bombardeó a la gente inocente de una aldea». Al juzgar y pensar mal de los demás, lo que estamos haciendo es diferenciar y fragmentar la Filiación. Estamos diciendo que hay una jerarquía de ilusiones, lo que —como hemos visto— es la primera ley del caos (T-23.II.2:1-2). Estamos diciendo que hay personas aquí que son diferentes de otras personas.

Las personas son diferentes en el nivel de la forma, pero no en el nivel de la mente. No confundamos el símbolo con la fuente. Los símbolos pueden diferenciarse, a menos que los hagamos símbolos de mentalidad correcta, en cuyo caso incluyen a todos. Por lo tanto, si tienes una maravillosa experiencia beatífica en presencia de una gran obra de arte o de un fabuloso paraje natural y te niegas a permitir que ese amor abarque a todos, estás negando la belleza de esa experiencia. Estás diciendo que puedes tener una maravillosa experiencia del Amor de Dios, tome la forma que tome, pero que no puedes llevarla contigo a casa porque tienes a todos esos chiquillos gritones que interrumpen tu paz; o que no puedes meterla en el lugar de trabajo; o que no puedes llevarla contigo cuando ves las noticias.

Cuando pensamos de esa manera, estamos tomando la experiencia del amor y la estamos limitando, lo que significa que ya no es amor. Pensar o hacer algo desconsiderado no nos hace pecadores, pero sí dice que todavía valoramos, afirmamos y damos fe de la realidad de la separación, la realidad de la fragmentación; es decir, que hay una jerarquía de ilusiones, que en este mundo hay gente buena y gente mala. Es cierto que hay personas a las que juzgamos como buenas, que a nuestro parecer hacen cosas buenas; y personas a las que llamamos malas, que a nuestro parecer hacen cosas malas. Sin embargo, no todos estarían de acuerdo con nuestro parecer, lo que significa que no es un punto de vista universal, y si no es universal, no es real.