Un curso de milagros:
Una espiritualidad llena de esperanza

Extractos de dos talleres celebrados en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula, California

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte VII

«Entrar en la Presencia de Dios»

«No puedes entrar en la Presencia de Dios si atacas a Su Hijo» es una frase de la sección «La herencia del Hijo de Dios» en el capítulo 11 del texto. Esta es otra de esas frases que encierran toda la teoría del Curso. Nos ayuda a entender por qué nos enojamos, criticamos, juzgamos y buscamos defectos. También en esa sección, y de hecho en la sección anterior, así como en muchos otras partes del Curso, se nos enseña que atacar a otros no difiere de atacarse uno a sí mismo. Culparse uno a sí mismo es igual que culpar a otros porque, como no hay un mundo ahí fuera y la proyección da lugar a la percepción, cualquier cosa que sintamos con respecto a nosotros mismos enseguida lo expresaremos exteriormente. Cualquier cosa que expresemos exteriormente es un resultado directo de lo que estamos sintiendo dentro.

Por lo tanto, la idea de que no podemos entrar en la Presencia de Dios si atacamos a Su Hijo funciona para el ataque dirigido a uno mismo, así como a otros. Nuestro terror de entrar en la Presencia de Dios es la razón por la que hicimos el mundo inicialmente, y una de las principales formas de defendernos de ese miedo y protegernos de entrar en la Presencia de Dios es atacar. Por eso en el Curso se nos dice que «el mundo se fabricó como un ataque contra Dios» (L-pII.3.2:1). ¡Así fue! Todo aquí es un ataque contra Dios: nacer es un ataque contra Dios, respirar es un ataque contra Dios, porque todo esto hace que el cuerpo sea real, y si somos cuerpos, no somos mentes. Si no somos mentes, no hay manera de que podamos tener acceso al pensamiento que nos lleva a la Mente, a la Mente de Dios o la Mente de Cristo. Así que atacamos porque no queremos entrar en la Presencia de Dios.

El cuarto obstáculo a la paz, «El temor a Dios», es una sección maravillosa por muchas razones. Las secciones de «Los obstáculos a la paz» en el capítulo 19 del texto nos llevan a emprender un viaje, y cuando llegamos al cuarto obstáculo, la idea es que estamos casi listos para traspasar el último velo, para deshacer el obstáculo final y estar en la Presencia de Dios, que es realmente estar en la Presencia de nuestro verdadero Ser. Esa sección final no habla de Dios. No habla de la unidad con la Divinidad ni de «una Unidad unida cual Uno»; no se mete en presuntuosas y sofisticadas ideas no dualistas. De lo que habla este pasaje es del perdón de tu hermano. Eso es lo que hace que el Curso sea tan diferente de cualquier otra espiritualidad. Al mismo tiempo que contiene todas estas ideas sublimes y maravillosas sobre nuestra unidad con Dios, sobre la naturaleza ilusoria del universo físico, y sobre el hecho de que la única realidad es Dios y la Unidad de Dios, nos anima y nos da pautas muy específicas sobre la manera de vivir en este mundo ilusorio. El principio que debe regir nuestra vida cotidiana aquí es el perdón. Esa es la manera de lograr nuestro objetivo final de regresar a lo que en un pasaje se describe como «una Unidad unida cual Uno» (T-25.I.7:1). La manera de entrar en la Presencia de Dios es por medio del perdón total de otra persona, quienquiera que sea ese objeto de amor especial o de odio especial.

En lugar de hablar de cómo es la Presencia de Dios, el Curso nos dice cómo alcanzar la Presencia de Dios, cómo regresar adonde nunca dejamos de estar. El tema de esta clase, No puedes entrar en la Presencia de Dios si atacas a Su Hijo, lo resume todo. Así es como lo hacemos. También nos da una manera de entender por qué estamos constantemente atacándonos a nosotros mismos y a los demás. No importa cuántos años hayamos estado estudiando este material ni cuán devotos, sinceros y serios hayamos sido al hacerlo, eso no nos impide juzgar, buscar defectos, criticar, enojarnos; y ciertamente no nos impide tener todos los sentimientos de odio a uno mismo, que son la culpabilidad o el ataque contra uno mismo. Esto explica por qué.

Siempre me gusta citar la famosa frase de Hamlet: «Loco como está, no deja de hablar con cierto método». Hay un método en nuestra locura. Hay una razón, un propósito detrás de todo lo que hacemos aquí, especialmente para todos nuestros pensamientos de ataque. Es un tema importante del libro de ejercicios, un tema importante de todo en este curso. Hay una lección importante: «Abrigar resentimientos es un ataque contra el plan de Dios para la salvación» (L-pI.72). Pues bien, el plan de Dios para la salvación es el perdón. Si estamos abrigando resentimientos, es obvio que no estamos perdonando. Abrigamos resentimientos por una razón: no queremos aceptar el plan de salvación de Dios, que es el perdón. La consumación final de ese plan es la aceptación de la Expiación. Inventamos problemas por una razón. Hay una razón, no solo para enojarnos, sino para ponernos ansiosos, temerosos y deprimidos. Hay una razón para inventar problemas cuando no hay problemas, para inventar un mundo y creer que hay un mundo cuando no hay mundo. Hay una razón detrás de todo eso.

La sección «¿Qué es la paz de Dios?» en el manual para el maestro nos dice muy claramente que cuando nos enojamos, es como si se dejara caer un telón y con ello desapareciera la paz de Dios (M-20.3-4). Ese enunciado expone un propósito. Nos enojamos porque no queremos la paz de Dios, queremos que haya un telón, algo entre nosotros y la paz de Dios, algo que nos impida entrar en la Presencia de Dios. Por eso nos enojamos; por eso consentimos todos nuestros pensamientos de especialismo y todas nuestras prácticas de especialismo. Por eso cualquier acto nuestro que haga real el universo fenoménico —el mundo físico— es intencional. Una vez más, eso es lo que hace que este curso sea único.

Muchas otras espiritualidades, especialmente en Oriente, hablan de que el mundo es una ilusión. Sin embargo, ninguna de ellas habla de la naturaleza intencional del mundo, de por qué fabricamos el mundo, por qué elegimos nacer en este mundo, por qué constantemente elegimos tener todos estos pensamientos, por más ilusorios que sean. Hay una razón para todo eso: nos aterra desaparecer en la Presencia más allá del velo. Está esa frase maravillosa que viene hacia el final del cuarto obstáculo a la paz donde Jesús nos dice: «Juntos desapareceremos en la Presencia que se encuentra detrás del velo, no para perdernos, sino para encontrarnos a nosotros mismos; no para que se nos vea, sino para que se nos conozca» (T-19.IV-D.19:1): para ya no estar en el mundo de la percepción, el mundo de sujeto y objeto, el mundo de la dualidad, el mundo de los cuerpos, sino para ser conocidos, que en el Curso es sinónimo del Cielo o de la Unidad.

La palabra clave en ese enunciado es «juntos». «Juntos desapareceremos en la Presencia que se encuentra detrás del velo...» Juntos, dice Jesús, tú y yo, y con nosotros, todos nuestros hermanos. La misma sección también dice que descorremos este velo juntos o no lo hacemos en absoluto (T-19.IV-D.12:8, las cursivas son mías). La persona con la que juntos lo hacemos es cualquiera a la que estemos excluyendo, cualquier objeto de nuestro especialismo, sea de amor especial o de odio especial. Descorremos el velo juntos o no lo hacemos en absoluto, es la afirmación que constituye la corrección del Espíritu Santo para el principio del ego de uno o el otro. El principio de uno o el otro es el que estableció al ego como una aparente realidad, como una entidad separada. Era uno de dos: o el Amor y la perfecta Unidad de Dios, o nuestra separación y el amor especial, porque no puede haber ambos. Cuando elegimos creer en las mentiras del ego, cuando elegimos creer que la «diminuta idea loca» de estar separados de Dios era real, y nos la tomamos en serio, en ese momento nació el ego. Ese fue el instante en que el principio de uno o el otro ganó predominancia. O existo yo o bien Dios es.

Al principio del texto, Jesús contrasta los términos «existencia» y «ser». Ser es un estado de la realidad; existencia es nuestra vida aparente en este mundo. Podemos decir que el ego existe; el espíritu es. Hay una frase en el libro de ejercicios que dice: «Decimos "Dios es" y luego guardamos silencio» (L-pI.169.5:4). ¿Qué más se puede decir? Dios es, que significa que Dios es perfecto Ser. Ese es el estado de la perfecta Unidad. «Decimos "Dios es" y luego guardamos silencio, pues en ese conocimiento las palabras carecen de sentido». No hay labios para pronunciar las palabras ni oídos para poder escucharlas, porque todo lo que hay en realidad es «una Unidad unida cual Uno», una unidad indiferenciada, que es la manera en que muchos místicos se refieren a esa experiencia. No hay principio ni fin. Hay un hermoso pasaje en el libro de ejercicios que describe cómo las luces del Cielo se van encendiendo, y no hay lugar donde una termine y otra comience (L-pI.129.7:5). Todas ellas se convierten en una sola luz, un solo amor, un solo Ser.