Un curso de milagros:
Una espiritualidad llena de esperanza

Extractos de dos talleres celebrados en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula, California

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte IV

Siempre me gusta leer esta frase tan reconfortante del texto:

«La condición necesaria para que el instante santo tenga lugar no requiere que no abrigues pensamientos impuros. Pero sí requiere que no abrigues ninguno que desees conservar» (T-15.IV.9:1-2).

No dice que debamos estar libres de pensamientos del ego. No vamos a pasar de un yo que es puro ego a un yo totalmente sin ego, eso viene al final del viaje, pero es un viaje. También se indica que es un proceso de transformación gradual y apacible. No dice que no debamos tener pensamientos del ego, pensamientos impuros. Por supuesto que los tendremos; habrá pensamientos de separación, de ataque, etc. Pero la condición sí requiere que no tengamos ninguno que deseemos conservar, es decir, pensamientos que deseemos ocultarle al Espíritu Santo o a nosotros mismos. No queremos justificarlos, racionalizarlos, espiritualizarlos ni negarlos. Simplemente queremos reconocer que, justo en este momento, nos ha dado miedo el amor, y que la única manera de preservarnos en la presencia del amor —al que hemos juzgado como temible— es atacar, deprimirnos, enfermarnos, cansarnos, correr a refugiarnos en esta o aquella adicción, o algo por el estilo. Solo necesitamos darnos cuenta de lo que estamos haciendo. Eso es todo.

Otra frase que cito todo el tiempo tiene que ver con aprender a estar más allá del sufrimiento. Dice que la manera de trascender el sufrimiento es mirar el problema tal como es, no de la manera en que lo hemos urdido (T-27.VII.2:2). No se nos pide que soltemos el problema. No se nos pide que nos convirtamos en una persona sin ego, en un abrir y cerrar de ojos. Si queremos acabar con el sufrimiento, lo único que tenemos que hacer es mirar el problema tal como es, no de la manera en que lo hemos urdido. La manera en que lo hemos urdido es que sustrajimos el problema de su fuente, que es la decisión de nuestra mente a favor del ego, y la proyectamos sobre un símbolo, el cuerpo. Así es como hemos urdido el problema, para que nunca se resuelva. Nunca se resolverá porque se ha sustraído de su fuente.

Mirar el problema tal como es significa ver que nos dio miedo el amor, así que lo rechazamos. Rechazamos el símbolo del amor: Jesús, el Espíritu Santo o cualquier otro símbolo que hayamos elegido. Rechazamos el amor y luego nos sentimos culpables, porque eso es una reminiscencia del «pecado original» cuando todos rechazamos el Amor de Dios. En lugar de mirar el problema tal como es, proyectamos el problema sobre alguna cosa o lugar en el que no se encuentra. El problema está en nuestra mente, así que lo proyectamos sobre un cuerpo donde no existe el problema. Lo proyectamos sobre un mundo de cuerpos donde el problema no existe.

Todo lo que se nos pide es que miremos eso y digamos: «Sí, esto es lo que he hecho, y lo hice porque tengo miedo del amor». Pero eso no es ninguna novedad. No tenemos que negarlo, racionalizarlo ni justificarlo. No tenemos que hacer nada. Solo decimos: eso es lo que hemos hecho. Todos le tememos al amor, de lo contrario no habríamos nacido en cuerpos. Entonces, ¿qué tiene de particular? Eso es lo que queremos aprender a decir acerca del ego: «¡Qué tiene de particular!».

Hay otro pasaje maravilloso que compara todas nuestras relaciones especiales con «plumas arrastradas por el viento» (T-18.I.7:6). Jesús nos dice: «Deja que se las lleve el viento» porque no son nada (T-18.I.8:1). Eso es lo que tienen en común. Todas ellas son como plumas. No son nada. Parecen ser diferentes (distintas formas, colores y texturas), pero todas son iguales porque no son nada; una nada que finge ser la causa de nuestros problemas, aunque literalmente no son nada. Sin embargo, mientras pensemos que somos algo —que es lo que todos pensamos—, tenemos que usar los demás «algos» del mundo para aprender que no tienen ningún poder sobre nosotros.

No es útil que solo se nos diga que somos ilusiones. Ya sé que he pasado gran parte del día diciéndoles que no están aquí [risas], pero es que yo no soy tan buena gente como Jesús. Lo importante es que se nos diga que lo ilusorio es pensar que algo ahí fuera pueda hacernos felices o infelices. Eso lo podemos aprender. Mientras entremos cada mañana al cuarto de baño y nos identifiquemos con la imagen que vemos en el espejo del lavabo, será imposible creer que no somos cuerpos. Es muy importante saberlo intelectualmente, pero en el nivel experiencial no es muy útil, y en un nivel práctico es irrelevante. Lo que sí tiene relevancia, en cambio, es que aprendamos «Nunca estoy disgustado por la razón que creo» (L-pI.5). No es culpa de nadie más que no experimentemos la paz de Dios en este preciso momento, no importa lo que se nos haya hecho. No importa lo que un microorganismo haya hecho en nuestro cuerpo para enfermarlo; no es por eso por lo que no sentimos la paz de Dios. Eso lo podemos aprender.

Por lo tanto, la ilusión dentro de nuestra existencia ilusoria aquí es que el mundo nos ha hecho esto (sea lo que sea «esto»). El mundo no nos lo ha hecho. Nosotros nos lo hemos hecho. Hacia el final del capítulo 27, aprendemos que «el secreto de la salvación no es sino este: que eres tú el que se está haciendo todo esto a sí mismo» (T-27.VIII.10:1). No somos responsables de que los egos de otros nos ataquen. Esa es su responsabilidad, pero somos responsables de percibirlo como un ataque que nos ha robado nuestra paz. Eso es lo que podemos aprender y eso requiere mucho trabajo, pero es factible. Es posible. Esa es la transformación. El mundo no se transforma. ¿Cómo podría transformarse lo que no es nada? Nuestra percepción es lo que se transforma, y la transformación es un proceso apacible que nos lleva de considerar que el símbolo es lo primordial hasta darnos cuenta ahora de que no es tan importante. Lo importante es la fuente porque esta es la que nos da poder, poder genuino. Ese cambio paulatino, apacible y bondadoso es lo que transforma nuestra percepción del mundo.

La gente no es amable en este mundo. Siempre digo que la gente amable no viene aquí; se queda en casa con Dios. La gente culpable viene aquí; la gente temerosa viene aquí; la gente enojada y despiadada viene aquí; la gente inclemente y cruel viene aquí; la gente delirante viene aquí. La gente amable no viene aquí. Entonces ¿qué tiene de particular que haya gente ahí fuera que nos ataquen? Ya sabemos que los funcionarios públicos mienten y engañan. ¿A eso le llaman noticias? No es ninguna noticia que haya gente que nos robe, que nos mienta en los negocios, que nos mienta en las relaciones. Ahora bien, si hubiera una persona verdaderamente honrada, alguien con integridad, ¡eso sí que sería noticia! El último escándalo, mentira o engaño acaba por aburrirnos después de un rato.

Una vez más, no queremos cambiar el mundo: «No trates. . . de cambiar el mundo, sino elige más bien cambiar de mentalidad acerca de él» (T-21.in.1:7). El proceso es una transformación gradual que consiste en dar menos importancia a lo que está ahí fuera —como una fuente de dolor y rechazo o como una fuente de felicidad y placer— y dar más importancia a lo que está dentro, en nuestra mente. Lo hacemos de manera paulatina porque el miedo a perder nuestro yo individual es tan grande. Fabricamos el mundo literalmente —literalmente fabricamos el mundo— como un solo Hijo colectivo para preservar la individualidad de nuestra mente separada. No lo fabricamos para escondernos de Dios. Eso es lo que nos dijo el ego, pero la verdadera razón por la que lo fabricamos fue escondernos de nuestra mente y así no cambiar nuestra decisión en ella. Esto es algo realmente importante de entender. Es el significado de la cita que dice: «No es a la crucifixión a la que realmente le tienes miedo. Lo que verdaderamente te aterra es la redención» (T-13.III.1:10-11).

No le tememos a la crucifixión. Amamos la crucifixión. En primer lugar, fue la que nos dio la existencia. El cristianismo forjó sus múltiples religiones sobre la crucifixión, el sacrificio y el sufrimiento. Lo que nos aterra de verdad es la redención que se encuentra en nuestra mente tomadora de decisiones que eligió al ego, pero que ahora puede elegir al Espíritu Santo como su maestro. Eso es lo que tememos. Por eso inventamos el mundo de los cuerpos, para que estuviéramos sin mente. Luego inventamos todo tipo de problemas para que absorbieran nuestra atención.

Hemos pasado añares como sociedades tratando de entender los problemas que nos aquejan y luego añares tratando de resolver esos problemas. Literalmente es como un ciego llevando a otro ciego porque confundimos el símbolo con la fuente. Ni siquiera sabemos que hay una fuente. Los problemas no se pueden resolver externamente porque tan pronto como resolvemos un problema, el verdadero problema de la culpabilidad en nuestra mente genera otro problema. Eso es lo que las Lecciones 79 y 80 dicen muy claramente. Resolvemos un problema y otro surge para ocupar su lugar, porque el problema no está en el mundo; no está en los símbolos. Está en lo que los símbolos representan. Queremos que haya problemas para que nuestra atención esté siempre dirigida hacia y atrapada por el mundo exterior, el mundo sin conciencia de la mente. Así nunca logramos retomar conciencia de la mente porque, entonces nuestra decisión sería otra. Por lo tanto, necesitamos un proceso que cambie paulatinamente nuestra forma de mirar al mundo y de mirarnos unos a los otros, y lo hacemos de forma paulatina porque nuestro miedo es tan grande.

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Se me ocurrió concluir el taller leyendo otro de los poemas de Helen, llamado «Transformación» (The Gifts of God, p. 64). Es un poema muy lindo. No voy a relatar todas las circunstancias, pero se anotó en Semana Santa, por lo que hay una alusión a la Pascua al final. Brevemente, diré que sucedió cuando Helen y yo y un sacerdote amigo nuestro fuimos a visitar a un grupo de monjas que vivían en el sector sureste de Manhattan. Era Domingo de Ramos y también la Pascua judía, así que hicimos una combinación del Séder pascual con el Domingo de Ramos. Terminamos de comer, y antes de pasar a la capilla para celebrar la misa, espontáneamente permanecimos sentados en silencio.

Algo pasó, y todos a la vez (éramos unas cinco o seis personas) de pronto nos quedamos muy callados. Fue como si el mundo desapareciera, y simplemente permanecimos de esa manera durante un rato. Como yo siempre andaba buscando una excusa para sugerir que Helen escribiera un poema, de regreso a casa le dije que con aquello se podría escribir un buen poema. Y uno o dos días después Helen anotó este poema. Lo utilizo para concluir el taller porque describe lo que mencioné sobre todo al final, donde el mundo se transforma: «Lo trivial su magnitud amplía, mientras lo que grande parecía vuelve a su pequeñez merecida. Lo tenue resplandece, y lo que brillante fuera titila, se desvanece y al fin desaparece». Estas palabras se refieren al cambio: el mundo no desaparece de inmediato, pero la forma en que lo miramos comienza a cambiar. Lo que antes parecía grande era el mundo, el mundo de los símbolos, y lo que parecía insignificante era la mente. De hecho, la mente era tan insignificante que ni siquiera sabíamos que existía. Eso comienza a cambiar, y lo que parecía tan nimio e insignificante o inexistente —la mente— poco a poco comienza a cobrar una mayor magnitud. Nos damos cuenta de que esta es la fuente. Esta es la causante de que estemos molestos. Esta es la causante de que estemos en paz. La gran importancia y eficacia que parecía tener todo lo que sentíamos empieza a menguar porque ya no confundimos el símbolo con la fuente. Ahora utilizamos el símbolo como una forma de retomar conciencia de la fuente.

Es evidente que este poema refleja esa experiencia con las hermanas, pero habla de este cambio repentino, y se requiere trabajo para lograr que se dé. Esa es la idea. Tenemos que hacer el trabajo diario de realmente mirar todo de manera diferente. Y aunque todavía nos sintamos enojados, deprimidos o emocionados por eventos o cosas, no justificamos los sentimientos, puesto que nos damos cuenta de que, en efecto, esto es lo que estoy experimentando, pero en realidad no es así. Miramos el problema tal como es: la decisión de la mente de ser un ego, y no de la manera en que lo hemos urdido, que consiste en pasar el problema de la mente al mundo y dar al mundo poder causal para que nos alegre o nos entristezca. Reconocemos que ese poder reside siempre y únicamente en nuestras mentes.

Este poema, de nuevo, representa este cambio. Termina con un símbolo de la Pascua de Resurrección porque se anotó durante el tiempo de Pascua, pero en el Curso la resurrección no tiene nada que ver con la historia bíblica. La resurrección es el despertar del sueño de la muerte.

Transformación

Súbitamente ocurre. Hay una Voz
que pronuncia una Palabra, y todo cambia.

Entiendes una antigua parábola
que parecía confusa. Y que no obstante decía
precisamente lo que decir quería. Lo trivial
su magnitud amplía, mientras lo que grande parecía
vuelve a su pequeñez merecida.
Lo tenue resplandece, y lo que brillante fuera
titila, se desvanece y al fin desaparece.
Todas las cosas asumen el papel asignado
previo al tiempo, en antigua armonía
que del Cielo canta en tonos fascinantes
que borran la duda y la cautela que
todos los demás roles suelen acarrear. Pues
la certeza, de Dios ha de ser.

                                                        Súbitamente ocurre,
y todas las cosas cambian. El ritmo del mundo
se transforma en concierto. Lo que antes fue severo
y hablar de muerte parecía ahora es canto de vida,
y se une al coro a la eternidad.
Ojos que no veían, comienzan a ver, y oídos
largo tiempo sordos a la melodía comienzan a oír.
En el silencio súbito renace
el antiguo entonar del canto de la creación,
recordado, aunque por largo tiempo silenciado.
Junto a la tumba parado está el ángel radiante de esperanza,
portador del mensaje de salvación: «Que libre seas,
y aquí no permanezcas. Prosigue rumbo a Galilea».

(The Gifts of God, pág. 64)