Un curso de milagros:
Una espiritualidad llena de esperanza

Extractos de dos talleres celebrados en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula, California

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte VIII

«Entrar en la Presencia de Dios» (cont.)

Una vez más, es uno o el otro. O existo yo como un objeto separado, una cosa separada, comenzando como un pensamiento separado en la mente y luego convirtiéndome en un cuerpo separado, o la alternativa: lo que hay es Dios. Uno o el otro. Dado que creemos que existimos, eso significa que no hay Dios, lo cual desde luego es lo que el ego quiere. Si no hay Dios, ¿cómo vamos a poder entrar en Su Presencia? Ese, por supuesto, es el deseo de todos. No queremos entrar en la Presencia de Dios porque en esa Presencia no hay individualidad, no hay singularidad ni especialismo. Solo hay «una Unidad unida cual Uno». Como tenemos miedo de eso, siempre estamos eligiendo separarnos, y como el cuerpo es la encarnación del pensamiento de la separación, siempre estamos eligiendo hacer reales nuestros cuerpos.

Una de las mejores maneras de hacer real el cuerpo es atacar a los demás, vernos a nosotros mismos como separados de otros cuerpos. Me has lastimado, has abusado de mí, me has puesto en ridículo, me has traicionado, me has abandonado, has sido desconsiderado conmigo. Hay un «tú» que ha sido un victimario, y hay un «yo» que es la víctima. Por lo tanto, hay separación, y por consiguiente es uno o el otro.

Ver todo como lo mismo es la corrección de la creencia del ego de que todos somos diferentes. El principio de uno o el otro dice que somos diferentes, comenzando con la percepción de que Dios es diferente de Su Hijo, el Hijo es diferente de Su Padre. Eso se traslada a todo en este mundo donde nuestros cuerpos nos dicen que somos diferentes de otros cuerpos. No hay dos cuerpos iguales. Incluso los gemelos idénticos acaban no siendo perfectamente iguales. Tendrán diferentes personalidades, gustos y aversiones diferentes, y desarrollarán síntomas diferentes. Aquí nadie ni nada es igual; todos somos diferentes. Uno o el otro.

Pero en el nivel de la mente, que es donde está nuestra verdadera realidad, todos somos iguales, y es en ese nivel donde reconocemos la verdad del principio que afirma juntos, o no lo hacemos en absoluto. No puedo entrar en la Presencia de Dios a menos que lo haga contigo. No es que tenga que hacerlo contigo físicamente. Podrías haber muerto hace 30 años, y aún podría yo estar abrigando un resentimiento contra ti. Eso es suficiente para mantenerme fuera del Cielo, que es lo que quiero. Esa es la idea clave que subyace a todo en este curso. No queremos entrar en el Cielo, porque si eso quisiéramos, estaríamos ahí. Estaríamos ahí porque ya estamos ahí. En otras palabras, despertaríamos del sueño que nos dice que no estamos en el Cielo. «Estás muy a gusto en Dios, soñando con el exilio . . .» (T-10.I.2:1). Todo aquí es un sueño. Estamos muy a gusto en Dios. Esa es nuestra realidad. Nunca nos fuimos. Seguimos siendo el único Hijo de Dios, perfectamente uno con Él, indiferenciados de Él, pero estamos soñando que estamos en un exilio de separación, protegidos por la defensa del especialismo.

Por lo tanto, soy una persona especial con necesidades especiales, y tú eres una persona especial con habilidades especiales que pueden satisfacer mis necesidades especiales. Mis necesidades especiales y tus habilidades especiales se encontrarán, y ese es el «matrimonio feliz» que, por supuesto, es realmente un infierno, pero creemos que es el Cielo. Es el Cielo, porque es nuestra versión del Cielo. Nuestra versión del Cielo es la existencia, y no importa si es una existencia feliz o una existencia desgraciada. No importa si estamos felices o tristes, vivos o muertos. Si estoy muerto, entonces existí en un momento, y dependiendo de cuál sea mi sistema de creencias, puedo seguir existiendo después de que mi cuerpo muera. Mientras existamos, todo está bien. Ese es el Reino de los Cielos para el ego.

El ataque es una forma maravillosa de reforzar nuestra existencia. Tu existencia supone una amenaza para la mía; por lo tanto, tengo derecho a defenderme. Del mismo modo, crees que mi existencia supone una amenaza para la tuya, y por eso crees que tienes derecho a defenderte. Ese es el objeto de la mayoría de las relaciones. De hecho, es el objeto de todas las relaciones hasta que reconocemos cuál es su verdadero objeto, y entonces cambiamos de mentalidad y pedimos ayuda. Todas ellas tienen por objeto reafirmar nuestra existencia.

Hay una sección importante hacia el final del capítulo 28 titulada «Los votos secretos» que habla de los votos que nos hacemos mutuamente (T-28.VI). El contexto de la exposición es la enfermedad, pero el principio funciona para todo lo demás. Todos hacemos un voto —de hecho, hay un párrafo que habla de un juramento— que continuamente hacemos el uno al otro de que defenderemos nuestra existencia. No importa quién esté arriba, quién gane, quién pierda o quién se beneficie. Da igual, siempre y cuando nos ayudemos mutuamente a afirmar la realidad de nuestra existencia aquí como cuerpos, como criaturas separadas. No importa si crees que estás en una relación amorosa o en una relación de odio porque son iguales. Lo son porque finalmente cumplen el mismo propósito, y no solo eso, debajo del aparente amor de todos modos hay odio. Reflejan un voto secreto, un juramento sagrado, una promesa que nunca romperemos de que nos reforzaremos mutuamente la existencia. Al ego no le importa si nos amamos uno al otro durante 50 años o nos odiamos uno al otro durante 50 años, siempre y cuando haya una relación entre «uno y otro».

Esa es otra forma de entender por qué, cuando escribimos nuestros guiones como individuos y soñamos nuestro sueño, comenzamos nuestra vida física con unos padres. Ellos son «el otro». Primero, son dos. Tiene que haber dos si habrá un tercero. En algún momento nace el bebé. Ahora hay un «otro» en relación con los otros dos, o con los sustitutos de los padres. Da igual. Siempre hay un «otro». El bebé no puede sobrevivir sin la ayuda de otra persona. Si no hay nadie más, el bebé morirá, porque no será capaz de obtener alimentos ni de protegerse. Por lo tanto, integrado en el sistema está el hecho de que hay algún «otro». Eso es lo que consideramos nuestro nacimiento físico, pero solo es una recreación del nacimiento del ego.

El ego nace de su oposición a Dios. Por eso el Curso comenta el problema de la autoridad. Aquí todos tienen un problema de autoridad. ¿Quién es el autor de mi existencia? Desde el punto de vista del ego, Dios y el ego están luchando por la autoría de nuestra existencia. Y, por supuesto, el dios que está luchando es solo una proyección del ego, porque el verdadero Dios ni siquiera sabe que nos fuimos, pues no nos fuimos. Siempre tiene que haber alguien en oposición.

El ego surgió al creer que se oponía a Dios y que Dios se oponía a nosotros. Uno o el otro. Hay una frase del manual para el maestro que dice: «No creas que Él se ha olvidado» (M-17.7:4). Dios nunca se ha olvidado de nuestro pecado; por lo tanto, Él, «un padre iracundo persigue a su hijo culpable. Mata o te matarán. . .» (M-17.7:10-11). Uno o el otro. Esa es la base ontológica de todo lo que ha sucedido. La totalidad del universo físico que abarca miles y miles de millones de años —no solo nuestro sistema solar ni tan solo nuestra galaxia— proviene de la proyección de ese único pensamiento de uno o el otro. Nosotros (el único Hijo) nos opusimos a Dios al abandonarlo y decirle, en esencia, que Su Amor no era suficiente, y que queríamos algo más que el Todo. Entonces proyectamos eso y creímos que ahora Dios nos estaba abandonando y estaba enojado con nosotros. Esa es la batalla eterna de la que tratamos de escapar; pero nunca escaparemos. No podemos escapar porque ese recuerdo está siempre ahí: «No creas que Él se ha olvidado». Dios nunca se olvidará de lo que hicimos.

Eso es lo que continuamente nos impulsa a hacer real el mundo. La gente a veces pregunta: ¿Por qué las personas regresan aquí? ¿Acaso no saben? ¿No se acuerdan de lo horrible que era? ¿Quién quiere volver a vivir la adolescencia? ¿Quién quiere luchar con todas estas relaciones horribles? ¿Quién quiere pasar por el dolor de envejecer y luego morir? ¿Quién quiere hacer eso? ¿Por qué seguimos haciéndolo? Pues bien, no es que se nos olvide. Lo recordamos condenadamente bien. Queremos el sufrimiento, el dolor, el Sturm una Drang de nuestras vidas. Queremos el conflicto porque eso es lo que demuestra que existimos. Eso es lo que la gente no entiende. Recordamos nuestro propósito. Nos gusta ser individuos, motivo por el cual Jesús no deja de llamarnos dementes. Nos olvidamos del dolor; no del dolor físico y psicológico: ese lo recordamos y nos encanta. Nos encanta el hecho de que estemos aquí. Lo que olvidamos es el dolor de estar separados, lo costoso que nos resulta. Nos sostiene ese fugaz momento del placer de decirle a Dios que se fuera al cuerno —al creer que nos habíamos salido con la nuestra— y de luego inventar todo un mundo que apoyara el hecho de que nos salimos con la nuestra; y olvidamos la agonía. No hay palabras en ningún idioma que puedan abarcar la atroz agonía y dolor de estar separados. Lo único que sabemos es que apreciamos nuestra existencia, y que gustosamente moriríamos —de hecho, morimos una y otra vez— para sostenerla.

Lo que tenemos que hacer con este curso es dejarnos elevar por encima del campo de batalla y contemplar con Jesús, desde lo alto, cómo es realmente este mundo. Por eso hay tantos pasajes en este curso que hablan de cómo es el mundo. Prácticamente nada en este curso habla de cómo es el Cielo, pero gran parte de él habla de cómo es el mundo y cómo es la vida en el cuerpo. El comienzo del capítulo 13 es uno de esos pasajes incisivos que lo describen. El pasaje comienza con la frase: «El mundo que ves es el sistema ilusorio de aquellos a quienes la culpabilidad ha enloquecido» (T-13.in.2:2). Es la culpabilidad por creer que destruimos el Cielo. Uno o el otro: si yo existo, el Cielo debe ser destruido. Entonces Jesús describe cómo es el mundo y cómo es estar en un cuerpo. Termina el pasaje diciendo: «Si este fuese el mundo real, Dios sería ciertamente cruel» (T-13.in.3:1). Si este fuese lo que realmente es la realidad, Dios sería ciertamente cruel, porque ¿quién crearía un mundo en el que hubiera tanto dolor y sufrimiento? Bueno, la respuesta es a todas luces: Dios no. Nosotros lo hicimos, y hay un método en nuestra locura, una razón de que lo hayamos hecho, y la razón es que demuestra que hemos logrado lo imposible. Demuestra claramente que nunca volveremos a casa. Lo creemos porque no queremos volver. No queremos entrar en la Presencia de Dios.

Hay otra frase importante que dice: «El recuerdo de Dios aflora en la mente que está serena» (T-23.I.1:1). Pues bien, no queremos el recuerdo de Dios. Si permitimos que ese recuerdo alboree en nuestra conciencia, desapareceremos en él, porque no podríamos soportar el Amor de ese pensamiento si nos permitiéramos experimentarlo. Así que no nos dejamos experimentarlo. Si «el recuerdo de Dios aflora en la mente que está serena», todo lo que tenemos que hacer es mantener nuestras mentes ocupadas. Bueno, el pecado, la culpabilidad y el miedo mantienen a nuestras mentes muy ocupadas. Entonces nuestras mentes proyectan todo esto, inventamos un mundo, y luego estamos continuamente ocupados reforzando el hecho de que hay un mundo aquí. Nuestros cuerpos al parecer están ocupados. Siempre están haciendo algo. Incluso cuando pensamos que estamos durmiendo, nuestros corazones están bombeando, nuestros pulmones están respirando, nuestro sistema digestivo está trabajando. Cuando estamos despiertos, todos sabemos lo ocupados que solemos estar, no solo con lo que nuestros cuerpos hacen, sino en cuanto a cómo pensamos. Siempre estamos muy ocupados, y todo esto es intencional porque «el recuerdo de Dios aflora en la mente que está serena».

Si tenemos miedo de ese silencio a causa de adónde nos conducirá, basta que mantengamos a nuestra mente y a nuestra persona en un perpetuo estado de desasosiego, y todos somos muy buenos para inventar un problema tras otro. Somos expertos en eso, unos verdaderos maestros. Tan solo la forma en que hicimos el cuerpo tan imperfecto es prueba de eso. Siempre tenemos que comer, que respirar, que evacuar. Siempre tenemos que hacer algo, y a medida que envejecemos, las cosas se vuelven cada vez más problemáticas. A eso añádasele toda la idea de las relaciones en un nivel psicológico, y se vuelve casi imposible. Todo es intencional. No queremos entrar en la Presencia de Dios, por lo que atacamos continuamente a Su Hijo, siendo Su Hijo nosotros mismos y todos los que forman parte de nuestras vidas. Una vez más, no importa si estamos atacándonos a nosotros mismos o atacando a algún otro.