Un curso de milagros:
Una espiritualidad llena de esperanza

Extractos de dos talleres celebrados en la
Fundación para Un curso de milagros
Temécula, California

Kenneth Wapnick, Ph.D.

Parte XII

1. Resistencia

P: ¿Puedes hablar de distinguir entre la resistencia al Curso si es tu camino y la resistencia al Curso si no es tu camino? Y después ¿podrías contar la historia de Helen y los árboles?

R: ¡Es una pregunta excelente! Prácticamente todos los que están en esta sala se han sentido atraídos por Un curso de milagros como su camino espiritual y probablemente no vayan a retractarse. Sienten que evoca algo en ustedes, sin embargo, como todos somos humanos y todos tenemos mentes divididas al igual que todos los demás, le oponemos resistencia porque es la verdad.

La sección «La última pregunta que queda por contestar» en el capítulo 21 del texto plantea cuatro preguntas. Los tres primeros son relativamente fáciles de responder, pero luego Jesús dice: puede que aún no hayas respondido a la última, que es: «¿Y deseo ver aquello que negué porque es la verdad?». Dice que no te das cuenta de que responder «sí» a esa pregunta significa decir «no al no» (T-21.VII.12:4). En otras palabras, si realmente estás diciendo que quieres ver lo que negaste, que quieres ver la verdad, entonces primero debes mirar a la negación de la verdad —al ego— y decir que ya no quieres eso.

De hecho, ese es realmente el meollo del proceso del Curso. A menudo me gusta decir que no hay nada positivo en este curso. Lo que es verdaderamente positivo es Dios, y Dios no toma parte en la teoría del Curso. Dios no es el problema. No sabemos nada acerca de Dios o de la realidad, así que no se dice mucho acerca de cómo es Dios ni de qué es el Cielo. Dios se menciona en cada página, ciertamente, pero no en términos de lo que Dios es, porque ese no es el problema. Lo que es positivo en este curso es el deshacimiento de lo que es negativo. No se titula Un curso de amor, sino Un curso de milagros, porque el amor es la verdad. El milagro es la corrección de la falsedad. El comienzo del capítulo 28 dice: «El milagro no hace nada. Lo único que hace es deshacer» (T-28.I.1-2).

Podríamos decir lo mismo sobre el perdón. El perdón no hace nada. De hecho, la frase que casi siempre cito del libro de ejercicios dice: «El perdón… es tranquilo y sosegado, y no hace nada. Simplemente observa, espera, y no juzga» (L-pI.1.4:1,3). Así que el perdón es la corrección o el deshacimiento del juicio del ego. Todo en la mente correcta, que es de lo que se trata este curso, es el deshacimiento o la corrección de todo lo que está en la mente errónea. El Curso dice que el ego siempre habla primero y está equivocado, y que el Espíritu Santo es la Respuesta (T-5.VI.3:5–4:2).

Por lo tanto, lo que es positivo en el Curso, de nuevo, es el deshacimiento de lo negativo. Otra frase que cito con frecuencia del capítulo 16 dice: «Tu tarea no es ir en busca del amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de ti que has levantado contra él» (T-16.IV.6:1). Nuestra tarea no es buscar el amor, que es el Cielo, Dios, la verdad y la Unidad, sino buscar y encontrar todas las barreras que hemos puesto entre nosotros y el amor, las cuales son el sistema de pensamiento del ego, y en el contexto de ese pasaje particular, la relación especial. Cuando encontramos lo que hemos colocado entre nosotros y el amor, lo miramos sin juzgarlo, y luego desaparece.

Entonces, ¿quiero ver lo que negué porque es la verdad? Ahí es donde se encuentra la resistencia al Curso. Todos hemos elegido este como nuestro camino espiritual porque reconocemos la verdad aquí. Entendamos o no la teoría del Curso, reconocemos que hay verdad aquí, pero eso no nos impide hacer exactamente lo contrario de lo que el Curso dice. Uno de los mensajes claros de este curso es que no juzguemos. Pues bien, eso no nos detiene, ¿verdad? Todo este curso se trata de deshacer nuestras relaciones especiales. Eso no impide que sigamos consintiéndolas, y sobre todo que desarrollemos una relación especial con el propio Curso. El hecho de que hagamos la mismísima cosa que este Curso (el cual creemos que es la verdad y que es nuestro camino espiritual) nos dice que no hagamos, refleja nuestra resistencia. Nos resistimos al curso porque es nuestro curso, porque es nuestro camino a casa.

Por otro lado, podría haber personas que se resistan al Curso por razones de mentalidad correcta, debido a que no es su camino. Aunque una parte de ti jura y perjura que amas este curso —que el Curso es la respuesta—, hay algo dentro de ti que dice que el Curso no es para ti. Como ustedes saben, el Curso dice que es solo un camino entre muchos miles (M-1.4), una afirmación que siempre impresiona dada la naturaleza absoluta de tantas otras religiones. El Curso dice que no es la única forma de la verdad. Por lo tanto, este curso podría no ser para ti, pero entonces te apegas a él por orgullo, porque todos tus amigos lo estudian o porque piensas que si fracasas Jesús va a enojarse contigo, o porque tienes en tan gran estima al Curso que dejarlo significaría que estás reprobándolo o algo por estilo, cuando la verdad del asunto es que simplemente estás resistiéndote a él, y tal vez deberías aceptarlo. El problema es que no sabes cuál es.

Recuerdo algo que me pasó hace muchos años cuando todavía suponía que me iba a convertir en monje. Esto fue antes de conocer a Gloria, y de hecho antes de ver el Curso. Conocía a Helen y a Bill, pero aún no había visto el Curso. Estaba alojándome en un monasterio trapense en Israel. Pensaba quedarme allí una semana durante la Navidad, y terminé sintiéndome muy a gusto. El abad quería que me quedara, y durante un tiempo realmente pensé que lo haría. Mi estancia se prolongó tres meses, aunque no había sido mi intención. Era un monasterio francófono, y yo no era muy hábil con ese idioma, aunque sabía algo de francés. El abad, que sabía inglés, me dijo: «Si vas a quedarte aquí, tienes que estudiar francés», lo cual era obvio. Yo podía leerlo mejor de lo que podía hablarlo, pero tendría que llegar a dominar el idioma. Yo sabía suficiente francés para conversar con el abad y para pedir que los monjes me pasaran la sal, o preguntar: «¿Qué hiciste hoy?» (cosa que uno ni siquiera debía hacer), pero no era capaz de sostener una conversación más seria.

Así que el abad me dio algunos libros de francés para que los estudiara. Los abrí una vez si acaso, pero no pude estudiarlos. Ahora bien, soy muy buen estudiante, soy inteligente, ya sabía algo de francés y pensé que estaba motivado para aprender a dominar el idioma y poder quedarme en el monasterio. Tras una o dos semanas de seguir así, se me ocurrió que ello podía deberse a dos motivos. Y este es realmente el quid del asunto. Una de dos: o me estaba resistiendo a quedarme en el monasterio, o no debía quedarme en el monasterio, y por eso no estaba estudiando francés. Me tardé un poco en darme cuenta de que no estaba estudiando francés porque no tenía que estar allí. Finalmente dejé el monasterio. Una cosa llevó a la otra, y terminé regresando a Estados Unidos. Fue entonces cuando vi el Curso por primera vez.

Pero no siempre se sabe, y cuando no sepas, en la medida en que te sea posible, no tomes una decisión. A veces no tienes opción. Las circunstancias pueden exigir que tomes una decisión de inmediato, pero muy a menudo no es forzoso. Puedes demorarte, y básicamente debes suponer que sabrás cuál es la respuesta cuando conozcas la respuesta. Por lo tanto, en relación con el Curso, si descubres que te estás resistiendo al Curso una y otra vez, deberías al menos considerar la posibilidad de que tal vez el Curso no sea para ti. No es un pecado. Esta no es la única manera de llegar al Cielo, y si piensas por un minuto que los estudiantes de Un curso de milagros disponen de una manera de llegar al Cielo más pronto que cualquier otra persona, no conoces a muchos estudiantes de Un curso de milagros. Es solo un camino entre muchos miles. Así que no hay una respuesta fácil.

Básicamente, es lo mismo que preguntar: «¿Cómo sé si es mi ego o el Espíritu Santo?». ¿Cómo podemos discernirlo? Es más útil decir: «No lo sé todavía» que lanzarte a una respuesta cuando realmente no tengas que hacerlo. Es útil al menos abrirte a la posibilidad de que te estás resistiendo al Curso cuando sigues olvidando la lección del libro de ejercicios, te quedas dormido al leer el texto o te disgusta el lenguaje. Estás teniendo estas experiencias o bien porque este es tu camino a casa, o bien porque este no es tu camino a casa, y debes escuchar eso. Una vez más, no existe nada que esté bien ni nada que esté mal, pero al menos debes abrirte a esa posibilidad.

2. La historia de Helen y los árboles

La mayoría de la gente no sabría de qué se trata todo esto, y es interesante que este tema haya surgido ahora, porque el próximo artículo del boletín informativo será sobre este mismo tema. [Nota del editor: The Lighthouse (El faro), diciembre, 2009]. Es la culminación de una serie de experiencias de Helen, que de hecho tuve la ocasión de compartir con ella. Empezó una noche mientras estábamos sentados en su sofá. Esa era la hora del día, una vez completadas todas nuestras compras y cuando ella había terminado de exponer todas sus diatribas del día contra Bill, cuando nos sentábamos en el sofá y rezábamos. Era entonces cuando ella sentía la presencia de Jesús, y a veces se le ocurrían cosas muy interesantes.

Esa noche, de repente entró en otro estado. Se describió a sí misma de pie conmigo. Ella era Helen, pero llevaba un vestido blanco que estaba rasgado, sucio y hecho jirones. Yo era un niño. No estaba claro si era su hijo, sobrino o simplemente un amigo muy cercano, pero era como una relación de madre e hijo. Estábamos parados en la tierra de Qumrán, que es donde se encontraron los Manuscritos del mar Muerto en Israel. De hecho, el verano anterior, Helen, Bill y su amigo, Louis (el marido de Helen) y yo estábamos en Israel. Mientras estábamos allí, Helen tuvo dos experiencias sorprendentes:

1) En una de ellas Helen miraba hacia el mar Muerto, que podía verse desde Qumrán, y dijo: «La altura está mal». Ya no recuerdo si dijo que el nivel del agua debía ser más alto o más bajo, pero dijo que estaba mal. Bill abrió la guía, y como era de esperar, decía allí que hace dos mil años el nivel de las aguas del mar Muerto era el que Helen había dicho.

2) La otra experiencia tuvo lugar mientras yo estaba a solas con ella en Qumrán, el emplazamiento de las ruinas de la comunidad esenia que fue destruida por los romanos en el año 70 d.C. La comunidad esenia era una comunidad judía, una especie de comunidad monástica, lo cual era poco frecuente en el judaísmo. Existía antes de la época de Jesús. Eran muy estrictos. Algunos de los manuscritos que se han encontrado hablan de un maestro de justicia que vendría; a los cristianos les gusta pensar que esa es una profecía que alude a la llegada de Jesús. Hay también algunas ideas de la Nueva Era que dicen que Jesús era un esenio. En fin, los esenios fueron destruidos por los romanos, pero en las ruinas se puede ver dónde estaban la biblioteca y la cocina, dónde dormían, etc. En eso estábamos cuando Helen me llamó para que caminara por donde ella estaba, y resultó ser un cementerio. Se sintió realmente atraída a caminar por el cementerio, y luego se puso muy agitada, al decirme: «Aquello (se refería a Jesús) dijo: "Deja que los muertos entierren a los muertos"». Helen no creía en las vidas pasadas —toda esa idea la ponía muy incómoda—, pero tenía una clara sensación de haber sido sepultada allí. Por lo tanto, con «deja que los muertos entierren a los muertos», Jesús realmente le estaba diciendo que el pasado ya pasó; sigamos adelante.

En esta secuencia, que comenzó con Helen describiéndome lo que ella estaba viendo, a medida que ella me lo describía, yo podía de hecho verlo con ella: estábamos de pie en Qumrán mirando todas estas ruinas. Repito, estaba sucia y su vestido estaba rasgado. Lo que sucedió después de eso tuvo lugar a lo largo de una serie de noches subsecuentes. Emprendimos un viaje hacia el norte. Caminamos por el río Jordán, y sucedieron todo tipo de cosas, algunas de las cuales he olvidado, pero recuerdo muy claramente una de ellas. Estábamos caminando a orillas del Jordán, y en la playa había una estrella de mar que tenía un brazo roto. Helen sintió que era función de ella ayudar a esta estrella de mar a regresar al agua, con el entendimiento de que así podría regenerarse. Esa fue una experiencia muy significativa para Helen. Otro día —en que yo no la acompañé—, ella caminaba con Jesús por la Quinta Avenida en Nueva York. Entró en una de las joyerías y sintió que Jesús le compró una estrella de oro. (De hecho, es la estrella que llevo puesta ahora.) Ella sintió que la estrella era un regalo que Jesús le había hecho. Para ella, la estrella era un símbolo de Jesús, y creo que la estrella de mar era, en cierto sentido, un símbolo del Cristo fracturado, y al ayudarla a regresar al agua, ella estaba poniendo de su parte para sanar a la Filiación.

Toda la serie de episodios culminó cuando llegamos a la Baja Galilea, que era el sitio bíblico en el que Jesús se crió —Nazaret, según la Biblia— y donde hizo gran parte de su ministerio y de su predicación. Llegamos a una arboleda. Era muy, muy hermoso. Helen de repente se echó a llorar, y en medio de los árboles vio a la figura de Jesús. Ella me dijo: «Nunca pensé que volvería a ver esos árboles». Esa es la historia.

Ese viaje realmente representa —de nuevo, no recuerdo muchos de los incidentes específicos— un viaje desde el ego hasta el Espíritu Santo, de la mente errónea hasta la mente correcta, comenzando con la destrucción de Qumrán que, según lo que Helen sintió en estas visiones, fue realmente una devastación. Es casi como ir desde la crucifixión hasta la resurrección, y culminó en esta experiencia increíblemente conmovedora para ella de pensar que nunca volvería a ver esos árboles. Es como si la inocencia que pensamos que habíamos destruido, que habíamos desechado y perdido para siempre, ahora la tuviéramos de nuevo.

La frase «Juntos desapareceremos en la Presencia que se encuentra detrás del velo, no para perdernos, sino para encontrarnos a nosotros mismos; no para que se nos vea, sino para que se nos conozca» (T-19.IV-D.19:1) se trata de la inocencia que pensábamos que habíamos perdido porque la habíamos desechado, y de repente, se ha encontrado. No creo que podamos tener una experiencia más importante ni más dichosa que reconocer de repente que la inocencia que pensábamos que jamás recuperaríamos, está ahí. Eso proviene de una experiencia de realmente saber, casi por primera vez, que eres realmente perdonado. No creo que haya nada en este mundo que pueda igualar la pura dicha y felicidad, o pueda ser ni remotamente tan conmovedora como esa experiencia de saber que, no importa qué cosas horribles crees que has hecho ni qué tan horrible sea aquello en lo que crees que te has convertido, el amor y la luz en ti nunca se ha extinguido, y que esa inocencia siempre ha estado ahí.