Un curso de milagros:
Una espiritualidad llena de esperanza

Extractos de dos talleres celebrados en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula, California

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte III

La mentira del mundo es que los símbolos significan algo, y ese significado es que diferencian. De ahí la falsedad de los símbolos. Ese es el significado que los símbolos tienen para el ego. El propósito de cualquier símbolo es remitirnos a la fuente. Si es la fuente de mentalidad errónea, queremos cambiar de mentalidad. Si es la fuente de mentalidad correcta, queremos fortalecerla y compartir el amor que proviene de esa decisión de mentalidad correcta. Eso es lo que hace que este curso sea tan difícil. Hay una sección llamada «Salvación sin transigencias» (T-23.III). Si realmente queremos salvarnos, es decir, salvarnos de nuestra decisión a favor de la culpabilidad, todos deben ser incluidos en nuestra decisión. Este curso es intransigente. Su tono es muy apacible, y la experiencia de tener a Jesús como nuestro maestro es muy amorosa, bondadosa y paciente, pero él es intransigente. En un mensaje Jesús le dijo a Helen algo que es realmente para todos nosotros: «Te amaré, te honraré y respetaré absolutamente lo que has hecho, pero no lo apoyaré a menos que sea verdad» (T-4.III.7:7). Él no apoya nada de lo que decimos o creemos. Este curso anula todo lo que creemos que es verdad. Jesús respeta lo que pensamos porque proviene del poder de nuestra decisión. Si no respetamos el poder de nuestra decisión de elegir al ego, nunca respetaremos ese poder de elegir al Espíritu Santo, pero Jesús no apoyará nuestra elección a favor del ego porque no es verdad.

En ese sentido, este curso es intransigente. Es dulce, apacible, amoroso y bondadoso, pero ¡vaya que es intransigente y claro! Muchos estudiantes caen en la tentación de esquivar lo que dice, al pensar que Jesús no está hablando en serio; o lo esquivan haciendo caso omiso de ciertas cosas que leen. Por ejemplo, cuando Jesús nos dice que nuestros ojos no ven, hacemos de cuenta que no hemos visto esa frase. Correcto, ¿entendido? Los ojos no ven. Fingiremos que no vemos el enunciado que dice que nuestros ojos no ven. Veremos lo que queremos ver.

Por lo tanto, al practicar este curso, no obstante, debemos compartir la bondad y la apacibilidad de nuestro maestro, pero debemos ser intransigentes en no atribuir causa a nada externo. Nunca estamos disgustados por la razón que creemos (L-pI.5). Creemos que estamos disgustados porque... Y todos tenemos una larga lista de «porques». Podemos decir con la misma facilidad que creemos que somos felices porque... lo que significa que nunca estamos felices por los motivos que creemos. El mundo miente. El mundo fue hecho para mentir. «Nada es tan cegador como la percepción de la forma» (T-22.III.6:7). La forma miente. Nos ciega. El símbolo nos impide ver la fuente. Por eso: «Nada es tan cegador como la percepción de la forma». Por eso no debemos creer a la gente que nos dice que dos y dos son cuatro. Quienes digan eso no entienden. Podrían ayudarnos con un problema corporal, pero no nos servirán para volver a casa. Podrían ofrecernos una forma particular de magia que ayude a aliviar el dolor, o nos podrían indicar cómo trasladarnos del lugar A al lugar B. Eso no tiene nada de malo, pero no nos llevará a casa. Lo que nos llevará a casa es pedir ayuda a alguien, pero no tomar la ayuda en serio. Nos tomamos en serio la ayuda en el nivel de los efectos que pueda tener en nuestro cuerpo o en el cuerpo de los seres queridos, pero no la tomamos en serio en el sentido de otorgarle realidad. Dos y dos no son cuatro; son cinco, porque nada de este mundo tiene sentido, especialmente el hecho de que parezca tener sentido.

El mundo se basa en leyes que provienen de la creencia en la nada, según la cual hay un pensamiento de separación que da lugar a un mundo de tiempo y espacio que está gobernado por diferentes tipos de leyes: las leyes de la física, la química, la biología, la psicología, el desarrollo humano, etc. Todas ellas se derivan de la creencia de que el tiempo y el espacio son reales, la cual se deriva del pensamiento de que la separación de Dios es real. Todo esto es realmente una creencia en la nada, y nada obtendrán de nada. Todo en este mundo es producto de nuestro pensamiento, tal como dicen los físicos cuánticos. Sin embargo, lo que los físicos cuánticos por lo general no dicen es que ese pensamiento es la culpabilidad.

Se nos dice que el mundo «es el sistema ilusorio de aquellos a quienes la culpabilidad ha enloquecido» (T-13.in.2:2). El mundo es un «sistema ilusorio» —es decir, demente— «de aquellos a quienes la culpabilidad ha enloquecido». La culpabilidad es lo que fabricó a este mundo y la culpabilidad es lo que sostiene a este mundo. El perdón es lo único que puede deshacer la culpabilidad. El perdón dice que ahí fuera no hay nada que perdonar: tú no me hiciste nada, lo que equivale a decir que quizá hayas lastimado mi cuerpo o los cuerpos de mis seres queridos, pero no me quitaste la paz de Dios porque esa está en mi mente y solo yo tengo el poder de quitarme la paz de Dios. Pero cuando digo que me la quitaste porque me golpeaste, abusaste de mí, me humillaste, me abandonaste, me insultaste, me robaste o lo que sea, estoy diciendo que no tengo el poder de quitarme la paz. No tengo una mente. Eres quien tiene el poder. De hecho, tienes el poder y lo estás utilizando. me quitaste la paz de Dios. Esa es la mentira.

El mundo de dos y dos son cuatro nos diría que sí, que eso es lo que la gente hizo, y miren el efecto que tuvo. Tuvo un efecto en un cuerpo, pero el cuerpo no existe. El cuerpo es una proyección de un pensamiento que nunca ocurrió. Insisto en volver a eso porque el embrollo del compañero que formuló la pregunta no tiene otra salida. Así que, si todos quieren ayudar, tienen que decirle que lo que les estoy diciendo es verdad. Es la única manera de salir de ese lío. No hay esperanzas en este mundo. El mundo se fabricó para no ofrecer esperanzas. ¿Por qué? Porque la única esperanza reside en la mente tomadora de decisiones. Ahí es donde está la esperanza porque es ahí donde está el problema. Cuando nos sustraemos de la mente y nos situamos en el sueño como una figura onírica, como un cuerpo en un mundo, nos estamos privando de tener conciencia de la mente, lo cual quiere decir que estamos cortando la única fuente de esperanza que existe.

Este curso, lo repito, es lo único —que yo sepa— que ofrece verdadera esperanza porque nos remite a la mente enseñándonos en primer lugar por qué hicimos el mundo, por qué seguimos viniendo a este mundo, por qué seguimos abogando por este mundo, por qué incluso llegamos a pensar que Un curso de milagros se trata de cómo vivir en este mundo y de que Jesús nos va a decir algo. ¡En el nombre de Dios, ¿qué nos podría decir, excepto que somos el Nombre de Dios?! Eso es lo que él nos diría. Él no nos habla. Esa es una alucinación auditiva, que podría ser útil si llevara a la gente más allá de la alucinación, y a medida que crecieran se volvieran como él —como dice en el poema de Helen, «Plegaria a Jesús»—: para que al mirarte la gente no sea a mí a quien vean, mas solo Te vean a Ti (The Gifts of God [Los regalos de Dios], pp. 82-83). En ese caso la voz es útil porque conduce más allá de sí misma.

Dios, el Espíritu Santo y Jesús no hablan de lo específico. El amor es inespecífico. Lo traducimos en algo específico. Puede ser un símbolo de mentalidad correcta y ser muy útil, pero necesitamos utilizar el símbolo para volver a la fuente. Recuerden las frases de la Lección 161: «El odio es algo concreto. Tiene que tener un blanco» (L-pI.161.7:1-2). Una frase anterior dice: «Así fue como surgió lo concreto» (L-pI.161.3:1). Esta es una referencia a por qué se hizo el mundo. Hicimos un mundo de lo específico para mantenernos anclados en un sistema de pensamiento de lo específico. Hay un Hijo específico que atacó a Su Padre específico —ahora ya tenemos dos, ambos específicos.

Por eso el Curso dice: «El mundo se fabricó como un ataque contra Dios» (L-pII.3.2:1). Es una proyección del pensamiento de ataque: que estamos mejor fuera del Amor de Dios. Por lo tanto, fabricamos un mundo que es lo contrario del Cielo. Fabricamos un yo que es lo contrario del Cristo que somos. El Cielo es abstracto, lo que significa que es inespecífico y no dualista; así que fabricamos mundos específicos, cuerpos específicos, problemas específicos, necesidades específicas, voces específicas que escuchamos decirnos cosas específicas, todo lo cual hace que el mundo de lo específico sea real. Nunca llegaremos a casa de esa manera. Hay que utilizar lo específico para que nos conduzca a lo inespecífico. Eso es distinto, pero no confundamos el símbolo con la fuente.

En el Curso se nos enseña que el propósito del tiempo es enseñarnos que el tiempo no existe. El propósito de lo concreto es enseñarnos que no hay nada concreto en el Cielo. El propósito de estar en el mundo es aprender que no hay mundo. Para la mente correcta el propósito de estar en un cuerpo es aprender que no somos cuerpos. El libro de ejercicios dice una y otra vez: «No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó» (L-pI.201-220). Dios nos creó como espíritu. Y cuando creemos que somos algo distinto de eso, es porque creemos que somos una mente separada. Siempre somos una mente separada, nunca un cuerpo separado. Esa es la ilusión, la mentira. «Nada es tan cegador como la percepción de la forma.» La percepción ve el símbolo. Ve la forma y se detiene allí. No va más allá de la forma. Este curso nos enseña a utilizar las palabras, los cuerpos y las relaciones como una manera de llegar más allá de ellos. No confundamos el símbolo con la fuente.

Un símbolo representa algo o simboliza algo que no puede expresarse de otra manera. El amor no puede expresarse aquí. El amor es la unidad perfecta. El Curso dice que el perdón es el reflejo del amor del Cielo. Es el equivalente terrenal del amor, pero no es el amor. El reflejo de la unidad del amor del Cielo es la igualdad de la Filiación, y en ese reconocimiento de que todos somos iguales no hay juicio. ¿Cómo puede uno juzgar lo que es lo mismo? Solo se puede juzgar lo que es diferente. «El amor no hace comparaciones» (L-pI.195.4:2) porque el amor es la unidad perfecta. El amor del ego compara todo el tiempo, todo el tiempo. Así es como sabes que es el ego.

Una vez más, este curso se nos dificulta por su naturaleza intransigente, pero en eso mismo se halla también la esperanza de este curso; ahí es donde está la salvación; y por eso requiere mucho trabajo y gran esfuerzo. Hay una serie de pasajes que son muy reconfortantes. Uno de ellos nos dice: «No temas que se te vaya a elevar y a arrojar abruptamente a la realidad» (T-16.VI.8:1). No sucede así. Hay un pasaje aún más potente en el capítulo 27: «Mas ese sueño es tan temible y tan real en apariencia, que él no podría despertar a la realidad sin verse inundado por el frío sudor del terror y sin dar gritos de pánico, a menos que un sueño más apacible precediese su despertar y permitiese que su mente se calmara para poder acoger —no temer— la Voz que con amor lo llama a despertar...» (T-27.VII.13:4). Tenemos que proceder paso a paso. No vamos directo del yo al Ser. El yo se va transformando. Algunas veces en el Curso Jesús nos dice que el Espíritu Santo no nos quita nuestras relaciones especiales, sino que las transforma (véase, por ejemplo, T-17.IV.2:3).

De ser un yo culpable, enojado y deprimido, vamos transformándonos en un yo tranquilo. Nuestra percepción que ve a todos como diferentes —algunos buenos y otros malos— se transforma en la percepción que ve a todos como iguales. Todavía forma parte de la ilusión, pero es la manera de salir de la ilusión. Es lo que el Curso llama el sueño feliz (T-18.V). No tiene que ver con nada físico. Los sueños felices son aquellos sueños apacibles que preceden a nuestro despertar, llevándonos al punto desde el cual podemos despertar porque ya no tenemos tanto miedo. Paulatinamente nos vamos transformando de un yo de mentalidad errónea a un yo de mentalidad correcta. El yo identificado con la mente errónea ataca, juzga y establece diferencias. El yo identificado con la mente correcta perdona, mira más allá del pecado al error y más allá del error a la verdad. Ve a todos como iguales. El yo identificado con la mente correcta no juzga, y si hay un acto de juicio, ese yo no juzga la decisión. Identificados con la mente correcta somos pacientes, apacibles y bondadosos con nuestros propios egos, lo que nos permite ser pacientes, apacibles y bondadosos con el ego de los demás. Ser más pacientes y bondadosos con los egos de los demás refuerza nuestra paciencia y apacibilidad con nosotros mismos.

Esto requiere un gran esfuerzo y mucha práctica. Tenemos que mirar cada pensamiento del ego que tenemos y no justificarlo ni sentirnos culpables por ninguno de ellos ni castigarnos, sin importar lo grande o pequeño que esos pensamientos puedan ser. El Curso dice dos veces que una leve punzada de irritación es una máscara que cubre el rostro de intensa furia (L-pI.21.2; M-17.4).

Llegamos a equiparar un pensamiento del ego con una defensa. Nos sentimos culpables porque hemos rechazado el amor. Esto dejó un vacío en nosotros, una carencia que tenemos que llenar tomando algo del exterior, ya sea desarrollando relaciones de amor especial que satisfagan nuestras necesidades, o robando la inocencia de otros, lo cual hacemos, atacándolos y dándoles nuestra pecaminosidad para ganarnos su inocencia, porque es uno o el otro. Todo esto ocurre simplemente porque nos dio miedo el amor, pues en presencia del amor no existimos. Por lo tanto, rechazamos el amor para protegernos. Preservamos este yo tomando nuestro pecado y culpabilidad y proyectándolos sobre otras personas. Y eso es lo que hacemos a lo largo de todo el día.

Nos damos cuenta de que enojarnos, emitir juicios y compadecernos a nosotros mismos tiene un propósito. Nada de ello sucede por mera casualidad. La razón o el propósito es escapar del terrible peso de la culpa: no verla en nosotros mismos, sino en los demás. «El odio es algo concreto» (L-pI.161.7:1). Debe haber alguien ahí fuera a quien podamos odiar, y como no lo hay, tenemos que inventar a una persona o inventar algo. Por eso caminamos por este mundo siempre enojados, siempre emitiendo juicios, siempre ansiosos, siempre temerosos, siempre comparando, siempre buscando fuera algo que llene este agujero que creemos tener dentro.

El ego nos dice que, si vamos dentro, desapareceremos en el Corazón de Dios y nuestro yo dejará de existir. Por eso, de nuevo, necesitamos proceder poco a poco. No vamos del yo al Ser; transformamos nuestro sentido de identidad. El proceso para lograr eso implica aprender a ver a todos como iguales, y luego perdonarnos a nosotros mismos cuando no vemos la igualdad, sino que vemos a todos como diferentes.

Recordemos, este no es un curso de hacer; es un curso de deshacer. Simplemente seguimos mirando y, si seguimos mirando, con el tiempo aprenderemos a no tomar tan en serio al ego. Aprenderemos a no darle poder sobre nosotros. Nos daremos cuenta de que tenemos poder sobre el ego y seremos mucho más indulgentes con nuestros errores. Diremos: «Simplemente me dio miedo. No es para tanto. No significa que esté haciendo mal el Curso». No hay más que un solo ego, un solo sistema de pensamiento del ego; así que, siempre estamos haciendo lo mismo una y otra vez. Lo importante es la actitud que tenemos hacia al ego.