Un curso de milagros:
Una espiritualidad llena de esperanza

Extractos de dos talleres celebrados en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula, California

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte IX

«Entrar en la Presencia de Dios» (cont.)

Este siguiente pasaje habla de este proceso:

(T-11.IV.4:5-6) Las fases iniciales de esta inversión son con frecuencia bastante dolorosas [el cambio de la mente errónea a la mente correcta], pues al dejar de echarle la culpa a lo que se encuentra fuera, existe una marcada tendencia a albergarla dentro. Al principio es difícil darse cuenta de que esto es exactamente lo mismo, pues no hay diferencia entre lo que se encuentra dentro y lo que se encuentra fuera.

Esta es otra frase que contiene la totalidad de este curso, tanto la metafísica como la aplicación práctica. No hay diferencia entre dentro y fuera. Si no hay diferencia entre dentro y fuera, las mismas palabras son irrelevantes y carecen de sentido. La palabra dentro solo tiene significado cuando hay un fuera. Un interior es lo opuesto a un exterior. De lo contrario, ¿qué significa interior? Y si no hay interior, entonces ¿qué significa exterior? Tenemos que recordar que este es un sistema no dualista; no hay dentro y fuera.

El principio central del Curso que explica o describe eso es las ideas no abandonan su fuente. El pensamiento de la separación, la idea de la separación nunca ha abandonado su fuente en la mente, lo que significa que la proyección no funciona. La mentira fundamental del ego es que podemos deshacernos de lo que no queremos poniéndolo fuera de nosotros mismos. Dios no ha olvidado, y Dios nos atrapará en la mente, así que nos deshacemos del mundo interior que no nos gusta proyectándolo y haciendo un mundo exterior. Pero si las ideas no abandonan su fuente, no hay mundo exterior. No hay ningún fuera; por lo tanto, no hay ningún dentro. Lo único que hay es la mente.

Uno de los preciosos poemas de Helen llamado «Despierta en la quietud» comienza con la frase: «Que la paz te cobije, dentro y fuera por igual». No podemos tener paz exterior si no hay paz interior, y si hay paz interior, debe haber paz exterior, por eso nunca va a haber paz en este mundo, pues la gente siempre está procurando forjar una paz externa. Dado que el mundo se basa en el principio del ego de uno o el otro, en cualquier tipo de tratado o acuerdo de paz habrá siempre un ganador y un perdedor. El perdedor, por supuesto, solo espera hasta tener fuerza, y entonces se convertirá en el ganador y algún otro será el perdedor. Por eso cada revolución exitosa contiene las semillas para la próxima revolución, y nada cambia. La gente tiene miedo de la paz interior.

Recuerden: «El recuerdo de Dios aflora en la mente que está serena» (T-23.I.1:1). Así que la manera de no tener una mente serena es no tener un mundo sereno, por lo cual nuestro mundo es todo menos sereno. Siempre está en estado de guerra, ya sea que estemos en guerra con otros gobiernos, otras razas, otras religiones u otras especies como microorganismos. Siempre estamos en guerra. Tenemos todas las guerras personales que siempre estamos entablando dentro de nuestras familias, con nuestros amigos y colegas de trabajo, etc.

Una vez más, todo es intencional. Primero nos culpamos a nosotros mismos, atacándonos, y luego mágicamente pensamos que podemos deshacernos de la culpabilidad proyectándola sobre algún otro.

(T-11.IV.5:1-2) Si tus hermanos forman parte de ti y los culpas por tu privación, te estás culpando a ti mismo. Y no puedes culparte a ti mismo sin culparlos a ellos.

«No puedes culparte a ti mismo sin culparlos a ellos» porque Ia proyección da lugar a la percepción. Todo lo que hagamos real para nosotros mismos en nuestras mentes, lo proyectaremos, y como lo proyectamos, lo percibiremos ahí fuera. Percibimos nuestros propios «pecados secretos y odios ocultos» y nuestra culpabilidad. Hacemos que todo eso sea real y luego decimos que es intolerable y que tenemos que deshacernos de eso. Lo proyectamos y ahora creemos que algún otro es el malo, el pecador. Como un pensamiento en la mente, digo que yo no soy el que se separó de Dios, algún otro lo hizo. Entonces aquí me tienen. He nacido, y ahora me doy cuenta de que fueron mis padres quienes me separaron de Dios. Yo no quería abandonar mi reino de los cielos en el vientre de mi madre. Alguien, algo me empujó, y entonces lo convirtieron en algo de gran importancia. Nadie prestó atención al hecho de que yo estaba llorando, de que no quería irme.

Podemos ver cómo la vida física comienza de esa manera. Llegamos a existir, no a causa de una decisión tomada por nuestra mente, sino a causa de un espermatozoide y un óvulo. Toda la genialidad biológica de los científicos, hace décadas que nos explica sobre los espermatozoides, los óvulos, los cigotos, y nos seguimos de frente. Resulta obvio. Por eso estamos aquí; por eso nacimos. Pero si las ideas no abandonan su fuente, nada está sucediendo biológicamente, porque no existe lo biológico. Solo existe lo psicológico. No hay nada del cuerpo que estudiar ni entender. Lo único que hay es una mente y cómo funciona. No hay problemas biológicos, fisiológicos, neurológicos. Únicamente hay un problema psicológico: la mente está eligiendo al maestro equivocado. Solo hay una solución: que la mente elija al maestro correcto. ¡Eso es todo! Muy simple. Entonces finalmente:

(T-11.IV.5:3) Por eso es por lo que la culpabilidad tiene que ser deshecha y no verse en otra parte.

Estos simples enunciados afirmativos lo dicen todo. Donde vemos la culpa es en el mundo de los cuerpos. Las personas leen este curso y por desgracia lo malinterpretan todo. Creen que se trata de la sanación de las relaciones. Bueno, el Curso eso dice, pero no quiere decir eso. Jesús no siempre dice la verdad [risas], cuando menos, no en la forma. Su contenido es lo que debemos entender. Siempre dice la verdad, pero no en el nivel de la forma. Él simplemente nos dice: «la culpa tiene que ser deshecha y no verse en otra parte», no verse en algún otro cuerpo. El problema no está en mi relación contigo. Mi relación contigo no tiene que ser sanada. No tengo una relación contigo. No hay «fuera». La relación que requiere sanación es la de mi mente con mi ego. Ese es el problema.

El Curso está escrito así porque creemos que somos cuerpos, así que los cuerpos se relacionan con otros cuerpos. Ya que ahí es donde se centra la atención de nuestras mentes, ahí es donde comienza el Curso, solo para que aprendamos que la proyección da lugar a la percepción. Mi pésima relación contigo es una proyección de mi pésima relación conmigo. En mi mente elegí identificarme con el pensamiento equivocado, es decir, con el ego. Ahora bien, esto no significa que no sea útil hablar con otra persona, pero al final, si realmente lo estás haciendo bien, te darás cuenta de que no hay nada de qué hablar con la otra persona. La otra persona no es mi problema. No importa lo que hayas hecho o no hayas hecho, no eres mi problema. Yo soy mi problema, pero el «yo» no es la figura que tiene un nombre y está revestido de un cuerpo. La persona que es el problema es mi mente que ha elegido al maestro equivocado. Ahí es donde se deshace la culpabilidad.

El problema no es la culpabilidad. La culpabilidad dice que pequé; el pecado dice que me separé. Bueno, no me separé, por lo tanto, no hay pecado ni culpabilidad. ¿Cómo podría ser un problema la culpabilidad? El problema no está en la culpabilidad. El problema está en la decisión de mi mente de creerse la culpabilidad. Hay una gran diferencia. Por lo tanto, no lucho contra mi culpabilidad. No lucho contra la culpa que proyecté sobre ti. Utilizo la culpa que te proyecté para volver a la culpabilidad a favor de la cual decidí en mi mente, para poder elegir de manera diferente. Esta distinción es absolutamente crucial. «Por eso es por lo que la culpa tiene que ser deshecha y no verse en otra parte.»

Saltándome una frase:

(T-11.IV.5:5) Culparse uno a sí mismo es, por lo tanto, identificarse con el ego, y es una de sus defensas tal como culpar a los demás lo es.

«Culparse uno a sí mismo», lo cual sigue siendo culpabilidad, «es, por lo tanto, identificarse con el ego», lo cual significa que ese es el problema. La identificación de la mente con el ego es el problema. Aquí lo dice bien claro. ¿Por qué elegimos la culpabilidad cuando es tan dolorosa? La razón es que la culpabilidad dice que nos separamos, y si nos separamos, ya no estamos en la Presencia de Dios. La culpabilidad también dice que lo que hemos hecho es tan inconcebible que incluso si creyéramos haber deshecho nuestra culpabilidad, aun así, Dios no nos recibiría de nuevo. Esto nos revela el protagonismo de la culpabilidad como defensa. Es una defensa, igual que lo son la ira, la enfermedad, la depresión y todo lo demás aquí. La culpabilidad dice que nunca podremos estar en la Presencia de Dios porque nos separamos de Él, y no solo eso, no merecemos estar en Su Presencia.

Me gusta siempre recordar a la gente que, si piensan que yo o el Curso hemos inventado todo esto, simplemente lean la historia de Adán y Eva en el tercer capítulo del Génesis. Ese es el mito de Occidente. El capítulo 3 es absolutamente genial. Los que lo escribieron eran expertos. Es una representación genial del surgimiento del sistema de pensamiento del ego con los mismísimos conceptos que encontramos en este curso, culminando en el castigo final. Por si fuera poco, que Adán y Eva fueran castigados con el sufrimiento y la muerte por su pecado, además de eso, se les expulsó del jardín, fueron desterrados del reino, y Dios puso querubines con lanzas encendidas en la entrada para impedir que pudieran regresar. Ese es el destierro máximo.

¿Por qué es ese el mito occidental? ¿Por qué la totalidad de la Biblia —del capítulo 3 del Génesis en adelante— se deriva de ese mito? Según las historias cristianas, Jesús no habría sido enviado a este mundo si no hubiera sido por el pecado. Todo en la Biblia tiene sus raíces en ese tercer capítulo. Es por eso por lo que suplico a los estudiantes del Curso que no piensen ni por un minuto que el Curso es una extensión de la Biblia, un «tercer testamento». No tiene absolutamente nada que ver con la Biblia, aparte de su lenguaje, pero nada en cuanto a su enseñanza. En la Biblia, el pecado se hace tan real que Dios mismo responde a él con mano dura, lo que obviamente lo hace real. Luego, parece que se le ablanda el corazón, pues siente un poco de lástima por algunos de Su pueblo —aunque no por todo el pueblo. Después envía a Jesús para redimir al mundo y así no perezca a causa del pecado de Adán. San Pablo, el arquitecto de la teología cristiana, habla del pecado de Adán.

Ese es el sistema de pensamiento subyacente en todas las personas de este mundo, crean o no en Dios. Es la idea de que hemos hecho algo totalmente inconcebible. La culpabilidad es lo que nos arraiga en eso, por eso la culpa es la defensa del ego de la que surge todo lo demás. Pero es una defensa, lo que significa que la elegimos para protegernos de lo que tememos. Lo que tememos como egos individuales, como entidades individuales, como yos especiales y únicos, es recordar que todo esto es un sueño que inventamos, porque en ese momento desapareceríamos en la Presencia que se encuentra más allá del velo y el mundo habría desaparecido; no solo el mundo tal como lo conocemos, sino que el mundo entero habría desaparecido. El mundo es «el sistema ilusorio de aquellos a quienes la culpabilidad ha enloquecido» (T-13.I.2:2). Si eliminas la culpabilidad, deja de haber mundo. Si no hay mundo, el «yo» que creo que soy, acomodado en este cuerpo, cesaría de existir. Por lo tanto, protejo el mundo y me protejo yo mediante todo tipo de defensas, todas las cuales se derivan finalmente de la culpabilidad. La culpabilidad, sin embargo, es una decisión, así como el ataque, la enfermedad y la depresión son decisiones.

Es central para nosotros, entonces, darnos cuenta del propósito que cumple la culpabilidad. Es una defensa del ego. Atacarse a uno mismo también lo es. El ataque es una defensa del ego. Más adelante en el texto está la sección muy importante llamada «Los dos cuadros», donde Jesús dice que «todas las defensas hacen lo que defenderían» (T-17.IV.7:1). El propósito de una defensa es protegernos de lo que tememos. El hecho mismo de que tengamos una defensa está diciendo que tenemos miedo de algo. En consecuencia, cada vez que elegimos una defensa y luego nos identificamos con ella, estamos eligiendo identificarnos con su propósito, el cual es escapar del miedo, que nos dice que hay algo de lo que debemos tener miedo.